Una de las grandes incógnitas del nuevo tiempo que se abre en la política española a partir de las elecciones del 24 de mayo tiene que ver con el comportamiento de los nuevos partidos. ¿Hasta qué punto estos nuevos partidos representan nuevas formas y nuevos contenidos en el quehacer político de nuestro país?

Hasta ahora, sin embargo, las prioridades y las actitudes de los nuevos partidos no representan con carácter general una “nueva política” sino que, más bien, están reproduciendo viejos tics bajo nuevas siglas y nuevos nombres propios. Están por ver las consecuencias que esta frustración provoque en el escenario político del futuro más próximo.

Las aproximaciones a los acuerdos para la formación de los gobiernos autonómicos y municipales han tenido más bien poca novedad. Las estrategias de los partidos nuevos han estado más marcadas por el poder que por los contenidos programáticos. A Rivera y a Iglesias se les ha escuchado pocas referencias al empleo, a la educación o a la sanidad.

El discurso de los nuevos líderes se ha referido más bien a cuestiones más ajenas a la preocupación inmediata de la ciudadanía, como los métodos de elección de candidatos, la composición de los consejos consultivos o los “giros” más o menos abstractos que deben protagonizar los demás

Llama la atención especialmente que aquellos que más insistían en su desprecio por los “sillones”, como Ciudadanos, se hayan estrenado en el Parlamento madrileño obteniendo un sillón privilegiado, la Vicepresidencia Primera de la Asamblea, que no les correspondía como cuarta fuerza en número de votos. Aún no sabemos a cambio de qué han obtenido este sillón. Pero nos lo imaginamos.

También resulta chocante la conducta de aquellos que asumen con naturalidad que otros partidos les apoyen para liderar los cambios allí donde son primera o segunda fuerza, como ha ocurrido en los Ayuntamientos de Madrid o de Valencia, pero que, sin embargo, se niegan a sumar apoyos para favorecer el cambio donde son tercera o cuarta fuerza, como en Gijón, por ejemplo.

La contradicción entre los discursos de la regeneración democrática y el apoyo al PP madrileño es demasiado patente. Mientras PP y Ciudadanos votaban una y otra vez en bloque en la Asamblea de Madrid el pasado 9 de junio, la Guardia Civil entraba en varios Ayuntamientos regentados por el partido de Aguirre y Cifuentes en el marco de la operación Púnica. Alguno de los alcaldes concernidos estaba presente en aquellas votaciones como diputado electo del PP.

El escaso rigor con que se ha estrenado el primer vicepresidente del Parlamento madrileño, renunciando a un coche oficial que no le correspondía, tampoco es cosa nueva. Como no lo es el transfuguismo de cargos de otros partidos que nutren Ciudadanos y Podemos. O la renuncia patente a la paridad de género en el equipo de gobierno que la señora Carmena se ha apresurado a anunciar, incluso antes de cerrar un acuerdo con quienes han de votarle para ser alcaldesa.

El mandato de la “nueva política” acaba de comenzar y todos merecen un margen de confianza. Ahora bien, mucho de lo que estamos viendo en estos días no es precisamente nuevo…