Los españoles somos herencia de una multitud de migraciones, desde las más modernas de los últimos veinte siglos, hasta las producidas hace miles de años derivadas de cambios climáticos significativos. Como las producidas por el fuerte calentamiento de la Tierra registrado hace unos 52.000 años, que permitió que la población que habitaba el hemisferio sur africano y Arabia se pudiera desplazar hacia el norte, llegando, hace unos 50.000 años a Europa; o las producidas al final de la Edad del Hielo, hace unos 9.000 años, con la retirada hacia el norte de los hielos que por aquel entonces cubrían gran parte del continente europeo, que consolidaron el inicio de la agricultura, el sedentarismo y la revolución neolítica. Migraciones históricas que podemos considerar generadas por motivos ambientales, socioeconómicos, o de conquista comercial o militar, que son los tres grupos de procesos generalmente interrelacionados que se encuentran en el origen de las mismas: la migración económica, en busca de mejores condiciones de trabajo y de vida; la migración ligada a la conquista, a los conflictos bélicos o político-sociales, productora de refugiados civiles que huyen de las zonas en conflicto por persecuciones militares o de tipo político-social (religión, sexo, ideología, etc.); y las migraciones ambientales, debidas a procesos de cambio climático, agotamiento de recursos –agua, productividad agrícola, etc.- que generan situaciones de colapso local.

Normalmente las migraciones son direccionales, buscando los territorios que disponen de mejores condiciones para paliar los efectos de los desastres. En la actualidad, y por ahora, esas mejores condiciones se dan en los países más desarrollados, que son también los que “venden” mejor la “excelencia” de sus condiciones de vida a través de los “media” de alcance crecientemente universal –cine, televisión, internet, etc.-. Ello da lugar a presiones sobre sus fronteras y sobre las de los países que se encuentran en los itinerarios de tránsito hacia ellos, normalmente en etapas sucesivas, con incidencia inicial en los países limítrofes a los de las zonas de subdesarrollo, crisis o conflicto.

En las épocas de expansión económica, en las que se producen tensiones al alza en los salarios de los trabajadores, esas inmigraciones en los países desarrollados son deseadas y promovidas por Gobiernos y empresarios. En las épocas de crisis, en las que el paro se incrementa, la política es la contraria, buscando la restricción de la inmigración, a lo que contribuye el “direccionamiento” de los “media” que favorecen el crecimiento de los sentimientos xenófobos entre una población que padece las principales consecuencias de la crisis y de la pérdida de bienestar. Es significativo que la inmigración se haya convertido en la principal preocupación de los europeos, según el Eurobarómetro de julio de 2015: un 38% de los ciudadanos consultados se declaraba preocupado por la inmigración (subiendo esta cifra 14 puntos en los últimos seis meses) superando a los preocupados por la situación económica (27%) o el desempleo (24%).

Todo proceso de transición de una formación social a otra distinta (esclavismo a feudalismo, feudalismo a capitalismo) o las distintas crisis climáticas registradas en el planeta, han venido acompañadas de grandes flujos migratorios relativos. Si como apuntan distintos factores de la actual crisis global –ambientales, socioeconómicos, etc.- nos encontramos en el inicio de un proceso de transición hacia una nueva forma de organización social, producto de los cambios tecnológicos, económicos y territoriales, y precursora de una nueva forma de organización de las relaciones económicas, es coherente la interrelación de este cambio con la producción de migraciones resultado de “crisis” superpuestas. Y de no evitarse éstas, la transición vendrá acompañada de fuertes flujos migratorios de una población en búsqueda de su supervivencia, desde sus países en crisis (climáticas, por conflicto bélico, sin acceso al agua o con fuertes dificultades para alimentarse) a países con mejores condiciones estructurales. Países receptores que muy probablemente convertirán sus fronteras en ámbitos intraspasables generando nuevas contradicciones e inestabilidad.

Las actuales dificultades en EEUU o en la UE para adoptar políticas migratorias consensuadas y socialmente aceptadas son una buena muestra de las dificultades para afrontar los resultados migratorios de este tipo de conflictos y crisis. El continuo fracaso de la UE para abordar los flujos migratorios de Oriente Medio y de África (unos 600.000 refugiados al año), o la importancia presente de la problemática inmigratoria en EEUU en las actuales primarias republicanas, son una buena muestra de estos procesos, cuyas causas son tan antiguas como la existencia de la persona en el planeta: su derecho a la búsqueda de unas condiciones de vida aceptables para sí mismo y su descendencia. Y no deberíamos olvidar que en su origen están las crecientes desigualdades económicas, las hambrunas en las que el calentamiento global previsiblemente tendrá una influencia creciente, o los conflictos por el acceso a los recursos generados por las multinacionales y los países de su origen que defienden sus intereses, aunque la relación de las mismas con estos sea claramente descendente porque la mayoría de sus negocios se hacen fuera de los mismos. No es nuevo que el mejor freno a las migraciones son el permitir unas condiciones de acceso a los recursos propios, al empleo y a unas condiciones de vida aceptables en los países de origen, que haga innecesario el recurso último de las familias y de los jóvenes a unas migraciones que generalmente tiene un alto coste en todos los sentidos para ellos.

