Los instrumentos a nuestro alcance ya no nos sirven tal y como están; no podemos reparar lo dañado con las herramientas estropeadas; no pueden recetar austeridad los mismos que produjeron el déficit, el despilfarro y la corrupción directa o consentida. Porque no estamos hablando de “casos puntuales o aislados”, ya son demasiados, hablamos de una manera de concebir el poder y cómo usarlo, que ha traspasado los límites del espectáculo político contaminando a todas las instituciones sociales. No estamos hablando de separar las manzanas podridas del cesto, porque el cesto ya tiene moho y huele a podrido: ¡¡hay que rehacer el cesto!!

Necesitamos reconstruir una Democracia que ahora está profundamente herida, no por inútil ni ineficaz, sino por la mala utilización de sus formas e instrumentos. Necesitamos desmontar los partidos políticos para volverlos a montar como piezas de un mecano, pero con otras reglas de juego. Necesitamos aniquilar los vicios entre lo público y lo privado, para devolver a cada uno su espacio y reglas de colaboración transparentes. Necesitamos justicia rápida y eficaz para comenzar a creer que todo es posible: que paguen con la cárcel los que han robado, que se devuelva el dinero de las cajas ‘B’, que no se justifique lo injustificable en indemnizaciones y pensiones vergonzosas e inmorales, que se exijan responsabilidades privadas y públicas.

Y para ello, necesitamos MÁS y MÁS Democracia. Cuando llegó la Transición, la sociedad civil confío y creyó en sus políticos como verdaderos representantes del sentir ciudadano. Pensamos que el proceso ya estaba encarrilado, que era suficiente con tener representantes elegidos por las urnas que sabrían qué hacer en cada caso, y así nosotros podríamos dedicarnos a nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras aficiones. La Democracia, mal entendida, fue un reparto de “cada cual a lo suyo”, siendo los políticos los únicos dedicados a la cosa pública que para eso han sido elegidos. Les hemos entregado todo el poder a cambio de disponer de tranquilidad y desinterés, y ellos nos han devuelto un lenguaje que no entendemos, una profesionalización que nos aleja y una gestión opaca, oculta tras lo que se llama “clave de partido”. En definitiva, los políticos son expertos y los ciudadanos menores de edad incapaces de comprender la complejidad de los asuntos sociales.

Hoy, los partidos políticos se encuentran sin respuestas globales, incapaces de poner en marcha las ideas escritas porque los engranajes están oxidados. El divorcio entre ciudadanos y representantes ha degenerado en: unos partidos que fían su suerte a la distorsión de la imagen publicitaria y no al contenido de sus propuestas, al nepotismo como fruto de la falta de transparencia y de no rendir cuentas públicas, a la sustitución del “buen político” por los “cargos orgánicos” de los partidos; la modernización de los partidos ha consistido en un “lavado” de imagen, en incorporar ‘marketing’ y tecnología para difundir mensajes simplistas y enlatados, mientras sus estructuras y relaciones humanas se han anquilosado y envejecido. Los partidos se han sumido en el somnífero de un pensamiento único, de un agotamiento ideológico. A ello contribuye el fenómeno de que los mensajes simples y enlatados tienen su cierto rédito electoral. Los programas electorales se hacen para ganar elecciones, no para gobernar, y hemos asumido que son pura propaganda sin voluntad de ser cumplidos.

Ahora debemos decir a nuestros representantes cómo y quiénes queremos que nos representen. La solución no vendrá desde dentro de instituciones heridas, viciadas, contaminadas. La solución vendrá de fuera: de la creación de espacios públicos intercomunicados, culturales, intelectuales y sociales, que tomen las riendas de la participación política. Si seguimos así, corremos el riesgo de que todo acabe contaminado, de no distinguir lo verdadero de lo falso, de no saber discriminar, de generalizar injustamente. Hay personas honestas, dignas, trabajadoras, responsables, en todas y cada una de las instituciones sociales, ha llegado la hora de que las personas eleven su voz por encima de las reglas e instituciones establecidas.

La Política no es un juego de expertos, son las reglas de nuestra convivencia democrática.