Hay bastante coincidencia en que Obama presentó y defendió una «agenda progresista» para su segundo mandato. Conectó con el final de la reciente campaña, después de un comienzo vacilante y hasta desastroso. Con el triunfo, estrecho pero convincente, acumuló capital político y energía combativa. Salió del trance del engañoso «abismo fiscal» y se dispone ahora a gobernar.

Advertencia: Obama declama como progresista y actúa como centrista. Así lo ve al menos un importante sector de la izquierda norteamericana que, pese a las decepciones, todavía lo respalda. No tendrá ya apenas margen de error o vacilaciones. Suele decirse que el segundo periodo se les hace más corto a los presidentes. Los dos primeros años son los decisivos; en el tercero, la preocupación por el legado se hace obsesiva; y el año final todo el mundo está pendiente del desarrollo de las primarias, con dos candidatos frescos acaparando el interés. El inquilino de la Casa Blanca se convierte, salvo en casos de crisis grave, en un político en declive.

LOS GRANDES RETOS

Los estrategas de Obama han señalado tres objetivos inmediatos de este segundo mandato: regularizar y legalizar la inmigración, controlar el uso particular de las armas de fuego, nivelar algunas desigualdades sociales y arreglar viejas quiebras del sistema político. Luego existen otros asuntos domésticos también de importancia pero menor impacto y la aspiración de dejar la economía mejor de como la encontró. Los asuntos exteriores, por supuesto, aparecen en segunda fila, no olvidados, pero con las energías subordinadas a la culminación de una agenda interior más ambiciosa.

La inmigración es la gran prioridad de este año. Obama quiere dejar arreglado pronto (como muy tarde, en verano) un asunto que dejó pendiente en su primer periodo presidencial, aunque los electores latinos, los principales afectados por las carencias en la materia, se lo perdonaron y le brindaron un masivo apoyo a su reelección (el 71% le otorgó su voto)

Hay ya una comisión bipartidaria constituida y trabajando. Está integrada por pesos pesados de ‘Capitol Hill’. Los demócratas, sabedores de la importancia de la cuestión, han apretado los dientes y están dispuestos a que los republicanos no boicoteen o rebajen sus ambiciones de legalizar a los 11 millones de ilegales. El programa incluye la consolidación de la seguridad fronteriza, el cese de la persecución de los sin papeles por cuestiones menores; la progresiva integración social mediante la inserción educativa y laboral; absorción laboral reglada para el futuro; en definitiva, todos los pasos necesarios para alcanzar su conversión en ciudadanos de pleno derecho.

Los republicanos están divididos. El sector ultra conservador sigue mostrándose hostil y aun cuando muchas voces en el Partido han dado la voz de alarma por el desapego electoral de las minorías, no parecen dispuestos a ceder completamente. Sin embargo, sus principales activos electorales en auge, como el Senador latino Marcos Rubio, parecen imponerse y están dispuestos a negociar. Aceptan los moderados la meta final de la ciudadanía, pero por etapas, con reconocimientos provisionales primero y plazos, procesos y condiciones más severas que los demócratas. El argumento de Rubio y sus afines es que no se puede tratar por igual a los que han actuado de forma legal y a los que han hecho trampas. Los demócratas replican que no están planteando una suerte de amnistía. El punto de acuerdo está a la vista, según los observadores del proceso.

En el control de armas, Obama ha cumplido su promesa, después de la última matanza en Newtown (Connecticut), el pasado diciembre, y ha presentado una batería de medidas ejecutivas que espera poder implantar a pesar de las resistencias conservadoras y del abierto desafío de los poderosos ‘lobbies’ del sector.

Los datos indican que la iniciativa presidencial de combatir esta plaga fue respondida con una compra masiva de armas, municiones y complementos como no se recordaba en Estados Unidos. Como en las vísperas de la ley seca, los norteamericanos amantes de las armas corrieron a ampliar o modernizar sus arsenales.

Las iniciativas en política social no están tan dibujadas y seguramente encontrarán obstáculos más numerosos e intrincados. En materia de derechos políticos, Obama hizo una referencia alentadora al sistema de votación, caduco, perverso en algunos casos, e incluso corrupto en momentos y enclaves puntuales.

CAMBIAR EL RUMBO

Para cumplir con este programa, o al menos para hacerlo avanzar, Obama confía en superar el discurso neoliberal y ultraindividualista, casi darwiniano, que se ha apoderado del escenario político nacional (y occidental) desde finales de los setenta. Sus frases «We must act» («Tenemos que actuar»), o «no somos una nación de ‘takers’ ( traducible por ‘tomadores’ o ‘mantenidos’) entroncan con el principio de que el Gobierno puede ayudar a resolver los problemas y no es, necesaria y fatalmente, parte de los mismos.

En el discurso de su segunda inauguración, Obama se sumergió en una oratoria que entronca con Lincoln y Martin Luther Kin, de compromiso con la justicia, por encima de los cálculos y las componendas políticas. Lo que no le impedirá enredarse en ellas desde esta misma semana, sin duda. En un soberbio artículo para THE NEW YORKER, el destacado periodista Ryan Lizza ya desentrañó el desengaño de Obama ante la limitación de su poder para superar la maquinaria de Washington. Hace unos días, Jodi Kantor, en el NEW YORK TIMES, comparaba el estado de ánimo y la actitud de los Obama cuatro años después de cuatro años a la Casa Blanca y lo comparaba con el que mantenían al llegar, objeto en su día de de otro trabajo periodístico suyo. La conclusión no sorprende: la pareja no es la misma, a decir de sus amigos y allegados. No hay que confundirse: no es que hayan perdido la inocencia (eso ocurrió mucho antes de ganar la presidencia). Simplemente, aun no siendo triturados por el poder, se han visto obligados a acomodarse a sus exigencias.

Pero ni las decepciones, ni el desgaste, ni las limitaciones comprensibles hacen imperativo un fracaso de la ‘era Obama’. Tiene tiempo para hacer un buen trabajo, cumplir una agenda razonable de cambio y darle la vuelta a la tendencia histórica. No sólo se lo agradecerá el pueblo en nombre del que habla, sino todos los de este continente.