Hay un cierto aire de exageración en la presentación del peligro ‘yihadista’. Ya ocurrió con Al Qaeda, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. Pero se repite ahora con el Estado Islámico, convertido por numerosos dirigentes, expertos, académicos y medios nada menos que en una «amenaza para los intereses vitales de Occidente».

No parece haber demasiados motivos para creer tal cosa. Ni siquiera están justificados los temores de una desestabilización regional. Tampoco resulta razonable que la seguridad de los ciudadanos norteamericanos o europeos esté más comprometida por las victorias ocasionales, parciales y temporales de estos nuevos ‘caballeros negros’ del extremismo islámico en remotas y aisladas regiones de Irak y Siria.

¿A qué viene entonces esta alarma, esta escalada militar?

Ciertamente, esta organización surgida de sucesivas discrepancias y escisiones en el movimiento islámico extremista se ha consolidado como heredera indiscutible de la debilitada Al Qaeda. Después de completar el control de un tercio de Siria, aprovechando la división, debilidad y desorganización de la oposición armada y las limitaciones de resistencia y contraofensiva del régimen alauí, el Estado Islámico se sintió fuerte para consolidar sus bastiones en el oeste y centro de Iraq y, este verano, conquistar Mosul un núcleo petrolero clave. La subsiguiente proclamación del ‘Califato’ no pasó de ser una operación más o menos eficaz de propaganda.

Estas victorias desencadenaron un cierto pánico, justificado hasta cierto punto en las élites iraquíes, entre otras cosas por su incapacidad para afrontar un enemigo claramente inferior, se diga lo que se diga, en efectivos, recursos y apoyos. Pero resulta difícil aceptar, con un mínimo de espíritu crítico, que varios millares de fanáticos representen un peligro para la seguridad occidental.

Un elemento que ha podido pesar considerablemente en la sobrevaloración de la amenaza es la sensación de fracaso, desorden e inestabilidad en Oriente Medio. Se trata de una impresión abonada por el temor de algunas potencias locales a que se resquebraje la complicidad occidental en el status quo. Las revoluciones de 2011, la perspectiva de un acuerdo sobre el programa nuclear iraní y la degradación del apoyo occidental a Israel han socavado muchas certidumbres.

A esto se ha añadido, estas últimas semanas, el efecto causado por la exhibición de crueldad que ha supuesto la decapitación filmada de dos periodistas estadounidenses. Según los sondeos, el factor emocional ha movilizado el apoyo de la ciudadanía/electorado estadounidense a una respuesta militar más contundente.

EL ‘GUERRERO RETICENTE’ CEDE

Era cuestión de tiempo que Obama renunciara a su prudente política de contención para embarcarse en una estrategia ofensiva aparentemente más ambiciosa. Desde círculos políticos, académicos y mediáticos se ha orquestado una campaña de desgaste y desprestigio de Obama, presentándolo como un Presidente indeciso, acomodado, confuso y desnortado en política exterior, y en particular en la convulsa región de Oriente Medio. No es extraña la coincidencia, si tenemos en cuenta que los influyentes ‘lobbies’ judío y saudí han cosechado efectos muy apreciables en el propicio ‘establishment’ norteamericano.

Estos días, algunos analistas incluso se han entretenido con los términos empleados por Obama para escudriñar sus verdaderas intenciones hacia los ‘yihadistas’. Han advertido que no es lo mismo «destruirlos», como dijo en Gales, que «derrotarlos», expresión utilizada en su entrevista televisada del domingo pasado. Anoche, Obama recuperó el objetivo de la destrucción, quizás para no seguir abonando esa sensación de indecisión o debilidad que a sus adversarios les gusta explotar.

Lo más doloroso para Obama han sido las críticas desde su propio campo, incluso de los otrora colaboradores más cercanos, que han venido a cargar de munición las armas de sus rivales. El caso más sangrante ha sido la candidata demócrata ‘in pectore’ a las presidenciales de 2016. Hillary Clinton ha contribuido a minar la credibilidad del Presidente, bien por convicción, bien por puro cálculo de conveniencia (apartarse de una gestión quemada para mejorar sus expectativas electorales). O por una combinación de ambas motivaciones.

Naturalmente, Obama ha cometido errores, entre ellos su actitud vacilante (en Iraq, ante un gobierno desacreditado), sus inconsecuencias (como la famosa ‘línea roja’ en Siria) y cierta impresión de incomodidad e impaciencia ante la complejidad de las crisis exteriores. Después de todo, su proyecto político estaba enfocado a mejorar la vida del norteamericano medio y no a lo que él consideraba como una sobreactuación en la escena internacional.

El caso es que Obama ha terminado por dar un paso, extender la zona de bombardeos en Iraq y, sobre todo, llevarlos también a Siria, pero sin comprometer efectivos de tierra, más allá de reducidos y selectos grupos de apoyo e inteligencia. Para los entusiastas de la afirmación del poder global, es necesaria una guerra más estruendosa, de las que hacen ondear banderas, acaparar titulares y alimentar programación televisiva en continuo. Por el contrario, los que consideran que con más bombas, misiles y ‘drones’ sin duda se aniquilará a los yihadistas pero también se fortalecerá a los regímenes corruptos de la región, estamos ante una desviación inoportuna de energía política y de recursos que el país necesita para otras necesidades.

Por lo general, el ‘partido bélico’, pide guerra a conciencia, sin timidez ni limitaciones, sin repliegues antes de tiempo u operaciones compensatorias de sustitución. Que no exista otro Tora Bora, que no se permitan escondrijos ni santuarios. Y, puesto que no se pondrán «botas sobre el terreno» (fuerzas de tierra), que no haya complejos en la selección de los que deben hacer el trabajo sucio, la lucha cuerpo a cuerpo. Que, para eliminar a los fanáticos del ‘Califato’ no haya repugnancia en acudir a tipos casi tan sectarios como ellos.

En definitiva, parece que poco a poco se impone una variante de la vieja estrategia que ha fracasado siempre. Salvo, claro está, para las grandes corporaciones industriales-militares, los estados cómplices (las monarquías petroleras autoritarias) y el siempre superviviente aliado israelí. No parece que Obama, resistente a entrar en este juego hasta ahora, esté en condiciones de evitarlo por más tiempo. Su presidencia ya está cuestionada, sea cual sea el resultado de su guerra contra esta amenaza fantasma. Si pierde, porque se consagrará su fracaso como líder del mundo. Si gana, porque habrá decepcionado a quienes esperaban un cambio más claro de enfoque, objetivos y prioridades.