Sería impensable que todo esto se hubiera puesto en marcha sin la profunda frustración que una gran parte del electorado español ha sentido ante las políticas económicas y sociales desplegadas por el gobierno socialista en el último año. No quiere decir esto exactamente que los impulsores de esta iniciativa ciudadana sean todos defraudados votantes de izquierdas. No. Muchos no serán, ni serían, votantes de nadie. Pero lo que está bastante claro es que la inmensa mayoría de quienes secundan activamente sus acciones de ninguna forma son ni serán votantes de derechas. No sé si las medidas tomadas por el gobierno para atajar la crisis se ajustan “según manual” a las políticas de corte socialdemócrata que dicen inspirarle pero, si lo son, las diferencias con las que aplicaría la derecha son muy escasas. O, al menos, así lo entiende la gente cuando retrata la realidad nacional en un resumido lema desplegado estos días en algunos carteles en la Puerta del Sol: “¿Coca Cola o Pepsi Cola?”

En la medida en que esta situación crece, el desapego por el sistema también se incrementa de manera muy preocupante. Creo que se equivocaba el Presidente Sarkozy cuando en la reciente cumbre del G-8 en Deauville manifestaba, y lo hacía precisamente desde uno de los foros que más tienen que ver con esas políticas que provocan la indignación popular: “Hay que apoyar los movimientos que se están registrando en el Norte de África… Sí, ya sé que en España también hay un gran movimiento popular que reclama cambios pero… una situación nada tiene que ver con las otras… Porque ¿alguien duda que en España existe una democracia auténtica y verdadera?”. Alguien debería haberle respondido que sí, que muchos lo dudan. Por ejemplo las miles de personas que se han movilizado en el último mes, también en Francia, reclamando esa democracia real que en la actual situación no notan en sus países.

Democracia entendida como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Este sistema liberal de mercado articulado en lo político sobre un pluripartidismo teórico (bipartidista en la práctica cuando no “unipartidista” en sus aspectos económicos) no responde, en la opinión de estos “indignados”, a esas máximas “sacrosantas”: la mayoría lo perciben como el gobierno del capital y sus intereses, ejercido por quienes le sirven y destinado a satisfacer las necesidades de ellos mismos y no las de la mayoría de la gente.

Es preciso tomar nota del sentimiento real de una gran parte de la ciudadanía y dar cabida a los cambios necesarios para reconducir la situación y los errores del sistema. El curso de los acontecimientos parece indicarnos que para la inmensa mayoría de la clase política española, tras las elecciones del 22-M, todo sigue igual. Es como si se dijeran a sí mismos entre toma de posesión y cambios de despachos: “Estos chicos, je, je, qué simpáticos, os entendemos si, pero ¿qué le vamos a hacer?… Hay que seguir como manda el guión, je, je, y ahora, hala, para casa, ya ha estado bien, ¡qué ocurrencias!”

No ver la necesidad de esos cambios profundos que reclama una gran parte de la población y no buscar consecuentemente fórmulas para darles cabida es un error que puede sentenciar más temprano que tarde el fin de una época y de una manera de entender el gobierno de lo público y de una forma de organización social y política.