Pero tampoco hay que olvidar la existencia de circunstancias menos controlables a corto plazo, como puede ser el calentamiento global que estamos generando, cuyas consecuencias pueden empezar a sumarse a todas las anteriores de una forma creciente. Y ya existen experiencias históricas preocupantes. Por ejemplo, en 1846, año extraordinariamente lluvioso, se produjo la inundación de los campos irlandeses y se pudrió una gran parte de sus cosechas de patatas. Ello provocó una Gran Hambruna, que se prolongaría hasta 1850, muriendo hasta un millón de personas a causa del hambre y las enfermedades, y provocando un éxodo masivo de irlandeses a Gran Bretaña y los EEUU. En pleno siglo XX, fenómenos meteorológicos extremos, como las terribles sequías ocurridas en la zona del Sahel (la última gran sequía entre 1968 y 1973) produjeron la mortalidad de un cuarto de millón de personas, y han condicionado radicalmente el modo de vida y las costumbres de los habitantes de países como Mauritania, Mali o Senegal, forzando su emigración continua desde entonces, como única forma de supervivencia.

En la actualidad crece la preocupación por el incremento de los flujos migratorios hacia Europa, ante la magnitud de un fenómeno que está alcanzando magnitudes desconocidas desde conflictos bélicos como la Segunda Guerra Mundial. Fenómeno en el que podemos encontrar la triple motivación para las migraciones antes señaladas: bélica, socioeconómica y ambiental. Los bélicos tienen su razón de ser inmediata en la guerra civil provocada en Siria y el avance de ISIS consecuencia de la misma en este país, a lo que se unen las tensiones bélicas remanentes de la desestabilización mucho más temprana de Líbano, las guerras de Oriente Medio con Israel como protagonista máximo, la invasión de Iraq por los países occidentales, con EEUU a la cabeza, los conflictos Chiies-Sunies, con las dictaduras teocráticas de Arabia Saudí e Irán como fuentes de conflicto, con ramificaciones en Yemen, Eritrea, Bahréin, la problemática del nacionalismo kurdo en la zona y, cómo no, la desastrosa política seguida por las grandes potencias en Afganistán y Pakistán, que ha definido otra de las zonas de tensión más inestables y peligrosas (por la posesión de la bomba atómica por Pakistán) a nivel global. El grupo mayoritario de estos inmigrantes proviene de refugiados de la guerra en Siria, a los que se unen los refugiados de los conflictos bélicos presentes en los cerca de los últimos cincuenta años en la zona. De telón de fondo cuatro problemas de difícil resolución: los intereses de las multinacionales de la energía; el incumplimiento de las resoluciones de la ONU por Israel y su expansionismo militar en la zona con el apoyo de EEUU; los conflictos Chiies-Sunies con Arabia Saudí e Irán como paladines de cada uno de los bandos, y unas fronteras actuales insostenibles, que en algún momento se deberán readaptar a las circunstancias religiosas, étnicas y políticas de todo el territorio. Las principales rutas de acceso y presión de los refugiados más los emigrantes socioeconómicos y ambientales que se les unen (no hay que olvidar la problemática del agua en la zona y la política de Israel al respecto, o la situación de destrucción de los recursos para la supervivencia por parte de Israel en Gaza y en el entorno de sus territorios) tienen su primera escala en Turquía, Líbano o Jordania, iniciando desde allí su camino hacia Europa.

El segundo grupo de inmigrantes en importancia por su magnitud es el procedente del África Subsahariana, y en el mismo las razones son fundamentalmente socioeconómicas y ambientales, aunque también existe un número creciente de refugiados por motivos bélicos. La desestabilización de los regímenes totalitarios de los países del Norte de África, con la ayuda inestimable de los países occidentales y el trasfondo de los intereses de las multinacionales de la energía, nuevamente ha generado zonas de conflicto con la presencia de radicalismos religiosos y étnicos de difícil control (fundamentalmente en Libia) cuyos efectos se expanden por todo el Norte y centro de África. Adicionalmente, la desaparición de los Gobiernos fuertes en estos países ha terminado con nuevas dictaduras (Egipto) o con situaciones totalmente fuera de control (Libia y un entorno creciente de este país)que ha llevado a la nueva intervención de occidente y la ONU en su entorno (Francia en Mali,…). Y ha abierto caminos de alto riesgo –pero viables- para los emigrantes subsaharianos provenientes principalmente de Eritrea, Nigeria o Somalia, que acceden a Italia o España como primera etapa para desplazarse hacia el Norte de Europa.

