En términos políticos lo significativo no es sólo la magnitud de la repulsa ciudadana a la impresentable ejecutoria del PP. Lo realmente digno de resaltar es el componente cualitativo de muchas de esas movilizaciones. Que los Rectores de las Universidades públicas se rebelen al unísono; que lo hagan magistrados, fiscales, procuradores, abogados y, en fin, el conjunto del espectro que abarca el mundo de la judicatura; que todos los estamentos del sistema sanitario público, no sólo aunque sí de forma más marcada los madrileños, practiquen a fondo el derecho de huelga y se echen a la calle un día sí y otro también; que los enseñantes y asociaciones de todos los colores viertan su lógica ira contra su cuota de recortes y ante la reaccionaria reforma educativa de los peones de turno de la Conferencia Episcopal….. En suma, que un muy amplio y representativo elenco de personas a las que la Sociología atribuye una inclinación mayoritaria hacia las opciones de centro y de derecha rechace de plano la agresión social y la involución democrática a la que un Gobierno de derechas está sometiendo al país, es un hecho insólito en nuestra historia próxima.

No cabe pensar que los ideólogos del PP, por cavernarios que sean sus pensamientos, ignoren los teóricos efectos negativos que sobre sus expectativas electorales podría representar la oposición de sectores que, además de ser una cualificada parte de su base social, tienen mayor capacidad que otros sectores para generar estados de opinión. Cabe suponer que algunos de tales ideólogos consideren que, tras una primera fase de brutales recortes, vendrá otra más benigna antes de las próximas elecciones, que harán girar la tendencia a la pérdida de votos que actualmente aparece en las encuestas. Tampoco puede descartarse que los más ultraderechistas menosprecien las protestas, en la idea de que al afectar a servicios públicos esenciales terminarán generando una reacción de los usuarios en contra precisamente de los profesionales que, con su lucha, están defendiendo derechos de ciudadanía. Podría ser una de las explicaciones para entender la contumacia con que se comporta el Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Existen más interpretaciones sobre la conducta mentirosa y antisocial del Gobierno. Pero seguramente la que tiene mayor peso es la situación de la izquierda, particularmente la del PSOE. En otras palabras, la derecha sabe que la multiplicidad de movilizaciones en su contra carece de suficiente articulación y no tiene un referente político adecuado capaz de proyectarlas en una alternativa solvente.

Esta situación debería inducir a una reflexión menos defensiva y “corporativa” de los dirigentes socialistas. Porque decir que con la que está cayendo no se está ni para elecciones primarias, congresos extraordinarios u otras iniciativas tendentes a cambiar sustancialmente la imagen que hoy transmite, es tratar de ignorar que la que está cayendo lo está haciendo también sobre el propio PSOE. Que un año después del bestial ataque a los derechos y prestaciones públicas que sufren los españoles resulte que la credibilidad del principal partido de la oposición está igual o peor que lo estaba cuando perdió el poder, le parece a la derecha la mejor garantía de que puede seguir con sus hachazos.

Por supuesto que una alternativa solvente y un nuevo liderazgo no se construyen en dos días. Pero puede ser un ejercicio inútil hacer propuestas políticas sin plantearse previamente si con el actual liderazgo va a poderse recuperar la confianza de los millones de electores que se han perdido. Pues no hace falta ser un lince para ver que la falta de credibilidad del partido le viene de haber sido precursor en la política de recortes y en el incumplimiento del programa con el que ganó las elecciones. Y que en la medida en que a su frente continúen las mismas caras de los que aparecieron aplicando dichos recortes en el pasado seguirá careciendo del suficiente grado de credibilidad en el futuro.

No, no queda demasiado tiempo, salvo que se esté apostando a esperar que madure el fruto del rechazo popular a las políticas de la derecha. El riesgo es que eso dure más de una legislatura y que, quizás, para entonces el país se haya convertido en un erial en lo social, en la igualdad de oportunidades y hasta en el ejercicio de las libertades.