Sin embargo, tal heterogeneidad de pronósticos no ha impedido que los diversos sectores políticos y los tan-ta-nes de los medios de comunicación social reaccionaran durante varias semanas a “golpe de encuestas”. A pesar de lo confuso y contradictorio de los resultados anticipados. Con lo cual la campaña escocesa ha seguido la misma secuencia de montaña rusa que los vaticinios de las encuestas. O si queremos explicarlo de otra manera, han sido una auténtica “ducha escocesa” de emociones y perspectivas de triunfo y/o fracaso.

¿Cómo se explica una dinámica y una campaña tan oscilante sobre un asunto tan delicado y de tantas consecuencias prácticas? ¿Cómo es posible que encuestas que se hacían en los mismos días ofrecieran resultados tan dispares? ¿Qué ocurriría si esta disparidad se produjera también en los análisis de sangre o en otras pruebas médicas, en función de los especialistas o los hospitales a los que cada enfermo acudiera?

Posiblemente no es muy propio que un sociólogo como yo, que ha realizado muchas investigaciones empíricas a lo largo de su vida, plantee estos interrogantes sobre el valor predictivo de las Encuestas y sobre la penosa instrumentalización que se hace de ellas en la vida política y social. Pero, desde luego, lo de Escocia es una prueba más de que estamos ante una actividad bastante mediatizada y deteriorada profesionalmente. Siguiendo el ejemplo médico, en las sociedades de nuestro tiempo parece que aún hay demasiados curanderos, magos y trileros que son objeto de una atención desmedida por los medios de comunicación social (o al revés), sin que exista una entidad corporativa ni una voluntad pública capaz de poner un poco de orden, profesionalidad y fiabilidad en un campo como este, que puede influir bastante en los comportamientos políticos y en las reacciones de la opinión pública; sobre todo, en las franjas más dudosas, que al final son las que, a veces, posibilitan que en las urnas se dé un vuelco hacia un lado o hacia otro. De ahí que no sea improcedente regular adecuadamente dicha actividad, al igual que se hace en otros campos que afectan a aspectos fundamentales de nuestra vida. ¿Por qué no garantizar también en este campo un mínimo de seguridad y fiabilidad a los ciudadanos?

P.D: Lo ocurrido en el referéndum escocés demuestra que, más allá de la verosimilitud de que bastantes votantes hayan cambiado de intención a lo largo de la campaña y la precampaña, al final la mayor parte de los pronósticos han estado equivocados debido tanto a razones técnicas (no todas las encuestas están bien hechas), como a motivos de cambio político, ya que estamos en sociedades en las que los ciudadanos cada vez suelen cambiar más en sus opiniones, preferencias y actitudes. ¿Por qué? Esa es una cuestión crucial de mucho fondo político, a la que habría que prestar la debida atención en los análisis.

En cualquier caso, una ventaja de diez puntos del NO sobre el SI es una diferencia (respecto a los últimos pronósticos) lo suficientemente abultada como para sospechar que algunas encuestas han estado instrumentalizadas para influir en las franjas dudosas de los electores ante un temor (alimentado) de que podía ganar el SI, con unos efectos desastrosos para muchos de aquellos que no pensaban votar o no tenían las cosas muy claras.

Amén del daño que todo esto causa a la imagen de buena profesionalidad de los sociólogos, nos alerta sobre los peligros crecientes de instrumentalización de los ciudadanos en las democracias mediáticas de nuestros días, en las que la mejora de la calidad participativa no consiste solo en votar o no votar determinadas cuestiones, sino en la transparencia, la claridad y la igualdad de posibilidades con las que se desarrollan los debates y las campañas. Lo cual no siempre es fácil en sociedades en las que operan grupos muy poderosos y voraces que quieren “llevarse el gato al agua”, sin importarles los medios ni los costes sociales a medio plazo de estrategias dudosas que, como en el caso de Escocia, también encierran el propósito de debilitar las posibilidades políticas y electorales del laborismo en el Reino Unido.