El tercer grupo de inmigrantes presenta un carácter fundamentalmente socioeconómico, aunque la inestabilidad bélica va en crecimiento. Son la respuesta a la crisis socioeconómica local y al efecto llamada de las condiciones de vida mostradas por los “media” para el occidente y norte europeo, a lo que se une la huida de muchos jóvenes de los riesgos de una tensión bélica creciente en la zona. Así, los conflictos con Rusia en Ucrania y el Cáucaso, junto con las tensiones no resueltas en los Balcanes amenazan con multiplicar las tensiones migratorias desde estos orígenes.

¿Qué podemos esperar hacia el futuro más próximo? La primera consideración se asocia con las zonas de inestabilidad que se pueden delimitar en el entorno euroasiático y en el norte de África que, sintéticamente, se recogen en el mapa esquemático siguiente, en el que se destacan las zonas en conflicto o con alto riesgo de conflicto. Por desgracia se aprecia que son múltiples y crecientes, lo que no es un buen augurio respecto a la evolución de las migraciones asociadas a este tipo de situaciones, ni, por lo tanto, respecto a las tensiones que las mismas pueden generar en los ámbitos de acogida de la población que huirá de las mismas.

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Fuente: Elaboración propia con datos procedentes de Naciones Unidas.

 

El segundo grupo de expectativas negativas sobre la presión migratoria a esperar para Europa se basa en la evolución demográfica del planeta que, en la versión de Naciones Unidas (United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division (2014). World Urbanization Prospects: The 2014 Revision, Highlights -ST/ESA/SER.A/352) se sigue previendo (http://esa.un.org/unpd/wpp/Excel-Data/population.htm) que llegue a unos 9.500 millones de habitantes hacia 2050, con una distribución territorial muy desigual, según se aprecia en la Figura siguiente. África será el continente con mayor crecimiento. Y Naciones Unidas señala también que son los países de menor renta per cápita los que más crecerán: la población total en los países más pobres se incrementa en un 73% para 2050. Los países más pobres son los que más van a registrar también un mayor crecimiento en su tasa de urbanización, concentrando su población en “slums” de dimensiones cada vez mayores (la población viviendo en “slums” se espera que aumente en un 40%, ya para el año 2035) principales focos de inestabilidad y de generación de flujos migratorios hacia regiones con mejores condiciones de vida. Naciones Unidas recoge que entre 1992 y 2012 la población migrante total ha crecido en un 31% y prevé que dichas migraciones sigan en aumento.

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Fuente: ONU. Population Division. World Urbanization Prospects: The 2014 Revision. July 2014.

 

Las consecuencias previsibles de los Escenarios tendenciales previstos por los Organismos Internacionales, que son los más probables si no se producen fuertes cambios estructurales, son preocupantes, tanto para la generación de tensiones migratorias, como para la producción de conflictos locales de mayor o menor extensión. Los 9.500 millones de habitantes para 2050, con una imparable tendencia a la urbanización y un sistema productivo inalterado y fiado sólo a las mejoras tecnológicas y a un consumo energético que sería inevitablemente creciente, implicarían contradicciones difícilmente subsanables desde la perspectiva del encarecimiento de los recursos y del aumento de las desigualdades de acceso a los mismos. Porque, atendiendo a las fuentes y dinámicas señaladas, y añadiendo a las mismas la “deseada y supuesta” generalización de las formas de vida consumistas para el conjunto de la población, se necesitarían, ya para 2050, entre otros factores respecto a los correspondientes valores de 2010:

  • Del orden de un 70% más de alimento: por ejemplo, el cereal debería pasar de los 2.100 millones de toneladas actuales a 3.000 millones –incremento del 43%-; y la carne de 200 millones a 470 millones de toneladas –incremento del 135%.
  • Un 55% más de agua potable accesible.
  • Un 70% más de energía disponible.

