El pasado diciembre, tras trece meses de un gobierno tecnocrático, no elegido en las urnas, parecía que en Italia la normalidad democrática se recuperaba con una convocatoria electoral donde los italianos decidirán quienes les gobiernan. Mario Monti presentaba su dimisión como Primer Ministro tras la aprobación de la Ley de Presupuestos, al considerar imposible completar su mandato, ante la retirada del apoyo del PDL de Berlusconi.

Y digo parecía, porque pronto el propio Monti se encargó de dejar claro, a los italianos y a todo el mundo, su peculiar concepción de la democracia, al anunciar su disponibilidad a “guiar” a Italia con “su programa” y a liderar un nuevo gobierno. Eso sí, con un pequeño gran matiz, sin concurrir a las elecciones con la peregrina excusa de que es senador vitalicio.

Concretamente, decía que “no seré candidato en las listas porque soy senador vitalicio, pero si algunas fuerzas políticas manifiestan el propósito de presentarme después como Presidente del Gobierno, lo evaluaré y podría decir que sí». Y añadía, “estoy dispuesto, si se me pide, a asumir la responsabilidad».

Pero rechazando la invitación de Berlusconi a liderar una coalición de centroderecha, porque “no entiende su línea de pensamiento”. Y expresando que aceptaría si una o varias fuerzas políticas apoyan su agenda, es decir, su documento «Cambiar Italia. Reformar Europa por un empeño común».

Pronto varias formaciones políticas han apoyado la agenda. Y, como anunciaba recientemente el propio Monti, han formado una alianza de formaciones centristas (Unión de Demócratas Cristianos y de Centro (Udc), Futuro y Libertad (Fli), Asociaciones Cristianas de Trabajadores Italianos (Acli), Alianza por Italia (API) e Italia Futura), de cara a las próximas elecciones.

Independientemente de las consecuencias electorales que puedan producirse con la existencia de esta nueva alianza de formaciones de centro, y los posibles acuerdos que puedan realizarse después de las elecciones para formar gobierno, hay una cuestión de fondo que pone en entredicho el sistema democrático en sí mismo. ¿Cómo alguien se atreve a erigirse o auto-proponerse guía de un país, en una situación de crisis severa, sin presentarse a las elecciones directamente para recibir o no el apoyo del pueblo a través del voto? ¿Qué condiciones políticas, sociales y económicas lo hacen posible?

Este es un ejemplo claro y evidente del momento delicado que vive la democracia y de la necesidad de un avance democrático en todos los ámbitos de la sociedad. De lo contrario, el sistema democrático será sustituido por oligarquías o totalitarismos seudo-democráticos.

La aptitud de Monti, por muy bien intencionada que pueda ser y se contraponga a la figura de Berlusconi, nos lleva de cabeza a una oligarquía donde controlan el régimen político los dueños de las grandes fortunas y los poderes económicos, que además establecen una agenda política para conseguir sus fines e intereses y no los de la mayoría de los ciudadanos.

En esta segunda década del siglo XXI, se ha llegado a una situación donde el gobierno legal es democrático, pero en muchos casos por su orientación y por sus hábitos es más bien oligárquico. Al principio, estos nuevos oligarcas se disfrazan de salvadores y se conforman con percibir pequeñas ventajas unos de otros, de manera que conservan las leyes vigentes antes, pero van adquiriendo poder para provocar el cambio de sistema que les conviene para lograr los intereses de esa minoría.

Estemos atentos. Pero parece fácil, si quieres gobernar, te presentas y que los ciudadanos, es decir, el pueblo, decida.