El cine que cimienta su capacidad para provocar emociones en la forma siempre corre el riesgo de caer en el mero esteticismo. Así, una cosa es que la belleza estética sea la dominadora y otra bien distinta que todo lo demás (tanto la historia en sí como su tipo de narración y desarrollo) quede lapidado bajo la altanería de la apariencia.

Wong Kar-Wai siempre ha concedido a sus películas una clara preeminencia de los elementos formales, pero nunca tanto como en “My blueberry nights”, su primera cinta ambientada en Estados Unidos e interpretada por rostros de Hollywood.

“My Blueberry nights” es un película de carretera, en la que las gasolineras, los bares y sus clientes están más presentes que el asfalto en sí. La cinta contiene algunos de los símbolos que han caracterizado el cine del realizador hongkonés desde su debut, como es el caso de sus luminosos trenes nocturnos que parten hacia algún lugar de la existencia de sus protagonistas, así como sus habituales recursos de puesta en escena: la combinación de primerísimos planos y continuas tomas desde detrás de escaparates o a través de espejos; su textura de grano más bien duro y sus desenfocados; el predominio de los colores rojo y verde; y la omnipresencia de la música.

Sin embargo, las historias nunca acaban de emocionar. Alguna de ellas, ni siquiera llegan a enganchar. ¿Por qué? Quizá porque en lugar de partir de pequeñas semblanzas para acabar llegando a la trascendencia de los grandes temas de la humanidad, da la impresión de que el punto de partida está en éstos (incluso verbalizándolos en los diálogos: la soledad, la muerte, el amor desesperado…), para, ya en la meta, alcanzar por fin la naturaleza de las pequeñas historias de sus criaturas protagonistas. La pena es que, llegado ese momento, y tras el precioso revestimiento que suele imponer Kar-Wai a sus trabajos, la grandilocuencia ha ganado la partida.

Una película, de todos modos, para nada despreciable. Imprescindible, de hecho, para los admiradores del director de “Chungking Express” y “Happy together”, aunque sólo sea para que, llegada la hora de catalogar la filmografía de Kar-Wai, la película que ahora se expone en carteleras españolas (estrenada aquí con año y medio de retraso -incomprensible el cachondeo que se traen las distribuidoras de nuestro país-) sea considerada como una obra de transición después de sus fundamentales “In the mood for love” y “2046”.