La secunda es un verdadero chaparrón de agua fría, helada. Es el récord de abstención para la secunda elección más concurrida de Francia, siendo la primera la presidencial. Más de un elector de cada tres se quedo en casa. ¡Y eso que llovía! ¿Qué hubiese ocurrido si hubiera hecho sol? Estas cifras de abstención son cada día más frecuentes en los países occidentales y, por lo tanto, se podría pensar que es el reflejo habitual del cansancio del elector que pierde cada vez más la confianza en las formaciones políticas. Los factores son conocidos: para unos los políticos viven en un mundo distinto al suyo, para otros son impotentes ante las fuerzas económicas transnacionales, su incompetencia está demostrada por los malos resultados de sus acciones y, por fin, para muchos política equivale a corrupción. Es indudable que la imagen de los políticos esta cada día más deteriorada. Pero si es cierto que la corrupción puede corroer y hasta llegar a destruir la democracia, también hay que matizar estas verdades, que por ser populares y difundidas, no son del todo exactas.

Empecemos por analizar ciertos resultados y nos encontraremos con algunas sorpresas. Por ejemplo, el hecho de que personalidades políticas de derechas condenadas anteriormente o sospechosas en la actualidad para la justicia de acciones ilegales sean elegidas triunfalmente en la primera vuelta con fuertes mayorías. El mejor ejemplo es el del Presidente de la UMP, partido de derechas, François Coppé, quien hace unos diez días ocupaba todos los medios de comunicación con la revelación de sus turbias actividades en la campaña electoral de Nicolas Sarkozy, actividades que costaron millones de euros a su partido para provecho de sus amigos. A pesar del escándalo ha obtenido el 64 % de los votos. Y como este hay muchos otros resultados. La derecha no ha sufrido abstención y en ella no hace mella la corrupción.

Pero para la izquierda las cosas son diferentes. Hay barrios populares en grandes ciudades donde solo el 25 % de los electores fue a votar, cuando en la misma ciudad en los barrios de voto derechista la participación era del 60%. La sanción por la gestión gubernamental es evidente. Lo que quiere decir que no se perdona a la izquierda son el paro, la deuda, la subida de impuestos, aunque objetivamente lleve menos de dos años gobernando después de más de veinte años de gobiernos de derechas, y por lo tanto se encuentre con una herencia dificilísima. Los votantes de izquierda prefieren que ganen las derechas o peor, que avance la extrema derecha. Las exigencias éticas del electorado de izquierda son superiores a las del electorado de derechas. De eso también algo sabemos en nuestro país.

Pero en estas elecciones el resultado de más importancia es el auge del Frente Nacional, la extrema derecha populista que sube en todas las elecciones europeas, sean suizas, holandesas o francesas. Es el voto desesperado, rabioso, ciego, peligroso pero previsto, anunciado. Cuando llegue la cita de las elecciones europeas, nos encontraremos con el mismo problema, quizás más grave, porque puede enturbiar enormemente el funcionamiento del Parlamento Europeo y forzar a las derechas a una política suicida de competición con ese nuevo rival. Pero si estaba anunciado, ¿qué han hecho los políticos en Francia para evitarlo? Lo peor que podían hacer: lanzarse mutuamente acusaciones, ataques, insultos, escándalos que uno tras otro desacreditan a los políticos clásicos. Realmente quienes más desacreditan la política son los líderes políticos. Una buena demostración es que el político más sobrio, que respeta siempre a sus adversarios, el alcalde de Burdeos, Juppé, vencedor con el 60 % de votos, sea el mejor valorado entre los candidatos a la todavía lejana elección presidencial. De paso recordemos que fue, al final del siglo pasado, condenado por el escándalo de los empleos ficticios de la alcaldía de París. Pagó por Chirac y tuvo que ausentarse tres años de la política. ¿Qué valoró su electorado? ¿ Su lealtad al Presidente en un asunto feo o sus capacidades?

Volviendo a nuestras dos cifras, es evidente que existe en Francia una cultura democrática arraigada que explica el gran número de candidatos a las elecciones municipales. Pero también una creciente desafección hacia la política tal y como se practica. ¿Cuándo sacaremos las necesarias conclusiones para reformarla y conseguir empaparla de lo que, en las posiciones de izquierdas, fue antaño inexcusable: la ética?