Las derivas bonapartistas “tardías” por lo general responden a intentos de escapar de los controles internos que, en mayor o menor grado, se pueden ejercer desde los propios partidos. Es decir, en muchas ocasiones el bonapartismo es una excusa para el ejercicio del poder personal por líderes que acaban creyendo que están por encima de las instituciones.

No obstante, en el caso de Sarkozy parece que estamos ante un nuevo tipo de diseño bonapartista, que no sólo precede al declive de los liderazgos, sino que intenta articularse precisamente desde un liderazgo fuerte “y desde el principio”. La “grandeza” se busca desde el primer momento, y además se sustenta en un proyecto específico, con medidas concretas.

La rapidez con la que Sarkozy ha integrado en la gestión de su proyecto a figuras procedentes de la izquierda y del centro, explica en buena medida la mayoría obtenida en las legislativas, pese a la arrogancia de anunciar una importante subida del IVA en plena campaña electoral. Con esta holgada mayoría parlamentaria Sarkozy alcanza un grado notable de dominio en casi todas las instituciones francesas, acompañado, además, de un considerable apoyo mediático. Dominio desde el que podrá operar con gran capacidad de decisión. Y, posiblemente también, de respaldo por parte de la opinión pública. Lo cual dejará desarbolada a la izquierda francesa, después del respiro del 17 de junio, si se empeña en continuar por la misma senda, aderezada además por desavenencias conyugales más propias de un sainete.

Si Sarkozy acierta a plantear y, llevar a cabo, políticas que sean percibidas por una mayoría amplia de los franceses como de auténtica utilidad para ellos y si logra cortar algunos de los nudos gordianos que tienen empantanado el proyecto europeo y la propia funcionalidad de la economía y el Estado Social, es posible que su ciclo de hegemonía marque un hito en la vida política, no sólo de Francia.

Por lo tanto, hay que permanecer muy atentos a lo que está sucediendo en Francia, y entender que la izquierda tiene que responder a este desafío con suficiente agilidad, rigor y capacidad de innovación, no dejándolo todo confiando a una vaporosa confianza en que –una vez más– las segundas partes de algunas experiencias históricas se acabarán produciendo en forma de operetas cómicas. En esta ocasión, es posible que estemos ante un nuevo tipo de bonapartismo que puede adquirir un alcance diferente, al redimensionarse de otra manera a escala europea.