Tomo prestado el título a mi amigo Ángel Gabilondo, de su ensayo sobre cómo la filosofía ha tratado cuestiones tan fundamentales para el ser, como la salud y la muerte. Pero no nos confundamos, la metafísica no puede tomarse como un manual de auto-ayuda, ni tampoco pretende confiar en la «numerología», esa estadística que, a veces, intenta medir lo que no es mensurable. Trata más bien de pensar lo que merece la pena de ser pensado.

¿Y no es el ser social un objeto necesario de estudio? Incluso, por qué no, con la intención, (tan sospechosa para algunos), de modificarlo en los aspectos en los que puede resultar lesivo para el interés general, y particular, de la ciudadanía.

Ángel Gabilondo es, indudablemente, un intelectual. Y esta consideración no le incapacita para gestionar la polis, (¿resulta necesario recordar de donde proviene la palabra política?), en todo caso su compromiso debería garantizar un pensar que procura alcanzar un alto grado de racionalidad. Una «verdad» que no tiene la condición inalterable que le otorga el fundamentalismo de la ideología, sino la duda que surge del interrogar, y que se construye en el diálogo de la escucha.

Ernst Bloch, un pensador cuya defensa de la «esperanza» no la encuentro lejana a la reclamación actual de los ciudadanos, dijo que «un pensamiento no es verdadero porque es útil, sino porque es verdad es útil». Es decir, más allá del rastrero pragmatismo que sepulta a todo pensamiento crítico, estaría el horizonte abierto a las posibilidades que éste encierra.

Acabo de escuchar el «Digo sí» del profesor Gabilondo, el estribillo musical con el que articulaba su compromiso con lo público, con la educación, con la cultura, y, sobre todo, con la defensa de los sectores sociales más afectados por el desempleo, o con lo que es casi igual de perverso, el empleo precario. Y en sus palabras encontraba la sensación que siempre tiene el lenguaje cuando quién lo utiliza comprende su naturaleza, no lo manipula en un decir vacío que despoja al discurso de cualquier significado. Aquello que ha originado la injusta desconfianza, de manera general, en la política.

Ángel Gabilondo es profesor de metafísica. Y esto no supone, en absoluto, el estar recluido en una burbuja académica ajena al devenir de lo social. Su defensa de lo público tiene la condición extensa de lo que lo público supone como concepto, algo que no queda reducido a la titularidad de quién lo posee, sino a la posibilidad social de participar en su gestión.

Defender lo público es abrir el ámbito de lo político, saber que la ciudad no puede quedar en manos del interés privado en exclusiva, que las determinaciones a tomar se construyen desde el diálogo, que nadie es ajeno a la responsabilidad de lo que se resuelve. Todo lo que devuelve la dignidad a las instituciones.

Ángel Gabilondo ha dicho «sí» sabiendo que la independencia no implica indiferencia, que va a renunciar a la relativa tranquilidad del anonimato del que no se «expone» al vendaval de lo mediático, que la condición intelectual no justifica la ignorancia de la injusticia. Sólo hay que esperar que la sociedad, o, mejor dicho, aquellos que se arrogan ser sus portavoces, no rechacen la participación de los que, en el fondo, temen. Porque estarían negando lo mejor de la historia política española, lo que se ha producido en los momentos de mayor vitalidad democrática de nuestro país; y caerían en la contradicción de negar ahora lo que se denunciaba como «el silencio de los intelectuales».

Éste profesor ha propuesto un «pacto entre generaciones», (algo que encontramos natural en los que ejercemos nuestra vocación docente), un diálogo que reúna la expectación de futuro con la memoria de lo que no es sólo pasado, sino condición de lo posible. Donde la edad no supone segregación ni desprecio a las ideas desde inconsistentes y supuestas jerarquías intelectuales. Pero también reconocimiento a los que han fundamentado la conciencia crítica de los que ahora, justamente, exigen la posibilidad de decidir, y que lo hacen desde el contexto democrático, (por imperfecta que aún sea esta democracia), que aquellos contribuyeron a construir. Por supuesto no todos de los que, mediante la amnesia histórica, pretenden ser sus propietarios, y que, en algún caso, ni siquiera desearon.

Lo posible, lo sabe Gabilondo, depende en gran medida de aquello que Walter Benjamin llamaba la «cotización de la experiencia». De la perspectiva que concede un saber capaz de desentrañar las estratificaciones simbólicas de una ideología dominante que procura cerrar cualquier camino a la esperanza. Y para esta tarea parece imprescindible la aportación de los intelectuales.

Para conseguir que, si somos «mortales de necesidad», la necesidad no resulte mortal para muchos.