La vida ya es bastante confusa por sí sola. Ya tenemos bastantes prisas, agobios, hipotecas, desplantes, enemigos y tropiezos cada día como para dejar pasar una película del viejo Allen en la cartelera. Las críticas pueden ser objetivas (al menos tratar de serlo), y pueden ser despreocupadamente subjetivas (como ésta). No vamos a enjuiciar el último film de Woody Allen. No es ése el plan. Es una película que derrocha tanta sonrisa, tanto amor, tanto cariño por la cultura y por una ciudad, París, que decir algo malo de ella sería como meterse con el abuelo de uno. Imposible. Además, sobre una ciudad tan manida como París Allen no sólo sale indemne de la ñoñería y el almíbar que podría esperarse. Es que hace, sino LA película sobre ella, una GRAN película sobre la Ciudad de la Luz. Más que una película una declaración de amor, en papel y escrita a mano, con tinta. Como deben ser las buenas declaraciones de amor.

Tenemos al bueno de Gil Pender (un acertadísimo Owen Wilson, sí, no se tiren de los pelos), un ligeramente nervioso y afamado guionista de Hollywood (¿sería demasiado obvio decir que otro calco de Allen?) que a poco de casarse viaja a París con su novia y los padres de ésta, para nada más llegar sentirse cautivado por una ciudad y por una forma de ver la vida, tan bohemia, literaria, vital, alejada del derroche, la superficialidad y el botox de su lejana Los Ángeles. Es en esta hermosa ciudad donde… bueno, donde le pasarán “cosas”. Decir mucho más es destrozar la hermosísima y deliciosa sorpresa que esconde esta película, y que espero que ninguno de sus allegados le descubra antes de verla.

Con “Todo lo demás” (2003) Allen parecía peligrosamente adscrito a comedias ligeras que no pasaban de ser amables y más bien intrascendentes. La muy interesante “Melinda y Melinda” (2004) dio un pequeño vuelco hacia el drama y supuso la remontada de Allen, que se confirmó con la soberbia tragedia “Match point” (2005). Así, en esta casi última década ha alternado comedia y drama con muy buena fortuna, demostrando que sigue en forma y que, cuando pincha, aún se deja ver (tropiezos como son “Scoop” (2006) y “Vicky Cristina Barcelona” (2008)).

Esperemos que se anime a hacerle una película a Madrid, tras Londres, Barcelona, París y Roma (la siguiente, “Bop Decameron” (2012)), porque Allen es único rodando ciudades. París no es una postal, si bien sale muy bien fotografiada, huyendo de los encuadres clásicos de los típicos sitios turísticos. París es quizás llevada más allá, parece una ciudad de cuento, casi no nos la creeríamos si no supiésemos que es así (como dicen en un divertido momento de la película, “Es extraordinaria, no hay ciudades así en Neptuno o Júpiter”). Un permanente realismo mágico se apodera de toda la cinta, donde los actores brillan en general (salvo algún secundario), como suele ser habitual en la casa.

Quien ya conoce a Allen disfrutará con una de las mejores películas de este hombre en la última década, y quien no lo conozca (¿aún hay?) o quien no se sienta muy atraído por su cine que se deje seducir por él, por favor. Que la vida es muy breve para perderse maravillas como ésta.

Lo mejor: La sonrisa que te deja de oreja a oreja al acabar, y el estupendo cameo de Adrien Brody como Dalí.

Lo peor: Por decir algo menor, quizás la trama secundaria del detective privado se queda un poco descolgada y podría haber dado para más gags cómicos.