Sólo para conseguir el incremento de la producción alimenticia, la FAO estima que debe realizarse una inversión bruta anual de unos 209.000 millones de US$, lo que implica un incremento del 50% sobre la inversión media de la primera década del siglo XXI. Adicionalmente, muchos países en desarrollo siguen dependiendo en su seguridad alimentaria de la importación de alimentos, y las consecuencias de la evolución demográfica prevista es la de que deberían incrementar, para 2050, sus importaciones de cereales desde los 135 millones de toneladas, de 2008/2009 a 300 millones para 2050 (un 122%), con la consiguiente demanda de transporte y consumo de carburantes. Pero como reconoce la propia FAO (“How to feed the world in 2050”. http://www.fao.org/fileadmin/templates/wsfs/docs/expert_paper/How_to_Feed_the_World_in_2050.pdf), asegurar estas necesidades de alimentación a largo plazo es complicado en una dinámica social en la que los mercados están haciendo evolucionar muchas producciones agrícolas hacia los biocombustibles, y donde el cambio climático previsiblemente va a implicar reducciones en la producción global de alimentos. Y ello en un marco en el que más del 20% de la población en los países en desarrollo viven con menos de 1,25 $/día; más del 50% con menos de 2,50 $/día y el 75% con menos de 4,00$/día. El África Subsahariana es la que peores condiciones de renta presenta, seguida del Este de Asia y el Pacífico. Y, lógicamente, serán los principales focos de conflicto y de generación de migraciones, no sólo del campo a la ciudad. Porque la población rural previsiblemente siga creciendo hasta los 3.500 millones de personas, que bajarán a ser 3.200 millones para 2050 por la continuación sostenida en todo el período de la emigración del campo a la ciudad. Pero más del 10% de la población mundial, localizada en su mayoría en estas zonas origen de focos migratorios, continuará sin tener acceso a los servicios básicos; y un porcentaje mucho mayor seguirá sin servicios que les aseguren unas condiciones de salud adecuadas. Y pese a la mejora en términos relativos globales, la pobreza sigue afectando a un número creciente de personas y se sigue produciendo e incrementando la muerte de millones de ellas por enfermedades fácilmente curables o por desnutrición, aunque se producen suficientes alimentos en el mundo para alimentar a toda la población del planeta sin problemas.

En todo caso hay que destacar que el problema no debe considerarse “malthusiano”, de contradicción entre el crecimiento de la población y los recursos disponibles, sino de pretender expandir una sociedad de consumo capitalista, ineficiente, injusta y despilfarradora, al conjunto de la población del planeta. Porque aunque la sociedad actual ha prolongado los años de vida de sus habitantes, con mayores niveles de consumo y de bienestar que los de sus padres, lo ha hecho generando una dinámica insostenible en el sentido de que es inviable que pueda continuar “incrementando su consumo y sus residuos” hacia el futuro, con las tasas registradas en las últimas décadas, y es inviable generalizar esos niveles al resto de habitantes previsibles para el planeta, sin unas consecuencias para el incremento del Calentamiento Global que tendría efectos catastróficos para la Humanidad. La Historia nos ha demostrado que las sociedades humanas son vulnerables a los cambios climáticos y que estos han influido en su dinámica sobre el planeta de forma clara. El clima en la actualidad es mucho más variable y caracterizado por fenómenos más extremos. El nuevo ciclo climático, probablemente lleve a situaciones nunca antes conocidas por los seres humanos, aunque sí por la Tierra. Las medidas para evitar su evolución hacia niveles insostenibles, en paralelo a poner en marcha procesos de adaptación lo más adecuados posible, son imprescindibles como única vía de evitar una catástrofe humana de enormes dimensiones que afectará también de una manera muy grave, tanto directa como indirectamente –entre otras vías por las presiones migratorias- al mundo desarrollado.

Difíciles previsiones para una Unión Europea incapaz de afrontar con coherencia las tensiones actuales, que muy previsiblemente son sólo un inicio del fuerte agravamiento de las tensiones futuras esperables; y que ante la presencia de una extrema derecha y un nacionalismo xenófobo en crecimiento, terminarán poniendo en cuestión otro de los pilares positivos de la Unión como es el acuerdo de Schengen, que permite el libre tránsito de personas y bienes. Lo que es claro es que las políticas de cuotas “que tengan en cuenta el volumen de la población de cada país y su fortaleza económica” sólo servirán coyunturalmente; y que hacen falta medidas radicales que combatan las causas señaladas como origen de esos problemas migratorios, si es que ello es factible en la actual dinámica de crisis global. Las crecientes contradicciones que conducen a conflictos locales y a  tensiones migratorias crecientes, puedan acabar en catástrofes si no se superan las pautas de esta sociedad capitalista bajo nuevos principios basados en la solidaridad, en la concertación y cooperación y en el respeto a los equilibrios básicos ambientales del planeta. Las nuevas tecnologías ayudarían a evitar parcialmente estas catástrofes si se cambian las pautas de poder y de decisión social. El no hacerlo nos lleva hacia un futuro no precisamente agradable para las actuales y sobre todo, para las próximas generaciones.