Ejemplos de la sinrazón humana que me impiden comenzar este curso llena del optimismo e ilusión, que años atrás me provocaba llenar de lápices nuevos el estuche del año anterior y meterlo en una cartera llena de libros con olor a forro de estreno. Y cambio esta sensación por la de la incertidumbre que me provocan determinadas noticias. Les pongo un ejemplo: la FAD (Fundación de Ayuda a la Drogadicción del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud) acaba de publicar una encuesta realizada sobre los jóvenes, y hay algo en ella que ha llamado poderosamente la atención a los medios de comunicación, y es que más de la mitad de los encuestados consideran admisible la pena de muerte. Un dato que indica que la juventud siente que son necesarias medidas más contundentes porque perciben que, a su parecer, algo falla en la Justicia que no castiga con contundencia los delitos más graves. Es por ello que tolera la pena máxima, como una forma de reclamar al Estado una seguridad que no encuentran. Pero el resultado, sean cual sean las razones, es escalofriante y poco esperanzador. Más si tenemos en cuenta que hablamos de jóvenes nacidos y criados en democracia, pero también al amparo de una era narcisista, donde esos mismos medios de comunicación que se sorprenden –y también las redes sociales—contribuyen a hacer del dolor ajeno algo tan normal que el valor real de la vida se deprecia detrás de una cámara.

Solo hay que ver cómo una de estas tardes, en un informativo de una cadena nacional, me topé con la imagen de una joven presentadora, atractiva y bien vestida que, cual busto parlante, pasó de dar voz a la barbarie que es la ejecución de un hombre degollado a manos de su captor–cuyas imágenes se iban mostrando al hilo de su locución –a sonreír delante de la cámara cuando volvieron a enfocarla inmediatamente después de mostrar la terrorífica secuencia. Ella, ajena al dolor y a la magnitud de lo que acababa de narrar, continuó con su tono despreocupado y desenfadado hablando de fútbol y buscando complicidad con su sonrisa en el espectador, quien acababa de contemplar la sinrazón humana sin tiempo de asimilar la tragedia que esconde la escena. Todo tan natural, que la presentadora continuó su discurso como si la muerte de ese colega de profesión, secuestrado hacía más de año y medio, no tuviera nada que ver con ella, ni le causara la más mínima emoción.

Un ejemplo habitual en los medios, donde las muertes y las guerras de los otros, van poco a poco anestesiando la emoción propia y despegándonos tras la tecnología de los sentimientos que definen al ser humano, tomando distancia de la realidad bajo un velo donde lo virtual parece minimizar las consecuencias del sufrimiento ajeno y de la brutalidad del propio hombre.

Brutalidad, que en otro orden pero motivadora de una similar desoladora incertidumbre hacia dónde nos movemos, se esconde tras los asesinatos de demasiadas mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Muertes rodeadas de gente hablando de acabar con micromachismos y otras lacras de un arcaico sistema patriarcal, mientras se permite en un ejercicio de doble moral, a un alcalde decir que le asusta meterse en un ascensor con mujeres por si le acusan de agredirlas sexualmente, a tenor de una supuesta agresión sexual que ha quedado en entredicho por una decisión judicial de la que prefiero, por respeto a la Justicia, no dar mi opinión. Sin consecuencias sus palabras, que tan flaco favor hace a la lucha contra la violencia de género.

Vuelve el curso a empezar y parece que la crisis financiera y económica, ha traído consigo una de valores más importante y difícil de solucionar. Veremos cómo una y otra van marcando el ritmo de este urdimbre de realidades que confluyen en nuestro día a día.