El Presidente Obama, que se opuso como senador a algunas de las provisiones legales de esa guerra, terminó reforzándola en ciertos momentos delicados. Ahora, en uno de esos discursos que sientan doctrina en el bagaje presidencial norteamericano, ha dicho que ha llegado la hora de ponerla fin. ‘Enough is enough’.

Se cuidó mucho Obama de hablar en tono triunfalista. Más bien al contrario, satisfizo cierta sensibilidad progresista al recoger muchas de las críticas que se han hecho en esta década larga a los abusos, opacidades, desviaciones e ilegalidades cometidos en ‘combate’.

Obama cierra el ciclo de Bush y los ‘neocon’ no porque «haya llegado el momento»; es decir, porque se haya agotado el sentido que impulsó esa guerra contra un enemigo diferente, esquivo, a veces invisible, móvil, insidioso, cambiante. La amenaza terrorista, tal y como la establece y define el ‘establishment’ norteamericano -y, en gran medida, el occidental- no ha sido derrotada. Eso le reprochan los conservadores, cuando le dicen que se ha precipitado. Por eso, intentarán mantener activa la burocracia militarista para impedir el final de la guerra.

UNA GUERRA QUE FABRICA ENEMIGOS

Pero hay algo que avala el ‘timing’ presidencial. Es hora de poner fin a una doctrina que no derrota terroristas, sino que los fabrica. El núcleo central de esta ‘doctrina Obama’ tiene relación con la legitimidad de los modos en que el Comandante en Jefe puede asumir su responsabilidad para introducir, conducir, mantener y sacar al país de una guerra. Es un elemento que conecta completamente con la formación del presidente, como experto en derecho constitucional. La ‘extensión de poderes’ que implica la ‘guerra global contra el terrorismo’ repelía al profesor que es y seguirá siendo, antes que al Presidente, que dejará ‘pronto’ de serlo. Recuperar la diplomacia, arrinconada en los años de Bush, es otro de los objetivos declarados en su discurso por el primer líder mundial. Ardua tarea se antoja.

Uno de los aspectos más criticados de estos últimos años ha sido la fijación de ‘objetivos’ y los procedimientos para eliminarlos. Ha habido a lo largo de este periodo una progresiva perversión en la persecución de los enemigos. Liquidados los principales responsables de las redes ‘terroristas’, Bush, primero, y Obama, después, se dejaron arrastrar por la tentación de apretar el gatillo cuando le ponían delante de los ojos la diana sobre supuestos enemigos del país, estuvieran donde estuvieran. La tiranía de la tecnología militar ha colocado a los líderes civiles ante difíciles dilemas. ¿Podían dejar escapar a alguien que al día siguiente estuviera en condiciones de matar norteamericanos, militares o civiles?

Por extensión, esta ‘facilidad’ para llegar a los enemigos y eliminarlos incluía a ciudadanos norteamericanos que se habían pasado al ‘lado oscuro’; es decir, islamistas con pasaporte estadounidense reclutados por las redes ‘binladistas’ o ‘asimilados’, como el clérigo norteamericano de origen yemení, Al Awliki. Que un Presidente pudiera eliminar -matar- a un norteamericano con esa facilidad, sin control, sin garantías, se convirtió en la línea roja, a partir de la cual la ‘guerra global’ antiterrorista provocó un oleaje imparable en la sociedad civil. Obama, después de un mandato moviéndose en la ambigüedad, aunque sin dejar de apretar el gatillo, ha decidido que esa práctica -y su correspondiente justificación- deben cesar.

DRONES: NUEVAS REGLAS, MISMO MÚSCULO

Otro elemento de consideración ha sido el tratamiento de los ‘drones’, el instrumento que ha hecho posible la continuidad de la guerra sin arriesgar demasiadas vidas de los nuevos ‘guerreros’ norteamericanos. Estos sofisticados aviones, joya de los arsenales modernos, pieza codiciada de los ejércitos de todo el mundo, han sido objeto de numerosas polémicas, que definen bandos muy enfrentados. Obama se ha decidido por fin a controlar o encuadrar su uso, fijar normas «más estrictas» frente a la ‘barra libre’ de los últimos años. El Presidente, con el apoyo de muchos expertos, sostiene que estos aviones sin piloto ‘in situ’ son más precisos que cualquier otro sistema de eliminación de enemigos, aunque admite lamentables errores que hay que corregir. Otros estudios solventes indican que la supuesta efectividad, limpieza y precisión de los ‘drones’ es pura propaganda.

En todo caso, los ‘drones’ seguirán siendo la estrella del reparto. Pero serán los militares quienes lo utilicen de forma masiva. La CIA vuelve a sus cuarteles clásicos, tras más de diez años de militarización de los servicios de inteligencia. Ya se aventura un cierto ‘remake’ de ‘guerra fría’, con la Rusin de Putin y una China en expansión como enemigos señalados.

LA HERIDA DE GUANTÁNAMO

También se permite el Presidente una rectificación, casi obligada, en el asunto de Guantánamo. Estamos aquí ante una de las promesas incumplidas más clamorosas de su primer mandato. Más escandalosa por la vehemencia con la que el entonces candidato, en 2008, anunció su desaparición si llegaba a la Casa Blanca. Ahora, Obama se enfrenta a una huelga de hambre masiva en esa cárcel ilegal e ignominiosa. Aunque a la mayoría del electorado esta espina les escueza poco, lo cierto es que la conciencia liberal, y legal, del presidente quedó seriamente comprometida. Los asesores del Presidente han venido diciendo que las torturas y otras prácticas ilegales de la Administración Bush hacían pesar serios riesgos sobre el procesamiento judicial ordinario de muchos de los sospechosos internados en Guantánamo, con la indeseable consecuencia de una eventual libertad por anulación de cargos. Los que defienden a Obama tienden a responsabilizar al Congreso dominado por los republicanos del bloqueo de la situación. Ahora, el Presidente parece dispuesto a dar un paso adelante y cerrar también este capítulo negro de la ‘guerra contra el terrorismo’.

En todo caso, como era de esperar, Obama ha cosechado poco respaldo a derecha e izquierda del espectro político. Lo que es excesivo para unos se convierte en escaso para otros. El Presidente puede afianzarse en ese gravitante e impreciso centro que supone oscilar entre unas demandas sin otras, sin comprometerse a fondo con un desplazamiento excesivo que le cierre los caminos de vuelta. Lo ha hecho con la economía y ahora parece dispuesto a hacerlo con el recurrente binomio seguridad/libertad. De nuevo, por mucho que lo criticara en su momento, Barak Obama se parece cada vez más a Bill Clinton.