Podíamos entender que las expectativas fueron exageradas. Pero la decepción ha llegado demasiado pronto. Y ha llegado en relación a un asunto que tiene mucho que ver con la promesa de cambio, con el nuevo papel a desempeñar por Estados Unidos en el mundo, con el respeto a legalidad internacional, con la preeminencia de los valores de la vida, de la paz y de los derechos humanos sobre cualquier argumento geoestratégico. La decepción de Obama en Gaza tiene mucho que ver con todo aquello por lo que su triunfo generó una ilusión global sin precedentes.

Es cierto que aún no es Presidente. Es verdad que aún no está en condiciones de adoptar decisiones ejecutivas. Pero no esperábamos eso. Tan solo hacía falta un gesto. Un solo gesto para demostrar que la era Bush había quedado atrás. Que la movilización de votos en Norteamérica y la movilización de esperanzas en todo el mundo no habían sido en vano. Y el gesto no llegó. Solo el silencio. Un silencio atronador.

Los maniqueísmos contribuirán poco a solucionar la catástrofe de Gaza. Ni los palestinos son víctimas intachables, ni los israelitas son monstruos guiados por la maldad más cruda. Pero lo que está sucediendo estos días en Oriente Próximo no atenta solo contra los tratados internacionales: se trata de una masacre con visos de genocidio premeditado y sistemático. La franja de Gaza es hoy una fábrica de muerte, destrucción y odio infinito a plena producción. Y la comunidad internacional tiene la obligación legal, política y, sobre todo, moral, de denunciarlo como es y de trabajar para ponerle fin de forma inmediata.

No basta una tregua táctica. No basta la ayuda humanitaria. Son imprescindibles, sí. Pero no bastan. La tregua coyuntural, venga de El Cairo o venga de París, será necesariamente breve y frágil. Servirá para ofrecer una salida a quienes se la juegan en las elecciones generales de Israel, o para modificar levemente el equilibrio de poderes entre Hamas y Al Fatah en el lado palestino. Poco más.

La población palestina no necesita tan solo treguas tácticas y temporales, que se tornen en desastre cuando a alguno de los actores firmantes le convenga. La población necesita la paz, la seguridad, la garantía de los derechos humanos, y una oportunidad para el desarrollo. Y nada de esto se está planteando con seriedad.

La solución al conflicto de Oriente Próximo no puede llegar de las partes en litigio. Hay demasiado odio en juego. Y las fuerzas están demasiado desequilibradas. La solución debe llegar y debe aplicarse de la mano de las organizaciones internacionales: la ONU fundamentalmente. Frente al argumento de la soberanía debe esgrimirse el argumento superior de la defensa de la vida y la seguridad mundial.

Pero para hacer creíble la expectativa de unas Naciones Unidas capaces de imponer la razón y la legalidad internacional confiábamos en el campeón del cambio. El héroe del “Yes, we can.” Y el héroe nos ha fallado a la primera. Ojalá no vuelva a suceder.