Los especialistas han establecido tres rasgos específicos y característicos en el comportamiento de los afectados. Primero la “empatía emocional”, o una especial sensibilidad para interesarse y hacerse cargo de los estados emocionales de quienes les rodean. En segundo lugar el “déficit competitivo”, o la tendencia a evitar el conflicto en defensa del interés propio, llegando al gregarismo incluso. Y en tercera instancia una inclinación decidida por la práctica y el disfrute de las artes, singularmente la música. De hecho, en Estados Unidos se le conoce en mayor medida como Síndrome Mozart.

Distintos genetistas, neurólogos y psicólogos suelen utilizar expresiones tales como “proclives al optimismo”, “generadores de entusiasmo” o “partidarios decididos de la felicidad propia y ajena”, para definir los patrones habituales de su actitud vital.

No he podido dejar de relacionar estas consideraciones con el reciente discurso del Presidente Obama con ocasión de la tragedia de Tucson. Ante una opinión pública perpleja y consternada por las consecuencias de los excesos extremistas en el debate político, el mandatario norteamericano supo ejercer el liderazgo que se le requiere para reivindicar “que se escuche al otro con atención”, “que no arrojemos al diferente la culpa de los males del mundo”, “que reforcemos los lazos que nos unen” y “que nos convoquemos al optimismo y a la confianza en nosotros mismos”.

¿De qué relación hablo? Los teóricos de la evolución sostienen con fundamento científico que las mutaciones genéticas constituyen las palancas que utiliza la naturaleza para asegurar la supervivencia de las especies y su constante adaptación al medio. Fue una mutación genética lo que permitió respirar aire a la primera especie que se aventuró fuera del agua. Y fue otra mutación la que hizo crecer alas en el primer animal que ganó movilidad con el vuelo. También fue mutación aquel cambio fisiológico trascendente que permitió al hombre caminar erguido y liberar sus manos para manejar herramientas, o aquella transformación que oscureció la piel de los homínidos más expuestos al sol.

A veces miro a mi hija y me pregunto si la naturaleza (o Dios o quien sea) no estará jugando otra vez al ensayo, al acierto y al error con los códigos genéticos, para salvar al ser humano de su deriva autodestructora.

¿Quién será en consecuencia el discapacitado? Mi hija, con su “empatía emocional” y su “proclividad al optimismo y la felicidad”, o yo, con mi tendencia natural al egoísmo y a la competitividad extrema y agresiva.

Quizás la naturaleza (o Dios o quien sea) nos dio una oportunidad para asegurar por nosotros mismos la supervivencia, la adaptación al medio y el progreso. Y quizás no la hemos aprovechado. Y quizás también la naturaleza haya decidido emprender su propio camino para el cambio.

O quizás me pierde el amor de padre…