No obstante, hay asuntos de política exterior que tiene una repercusión económica directa y contundente. Quizás el caso más claro, el que mejor percibe la opinión pública norteamericana, es el de las relaciones con China. En sus tres años de mandato, desde distintas latitudes políticas, se ha percibido como blanda, vacilante o desconcertada la actitud de Obama hacia la gran potencia emergente. Durante su reciente gira asiática, el presidente estadounidense ha escenificado un giro o, al menos, ha emitido un mensaje claro: está en marcha, y públicamente, una estrategia de contención y compromiso hacia Pekín.

REFUERZO DE LA PRESENCIA MILITAR

El primer pilar es el refuerzo de la presencia militar en la zona. Estados Unidos parece decidido a reforzar su presencia naval en el Pacífico, donde es una potencia innegable, y de donde nunca se ha retirado, aunque se haya hecho menos visible en las últimas décadas. El primer paso es el anuncio del envío de 2.500 marines a la base australiana de Darwin, un enclave estratégico desde el que se vigilará el despliegue aeronaval de Pekín en el llamado Mar del sur de China, una región marítima objeto de serias dispuestas entre varias potencias ribereñas (la propia China, Filipinas, Vietnam).

Obama anunció esta decisión ante el Parlamento australiano, en vísperas de reunirse con sus socios estratégicos asiáticos en Indonesia, en la cita anual de la ASEAN, en la que también estaba presente China, por supuesto. Aunque la medida sea muy discreta, lo importante es el camino que indica, según algunos analistas. En efecto, Obama aseguró también que los recortes previstos en el presupuesto del Pentágono (400 mil millones de dólares en los próximos diez años) no afectarían a la solidez de la seguridad asiática. De esta forma, el presidente confirmó lo que algunos de sus colaboradores ya venían apuntando desde hace tiempo: Asia será la prioridad estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Hillary Clinton fijó doctrina en un reciente artículo en Foreign Policy; el Secretario de Defensa, Leon Panetta, se ha referido en tono abiertamente crítico a la «falta de transparencia» del presupuesto militar y del despliegue operativo de China; y, finalmente, Thomas Donillon, el Consejero de Seguridad Nacional, anunció el necesario ‘reequilibrio del énfasis estratégico’ de Estados Unidos, una vez que se liquiden las operaciones militares en Irak y Afganistán.

HACIA EL PRIMER ESPACIO ECONÓMICO MUNDIAL

El segundo pilar es el económico. Si Estados Unidos quiere afirmar y reforzar su presencia militar es porque necesitar asegurar el gran espacio económico, comercial y financiero del futuro (ya presente, en realidad). Esa zona disputada del Mar de China constituye el escenario fundamental de las rutas mercantiles regionales. El valor del comercio que transita por esas aguas supera los 5 billones de dólares, la tercer parte de los cuales atribuibles a transacciones norteamericanas.

Pero, además, resulta de capital importancia para Estados Unidos ‘estabilizar’ la zona para asegurar el gran proyecto estratégico asiático de Washington: el ‘TransPacific Partnership’; es decir, la gran zona de libre comercio del Pacífico. De momento, China no está incluida en este club, en tanto no ‘cumpla’ ciertas normas ‘liberales’ de comportamiento económico, comercial y monetario.

UNA COALICION REGIONAL FRENTE A PEKIN

El tercer pilar es el diplomático. Más allá de la disuasión militar, esta apuesta de Washington tiene un significado político. Obama envía, por fin, lo que muchos de sus socios asiáticos le reclamaban con ansiedad desde su llegada a la Casa Blanca: un pronunciamiento claro de firmeza frente a Pekín. Hasta ahora, la política de la Casa Blanca se percibía entre sus aliados como excesivamente apaciguadora. A esta percepción han contribuido notablemente los ‘halcones’ republicanos. Sea como fuere, la administración norteamericana se ha embarcado en una intensa campaña diplomática. Durante la reciente gira asiática, Obama hizo algo que a Pekín no debió gustar en absoluto: defender un enfoque multilateral para abordar las disputas marítimas regionales. Los chinos han insistido en tratar con cada país los diferendos concretos; de esta forma, su capacidad de presión es más fuerte.

Lo más llamativo, en todo caso, es el anuncio del establecimiento de vínculos con Myanmar (Birmania). El régimen militar ha adoptado algunas medidas de apertura, desde la designación del general Thein Sein como nuevo presidente del país. La propia oposición birmana, con la emblemática Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi a la cabeza, ha considerado alentadoras la evolución del régimen y se dispone a participar en el juego político. Obama se apresuró a tomar el testigo y anunció la próxima visita de la Secretaria Clinton a Rangún, aunque se cuidó de advertir que las autoridades birmanas debían dar muchos pasos todavía para alcanzar la democracia y el respeto de los derechos humanos.

Este maniobra de acercamiento a Myanmar también está relacionada con la política de firmeza hacia China, porque el régimen militar birmano pasa por ser uno de los principales aliados regionales de Pekín. No obstante, en los últimos tiempos se ha percibido en la región y en Occidente ciertas fricciones entre los dos países. El proyecto de construcción de una prensa en Myanmar puso en evidencia estas discrepancias. De hecho, hay quien asegura que en la apertura del régimen pesa más la búsqueda de nuevos aliados que un deseo democratizador.

Desde China, este giro norteamericano ha sido recibido con la habitual duplicidad. Lenguaje duro y desafiante en alguno de los medios oficiales (el Global Times, portavoz oficioso en política exterior, denunció maniobras dañinas e intento de arrinconar a China). En cambio, en la cumbre de la ASEAN, el primer ministro Wen Jiabao optó por un tono evasivo, moderado y elegante, muy en su línea, ya que pasa por ser el líder más reformista de la cúpula china. Aunque rehusó entrar en el fondo de la cuestión, se abstuvo de defender los puntos de vista oficiales más polémicos.

En definitiva, Estados Unidos oficializa esta ‘nueva fase’ de su política asiática, inaugura un tono público más firme con Pekín, contención sin renunciar al compromiso de incorporar a China al concierto internacional, y reafirma su condición de líder regional, en un nuevo ‘balance estratégico’.