El icono de un ‘nuevo PRI’ ha sido la divisa de Peña Nieto. No resulta demasiado original. En realidad, después de doce años de mandato conservador bastante fracasado y de todo tipo de maniobras para impedir el relevo a la izquierda, el regreso del PRI a la cúspide -sólo allí, porque no perdió nunca otras palancas importantes de poder- estaba asumido.

Más allá de los prejuicios alimentados por las credenciales del Presidente -producto telegénico casi obsceno y gestión más bien discreta como gobernador del principal estado de la Federación-, el escepticismo de casi los dos tercios del electorado que le negó su apoyo responde, entre otras cosas, a las incógnitas que despierta su programa de gobierno.

Sin embargo, algunos analistas de credo confesadamente liberal y probada altura intelectual, como Jorge Castañeda o Héctor Aguilar Camín, conceden cierto crédito al nuevo Presidente. De forma análoga a los ilustrados del siglo XVIII en España, parecen tan convencidos de que su país no tiene otra alternativa al desastre que una verdadera liberalización, que les resulta casi inevitable que México empiece a cambiar de verdad.

DÉFICIT DE CREDIBILIDAD

Es cierto que Peña Nieto ha esbozado un programa reformista y se ha atrevido a evocar algunos asuntos que hasta ahora eran poco menos que tabúes, como la entrada de capital extranjero en PEMEX o el intento de crear un sistema de seguridad social universal. Habrá que ver cómo lo quiere hacer. Es propio de los liberales atribuir a estos esquemas de privatización y disminución del peso del Estado propiedades taumatúrgicas. La experiencia demuestra, desgraciadamente, que estas iniciativas, lejos de representar un avance para los intereses de la mayoría, terminan convirtiéndose en una pesadilla.

En México, singular ejemplo de convivencia entre un Estado ‘fuerte’, de gran peso corporativo, y unas plutocracias intocables, el neoliberalismo que arrasó Iberoamérica en los ochenta, no se manifestó de igual modo. O resultó contaminado con la persistencia de un Estado intervencionista, poderoso y altamente ineficaz. De alguna manera, puede decirse que México ha sido una extraña combinación de ‘capitalismo de Estado’ y ‘capitalismo oligopólico’, que ha generado lo peor de cada uno de los dos sistemas. Peña Nieto asegura querer corregir ese maridaje fallido. Que lo haga en el sentido más conveniente para los intereses de la mayoría es todavía dudoso. De momento, a imagen de los ‘Pactos de la Moncloa’ en la España de la transición, ha escenificado un acuerdo nacional, con el concurso de sus rivales a derecha e izquierda, tan necesitados de credibilidad como el propio Presidente y su ‘nuevo PRI’.

El Presidente, en su discurso inaugural, desgranó algunas medidas seminales. Algunas resultan interesantes y merecen cierto crédito. Pero son meramente enunciativas. Y, lo que es más importante, necesitan pasar por el contraste de la realidad. Algo que, en México, suele arruinar los mejores propósitos.

Como era de esperar, puso énfasis en el desarrollo económico, algo obligado ya que, a pesar de las riquezas exuberantes del país, la mitad de la población vive en la pobreza. Asimismo, prometió invertir masivamente en educación, otro compromiso inevitable, debido al nivel alarmantemente deficiente del nivel medio de formación de los mejicanos. ¿Se atreverá a desmontar el ‘tinglado’ de la poderosa jefa sindical de los maestros, Elba Gordillo?

Lo más destacado por los medios -nacionales, desde luego, pero sobre todo extranjeros- fue su anunciado propósito de eliminar la Secretaría de Seguridad Nacional, muy asimilada a la fallida guerra contra los cárteles del narcotráfico, y devolver sus competencias a Gobernación. Es, de momento, un puro cambio denominativo. Peña Nieto parece escarmentado por el sexenio de Calderón, que optó por jugarse su presidencia a la ruleta rusa del pulso con los narcos, y perdió, al menos en la percepción pública. El nuevo mandatario proclama ciertas obviedades como que el delito «no se combate sólo con la fuerza» porque tiene raíces sociales más profundas que la pulsión violenta. Hasta ahora, el Presidente ha demostrado que construye un discurso sobre lo que resulta rentable escuchar. Tendrá que tomar decisiones más relevantes para resultar creíble.

En otro de los asuntos claves, un acuerdo con Estados Unidos sobre la inmigración, Peña Nieto se prendió a los eslóganes. Pero tiene la oportunidad de aprovechar una sensibilidad positiva en Washington. Después de todo, si Obama sigue siendo Presidente es, en no poca medida, porque le apoyaron siete de cada diez electores de origen latino. Y de ellos, nueve de cada diez tienen sus raíces en México.

EL RETO DE LA IZQUIERDA

La ceremonia de toma de posesión de Peña Nieto estuvo acompañada de la esperada protesta callejera. No transcurrió como la de hace seis años, porque la izquierda política, la electoral, la concurrente en las urnas, prefirió un perfil moderado de rechazo. Lo cual, dejó el protagonismo a elementos mucho más radicales, eso que algunos medios llaman ‘antisistema’.

Curiosamente, al producirse en la capital federal, el desagradable corolario de violencia, destrozos, exageración policial y alboroto mediático no le pasará factura al nuevo mandatario nacional, sino al Alcalde-Presidente del DF saliente, Marcelo Ebrard, uno los gestores probablemente más eficaces y honestos de México. Así es este país: paradójico y excesivo. Ebrard deja el cargo y se prepara para liderar una izquierda con vocación de gobernar algún día, algo que parece, hasta la fecha, intrínsecamente imposible. Tendrá que volver a competir en el empeño con Andrés Manuel López Obrador, quien, después de su segunda derrota consecutiva en las presidenciales, se ha desvinculado del PRD (la escisión izquierdista del PRI en los ochenta) y ha revitalizado el proyecto progresista denominado MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional). Este proceso de conformación de la izquierda hacia la alternancia real es tan interesante al menos como el contraste de la retórica de Peña Nieto con las colosales inercias de la política y el sistema social mejicanos.