Sabíamos que Rajoy disponía de una agenda oculta que no pensaba manifestar porque suponían recetas de recortes desagradables e impopulares. Sabíamos que Rajoy se supeditaría al poder europeo alemán sin rechistar para ser más disciplinado, si cabe, que el propio Zapatero. Sabíamos que Rajoy subiría impuestos y recortaría ayudas sociales. Sabíamos que no había ninguna receta nueva y milagrosa, diferente a la que en Europa se está aplicando, porque entre otras razones, el PP y Rajoy están absolutamente de acuerdo con las medidas liberales económicas de salida a la crisis. Y podíamos imaginar que su actitud como Presidente de Gobierno sería similar a la de Jefe de Oposición: permanecer invisible y ajeno a lo que ocurre, como si nada fuera con él, dejando que sus “guardianes” dieran la cara – ¿por qué iba a ser diferente la actitud de Rajoy? -.

De la misma manera que también sabíamos que la riqueza ilimitada y vergonzante que exhibían algunas Comunidades Autónomas como la valenciana no era normal – Fórmula 1, grandes eventos, maquetas disparatadas que se pagan y no se hacen, instituto Noos y demás amistades, aeropuertos sin aviones, Terras Míticas, y etc . El saco del dinero tenía fondo, y lo que es peor, se ha roto. Sabíamos que el despilfarro, el imaginario del “nuevo rico”, el dinero fácil y sin límite y la corrupción son caras de la misma moneda, que ahora salen a la luz al mismo tiempo: Camps en el banquillo, Urdangarín y sus negocios, y la bancarrota valenciana.

La pregunta es ¿cómo hemos llegado hasta aquí sin frenarlo antes?

La ciudadanía miraba hacia otro lado hasta que los “indignados” tomaron la calle; la izquierda desarticulada ha dado palos de ciego sin coherencia intentando mantener un discurso y una imagen que eran contradictorias; el PSOE se ha hundido porque ha quemado su credibilidad (la única bandera con la que podía combatir esta situación) y, por mucho que agite los vientos ahora, despierta más indiferencia y compasión que atención a sus mensajes; y los tanques mediáticos de la derecha han dejado que la bola se hiciera gorda porque había que ganar el poder a cualquier precio.

Lo más grave es que nos hemos acostumbrado a que todo es un juego de apariencias y mentiras; a que es normal que en política se mienta; a que no esperamos grandes compromisos ni lealtades; a que no nos rasgamos las vestiduras viendo cómo Rajoy se desmiente al día siguiente de su toma de posesión; asumimos como parte del funcionamiento que el día 31 de diciembre se apruebe un presupuesto autonómico y el día 1 de enero se recorten sueldos, salarios, ayudas de todo tipo, como ha ocurrido con Valencia.

Lo más grave es que nos hemos acostumbrado a la falsedad en nuestra actividad social.

Decían Vargas Llosa y Jorge Semprún, en el libro “Dos peces en el agua”:

«Hay un serio peligro en una desmovilización cívica generalizada de la clase intelectual», dice Vargas Llosa. «Si la política carece de ideas, de debate ideológico, se va a empobrecer tremendamente. Sin los aportes intelectuales, la sociedad se va desinteresando y el resultado de todo eso es una abdicación generalizada que deteriora la democracia hasta convertirla en una caricatura. Es un peligro de las sociedades democráticas. La democracia se deteriora y puede incluso desplomarse».

«Creemos que la democracia está arraigada en nuestro entorno», dice Semprún. «Pero si repasamos la historia del siglo XX vemos que la democracia es algo combatido a diestra y siniestra como, el enemigo principal. Y hoy tiene problemas nuevos. La democracia es frágil, muniquesa, capituladora. Se salvó de milagro en Europa.»

Es importante subrayar que los enemigos de la democracia, los pecados capitales antidemocráticos (especulación, segregación, privatización, recorte de derechos, privilegios, individualismo, etc.) siempre están al acecho, no descansan. Es imprescindible transmitir el mensaje de que en la defensa de la democracia real, no hay descanso. O lo que es lo mismo, para evitar esa imagen agotadora, la preocupación por lo público debe ser inherente en nuestra felicidad.

Pero la Política no goza de buena salud para servir de brújula en este tránsito. Deben surgir voces intelectuales, críticas, comprometidas, atrevidas, cívicas, que den forma y fondo a la movilización social ciudadana.