Hay mucho por pedir al líder de la superpotencia que condiciona inevitablemente las reglas del juego político, económico, social y cultural en el planeta. Un mundo más seguro, merced al diálogo y al entendimiento. Un mundo más justo, gracias a la apuesta por la democracia y los derechos humanos. Un mundo más próspero y con más bienestar, en virtud de un modelo de crecimiento basado en el emprendimiento, la innovación y la justicia social, en lugar de la avaricia y la ley de la selva….

Estas peticiones se le hacen a Obama cada día en cada rincón del mundo. Pero hay una exigencia implícita, que los principales actores de esa comunidad global no se atreven a explicitar, y que resulta fundamental. Quizás la más importante. Obama debe parar los pies a ese conglomerado militar-energético-financiero que ha dominado los resortes de poder en EE.UU. durante décadas, que ha manejado como una marioneta a Bush durante ocho años, y que ha provocado gravísimos quebraderos de cabeza en los cinco continentes. Para defender sus intereses, este conglomerado ha guiado la política geoestratégica norteamericana por el camino de la confrontación, ha alimentado el casino infame de Wall Street que nos ha llevado a la mayor depresión desde 1929, ha ignorado la amenaza del cambio climático…

Los primeros pasos de Obama, insisto, son prudentes pero van inequívocamente en la buena dirección. Es evidente que mide las consecuencias de cada una de sus decisiones, para que la ambición excesiva no malogre los buenos propósitos. En esta clave hay que interpretar el sorprendente mantenimiento de Robert Gates en la cartera de Defensa. Hay quien sostiene que ese es el peaje que ha pagado para que no acaben asesinándole. Antecedentes existen en la historia americana para respaldar esta tesis aparentemente irracional.

El proyecto de avanzar hacia la universalización de la prestación sanitaria constituye un pulso claro frente a los intereses del conglomerado fáctico. En relación a su PIB, EE.UU. dedica a la sanidad el doble de recursos que Europa, sin embargo la calidad del servicio es peor y cerca de 50 millones de seres humanos carecen de cobertura. La necesidad del cambio hacia un modelo de cobertura universal con garantía pública es más que evidente. Pero con este proyecto peligra el negocio del conglomerado. Y el conglomerado ejerce una gran influencia sobre senadores y congresistas, conservadores y demócratas. De hecho, muchas de sus campañas han sido financiadas con dinero de las aseguradoras sanitarias privadas.

Obama lo tiene difícil. Pero este es un pulso vital para su credibilidad. Para la credibilidad del cambio que representa. Una vez planteado no puede echarse atrás. Y, en la medida de nuestras posibilidades, todos deberíamos empujar para que Obama gane el pulso. Se la juega él, se las juegan los millones de americanos sin atención sanitaria, y nos la jugamos todos. Yes, we can. Ahora más que nunca.