Nadie -o casi nadie- discrepa de esta afirmación: los problemas mundiales pesarán en la larguísima campaña únicamente en la medida en que se presenten como instrumento coadyuvante para superar el depresivo estado de la economía norteamericana. Es de esperar, por ello, que Obama acentúe sus presiones sobre China, el gran acreedor, aspirante a superpotencia, pareja obligada de ese G-2 virtual que se superpone sobre otros «Gs» más institucionalizados (G-8, G-20, G-27, G-5…) de la escena internacional. Pero las delicadas circunstancias internacionales obligarán al Presidente (y candidato) a prestar especial atención a otra región del globo: Europa, o Eurasia, la vasta extensión del Atlántico a Vladivostok.

EUROPA: DISCREPANCIAS Y CONTRADICCIONES

Las tribulaciones europeas se siguen con gran inquietud en Washington. En vísperas de la cumbre dedicada a la salvación del euro’, Obama encargó a su secretario del Tesoro que cruzara en Atlántico para dejar claro a los grandes líderes continentales que Estados Unidos no se limitará a ser un espectador en las terapias de reanimación que se decidan y apliquen en el primer espacio económico mundial.

Como es lógico, la gira de Geithner estuvo rodeada de cuidada discreción y suma cordialidad. Pero apenas se pudieron suavizar las discrepancias. Sin duda, las más evidentes separan a Washington de Berlin. Tanto que Geithner no incluyó a esa capital en su gira.

Uno de los principales ‘germanólogos’ del pensamiento exterior estadounidense, Andreas Möller, del Consejo de Relaciones Exteriores, señalaba recientemente que Obama y Merkel libran una ‘batalla de ideas’. O dicho de otra forma, que existe un ‘entendimiento muy distinto de cómo configurar una estrategia económica» en la situación actual.

Antes de la cumbre de Bruselas, Obama hizo público el discurso público que el secretario Geithner deslizó en privado. Advirtió el presidente que las políticas de austeridad y rigor fiscal, en este momento preciso, no son las más adecuadas para ayudar a salir de la crisis. Al contrario: sólo propiciarán un agravamiento y empujarán aún más hacia la recesión. En esta idea le secundan la mayoría de los economistas ‘keynesianos’ (Krugman, Stiglitz y otros), quienes no dejan de mostrar su preocupación por el pensamiento único que imponen Berlín y su brazo económico, el BCE. Para decirlo corto: es impensable que Estados Unidos entre en senda de recuperación si Europa no es capaz de romper el círculo infernal al que le conducen unas políticas centradas en la austeridad y un excesivo rigor fiscal.

La canciller Merkel parece poco impresionada. En realidad, está convencida de que Obama actúa por presión electoral. Y a eso se le añade la credibilidad mermada del presidente norteamericano, quien no siempre ha hecho caso a los partidarios de un mayor activismo público en el impulso económico. Es cierto que Obama lanzó su programa de estímulo al comienzo de su mandato. Pero es evidente que no ha sido suficiente, y luego ha dudado, se ha quedado a medio camino o ha sido cortocircuitado, boicoteado e intimidado por la oposición republicana. Se le reprocha, en todo caso, no haber utilizado todas las armas (legales y políticas) a su alcance para profundizar en un camino keynesiano. Todavía es una incógnita si se decidirá, o si se lo permitirá esa comisión bipartidaria, encargada de reducir el déficit. En definitiva, que en Berlín y en otras capitales en sintonía con la sensibilidad germana, se percibe que Obama ‘sermonea’ discretamente a los europeos, con bastante lógica desde una óptica progresista, pero se ve atrapado en contradicciones de notable envergadura.

VIVIR CON EL ‘PUTINATO’

En el otro frente europeo que Obama tiene abierto, las relaciones bilaterales con Rusia, las discrepancias teóricas, académicas o de sensibilidad se transforman en desplantes ríspidos que anuncian problemas propios de otros tiempos.

Las denuncias de las irregularidades electorales, efectuadas por la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, provocaron una irritación previsible en el Kremlin. El circunspecto Putin reprochó a la jefa de la diplomacia norteamericana que cuestionara la limpieza de los comicios legislativos antes de disponer de datos concretos. Lo que, según su juicio, ‘dió el tono y la señal’ a los que protestaron. En su misma intervención, Putin resaltó el apoyo económico extranjero a las organizaciones que han denunciado las irregularidades. Lo primero no parece cierto, porque las denuncias de fraude aparecieron enseguida, incluso antes de que comenzara la votación, debido a la falta de garantías de la maquinaria electoral, por no hablar de las discutibles reglas del juego. Lo segundo puede concedérsele al líder ruso. Es un hecho que las ong´s como Golos y otras no podrían haber realizado su trabajo sin apoyo financiero occidental. Lo que se calla Putin es que el nivel de presión e intimidación de esas organizaciones por parte de las autoridades locales resulta completamente inaceptable.

Washington se ha resignado a otro mandato Putin, o a que Putin ejerza el poder sin disimulo, en el puesto delantero del tándem ruso. Ese no es el problema. Lo que podría explicar el paso al frente dado por Clinton (con el aval expreso e inmediato de la Casa Blanca, es preciso señalar) es la urgencia de la administración Obama por ‘contener’ al ‘putinato’. Es más que probable que se hayan diluido las esperanzas de ese famoso ‘reset’ con Rusia que Obama propuso al poco de llegar al despacho oval. Pero no puede gobernar y encauzar su reelección, sin haber establecido el marco de las relaciones con Moscú.

Rusia es clave para manejar la crisis siempre latente con Irán. Sin olvidar la tarea pendiente en Afganistán o la gestión de los sobresaltos árabes. Pero sobre todo, para ese complicado y escurridizo juego a tres bandas con los chinos. Está en juego la estabilidad en Asia, el otro gran motor no suficiente pero si imprescindible para tirar de la economía mundial. No ha pasado inadvertido en Washington la reacción Pekín al ‘rifirrafe’ entre Clinton y Putin. Ni que decir tiene que los chinos se han mostrado críticos con la actitud norteamericana. Pero los comentarios se han hecho con bajo perfil y de forma discreta.

Callar o mirar para otro lado en Rusia no era, ni será, una opción para Obama, porque sus rivales republicanos, se lo hubieran reprochado, y no abandonarán su actitud vigilante durante el proceso electoral, sin duda. Excederse en la hostilidad hacia el Kremlin también comporta sus riesgos. Lo que pretendería Obama sería trazar unas rayas, no abandonar la política de diálogo y compromiso con el Kremlin, pero sin dejar de presionar a Putin para impedir que complete su temido proyecto autoritario.