Sin duda, la inmigración puede ser el gran logro de la presidencia de Obama. Tras varias de décadas de pasividad o fracasos en la gestión del fenómeno migratorio, las urgencias de la crisis económica y la dimensión ya incontrolable de la población en situación de ilegalidad venían reclamando una solución global.

La política migratoria de Obama ha sido equívoca. Aunque el Presidente ha defendido la extensión de derechos, las detenciones y deportaciones de ‘ilegales’ han batido todos los records. Después de obtener el voto de siete de cada diez hispanos, Obama no podía seguir eludiendo esa ‘patata caliente’. Había además otro elemento decisivo de oportunidad: la necesidad de los republicanos de ganar el favor de ese electorado si quieren mantener sus opciones de poder político y no verse reducidos a sus feudos tradicionales.

El grupo bipartidista de senadores y congresistas que elabora la reforma del sistema migratorio está “a punto” de cerrar un consenso legislativo, que incluirá, con las cautelas, plazos y condicionantes que se quiera, la regularización de los ilegales y un acceso razonable a la ciudadanía.

Mucho ha ayudado el acuerdo previo entre empresarios y sindicatos sobre el muy espinoso asunto de los visados para trabajadores ‘invitados’ (‘guessworkers’) de escasa cualificación. Durante cuatro años dispondrán de una mano de obra creciente (de 20.000 a 75.000 visados anuales) y luego el incremento dependerá de la evolución del desempleo, hasta un máximo anual de 200.000 permisos de trabajo. Los sindicatos querían que el acuerdo garantizara que la afluencia de más trabajadores extranjeros no tirara hacia abajo los salarios, en un momento de creciente desigualdad en la evolución de las rentas. Los empresarios, pragmáticos después de todo, han aceptado que los sueldos de los ‘invitados’ no sean menores que los locales, para que no se produjera una situación de ‘dumping social’. El descenso del paro ha favorecido la aproximación de posturas.

Puesto que la inmensa mayoría de los once millones de inmigrantes ilegales son mexicanos, estas «buenas noticias» crean un clima muy favorable para la llegada de Obama.

LA SEGURIDAD, RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

El otro asunto espinoso es la seguridad. En la segunda mitad del mandato del anterior presidente, el conservador Felipe Calderón, se incrementó la cooperación entre ambos países, hasta alcanzar dominios inéditos como el militar. El uso de bases mexicanas por militares y agentes de inteligencia norteamericanos en la detección y persecución de los ‘narcoterroristas’ supuso franquear una línea que parecía inalcanzable hace sólo unos años.

Hillary Clinton dio algunos pasos importantes en el sentido que la mayoría de los mexicanos esperaban de su gran vecino del norte: el reconocimiento de que la seguridad es una responsabilidad compartida. La violencia no es sólo debido a la gran potencia militar de los ‘capos’ de la droga, sino también a la liberalización del mercado de las armas de asalto (tras expirar el 2004 la prohibición impulsada por Bill Clinton) y la demanda desatada de estupefacientes por parte de los ciudadanos norteamericanos.

Con esos antecedentes, Obama espera oír del nuevo presidente mexicano su prometida nueva estrategia de persecución de los clanes mafiosos. La definición de Peña Nieto en esta materia se está haciendo esperar, mientras el terrible contador de las víctimas de la violencia sigue corriendo: en sólo unos meses, ya se ha superado la cifra de tres mil muertos.

Esta misma semana se ha confirmado que el principal capo de la droga mexicana, Joaquín “El Capo” Guzmán, domina la ruta de las anfetaminas en el triángulo Asia, México y Estados Unidos. El jefe del triunfante ‘Cartel de Sinaloa’ controla el 80% del mercado norteamericano de estupefacientes, con ganancias anuales cercanas a los 3.000 millones de dólares, lo que le coloca en los principales puestos de escala FORBES, según datos contenidos en el “Atlas de la Seguridad y Defensa de México 2012”, de reciente publicación.

UN ESPACIO ECONÓMICO COMÚN MÁS EQUILIBRADO

Ante la envergadura de este desafío, el joven presidente ‘priísta’ ha dedicado sus primeros cien días a consolidar su base de poder. Se ha desprendido de algunas figuras enquistadas subrepticiamente en el poder (la temida jefa del sindicato de profesores, Elba Gordillo) y ha logrado un pacto político de envergadura con los partidos de la oposición. Ambos logros han sido muy apreciados en Estados Unidos. El Presidente mexicano parece decidido a acometer planes de “liberalización” en importantes sectores económicos. Una nueva entidad reguladora deberá adoptar medidas para reducir el poder de los gigantes de los medios y las telecomunicaciones (Televisa y América Móvil) y se espera una pronta definición en la ‘joya de la corona’, el sector petrolero, que confirme el fin del monopolio de PEMEX.

En respuesta a estas señales, dos de los más influyentes diarios norteamericanos han dedicado editoriales en tono muy positivo. El WASHINGTON POST elogia la capacidad del Presidente mexicano para forjar consensos políticos que hagan avanzar las reformas y el NEW YORK TIMES califica de «ambiciosa» la agenda económica de Peña Nieto, no sin advertir que aún debe demostrar que la ejecución de los planes no estará hipotecada por los viejos defectos de favoritismo y corrupción.

Peña Nieto cuenta con un espaldarazo de Obama. La inversión norteamericana en México contribuirá a dotar de capital fresco a este impulso de liberalización, muy defendido por sectores reformistas, aunque hay razones para temer que los beneficios no lleguen a todas las capas sociales, como ha ocurrido con experiencias anteriores. Sin ir más lejos, el Tratado de Libre Comercio, que ha beneficiado más a Estados Unidos que a México, y en este país sólo a los privilegiados, por mucho que el 80% de las exportaciones mexicanas se dirija a EEUU.

Obama y Peña tienen la misión de garantizar un crecimiento equilibrado de las relaciones comerciales y económicas que favorezca el desarrollo de México, eleve el nivel de vida de la mayoría de la población mexicana y ensanche la demanda interna y externa del vecino del Sur. Del presidente de los Estados Unidos puede esperarse una aproximación de este tipo, pero su colega mexicano es todavía una incógnita y sus orígenes y recorrido no aconsejan demasiado optimismo.