El estrecho margen por el que ha vencido a la hija del ex-presidente Fujimori indica que Humala se encontrará con un país agitado. La derecha peruana más inteligente hubiera querido que cualquier otro de sus candidatos más o menos fiables hubiera sido el que presentara batalla en la segunda vuelta. Pero, una vez más, el mundo de los negocios se comporta con un miedo irracional y egoísta y elige la opción más contundente, la que intuya que no va a introducir matices en la defensa de sus intereses. Ése puede ser el sentido del imparable avance de la candidata femenina en la recta final de la campaña. A Keiko Fujimori le ha faltado el último aliento. Y le ha sobrado demasiado lastre. Su equipo de campaña no tuvo suficientes reflejos. Tardó mucho tiempo en desembarazarse de asesores y orientaciones demasiado anclados en los años del «chino».

Humala parecía candidato perdedor en la semana previa a la segunda vuelta. La presión de los medios económicos -el salario del miedo- y de los medios de comunicación -populistas cuando no meros instrumentos de los grandes intereses- parecían haber conseguido abortar de nuevo su designio.

Finalmente, otro «indio» gobernará en América.

UN ENCUENTRO CON HUMALA

Hace tres años, tuve un largo encuentro con Ollanta Humala para un largo reportaje de Televisión Española. Por entonces, se encontraba en plena reestructuración de su opción política de izquierda, tras la derrota frente a Alan García, en 2006.

Humala me pareció un hombre tranquilo, reflexivo, paciente y autocrítico. Muy alejado de ese perfil con el que los medios occidentales simplifican la pujante corriente de izquierdas en América Latina con la socorrida divisa de «populista».

El apoyo que le brindó en 2006 el líder venezolano, Hugo Chávez, lo perjudicó, seguramente. Algunos encuentros entre ambos políticos y algunos aspectos de su programa sirvieron para que el entramado sistémico del Perú lo colocara en el índex de «amenaza» para lo que pomposamente se proclamaba como «el modelo peruano» de desarrollo económico.

«En Perú se está viviendo una etapa de oscurantismo -nos decía entonces Humala-, se persigue al que piensa diferente. Antes a los discrepantes se les llamaba comunistas; ahora, como el mundo es unipolar, en el Perú ya no les llaman comunistas: les llaman chavistas».

Sin embargo, Humala afirmaba notablemente su autonomía del líder venezolano. No es cierto que lo haya hecho simplemente para mejorar sus opciones electorales. En 2008 ya tenía claras dos líneas de divergencia con la vía venezolana: no a la reelección presidencial indefinida e independencia del Banco Central. «Somos independientes y somos autónomos».

Humala no ha modificado sensiblemente su discurso desde entonces. En 2008 ya decía que había que mantener el proyecto de desarrollo, pero hacerlo inclusivo, que llegara a esas capas de la población, abrumadoramente mayoritariamente, que se habían quedado fuera de esa aparente prosperidad. El gobierno de Alan García, desde una socialdemocracia devenida en neoliberalismo dulce, presumía de las cifras de crecimiento económico (cercanas a las cotas chinas, asiáticas), del dinamismo exportador (volcado cada vez más el país hacia el Pacífico) y de su atracción para las inversiones extranjeras (ante las facilidades fiscales y de otro tipo que ofrecía el ejecutivo).

Lo que más molestaba a Humala -lo que sigue criticando ahora- es que la estrategia de desarrollo del Perú haya estado atada a la satisfacción plena de los intereses multinacionales. De ahí que combatiera ferozmente los Tratados de Libre Comercio. No por principio. «Los TLC en general no son malos, pero este TLC no es el mejor. No nos introduce en la economía mundial, como dice el Gobierno, eso es una falacia. El TLC solo beneficia a los que se encuentran en la economía formal y, sobre todo, a un sector muy concreto de importadores, que son los que han desplegado el poder que tienen sobre el Gobierno para imponer el TLC». Eso nos decía Humala en 2008. En 2011, mantiene básicamente esa posición: hay que revisar la estrategia comercial del Perú.

Ahora, hace apenas unos meses, el Banco Mundial ofrecía un balance muy positivo del país, en línea con diagnósticos anteriores. Se resaltaba la buena salud de sus cuentas públicas, el crecimiento de las reservas internacionales, que se han triplicado durante el último periodo presidencial de Alan García. En ese mismo periodo, la pujanza económica ha sido indiscutible y el PIB per cápita se duplicó. Sin embargo, el propio Banco Mundial admitía que «es necesario que el Perú reparta de manera más equitativa los frutos del crecimiento, que el desarrollo sea más inclusivo». Ese era precisamente el discurso de Humala, cuando sus adversarios políticos pretendían sacarlo del terreno político motejándolo como una marioneta de Chávez.

CON LA MIRADA EN BRASIL

El Presidente electo tiene muy claro que deberá mantener ciertos parámetros del modelo implantado por Alan García, pero recuperando sus perfiles más socialdemócratas. Tiene un reto impresionante: incluir en la dinámica de prosperidad a ese 60% de la población que carece de protección social alguna. Precisamente, los informales, los que se encuentran al margen del florecimiento económico del país.

Esa es la asignatura pendiente del brillante alumno peruano en la escena de la concurrencia mundial: la reducción de la pobreza. El primer ministro de la época, Jaime del Castillo, se esforzaba en 2008 por hacerme ver los avances logrados por el Gobierno de García también en esa materia. Entonces, la pobreza se había reducido cuatro puntos. El objetivo era bajarla hasta treinta. Finalmente, en el periodo 2006-2011, la pobreza descendió del 48,7% al 31,3%. No todo lo que se pretendía, pero un resultado apreciable, sin duda, y más en un entorno de crisis, que en Perú ha afectado menos.

Humala decía entonces: «se contentan con eso, cuando, en realidad, no han definido primero qué es pobreza, se agarran a unas estadísticas opacas». Ahora va a encontrarse no sólo con el problema del manejo de las cifras. Los que han intentado por todos los medios echarle de la política, incluso con procesos judiciales que han terminado sobreseídos por falta de pruebas, no han esperado mucho para presentar tarjeta de de visita. El desplome de la Bolsa es un indicador del espíritu de colaboración y del «patriotismo» de ciertas élites.

Mario Vargas LLosa dijo que elegir entre Humala y Keiko era como hacerlo entre el SIDA y el cáncer terminal. Le conocemos mejores figuras literarias. Finalmente, apoyo a Humala, sin entusiasmo, con aire de mal menor, aunque su hijo Álvaro ha sido mucho más positivo con el líder de la izquierda. El premio Nobel gusta de adoptar este tono sancionador con los dirigentes políticos de su país. Después de posicionarse como acérrimo adversario de Alan García por sus políticas erradas y «populistas» de los ochenta, se convirtió en un entusiasta defensor, con escenificaciones sonoras de apoyo y reconciliación. No es probable que llegue a tanto con Humala. Le disgustará saber que el nuevo Presidente tiene en su despacho un retrato del general Velasco Alvarado, líder de una de las raras experiencias militares progresistas latinoamericanas, que Vargas Llosa consideró nefasta para Perú.

La conjunción de asesores de Lula y de Toledo -el candidato peruano preferido de Vargas Llosa- hace esperar un arranque firme pero moderado del nuevo Presidente. Desde su ventana mira más a Brasil que a Venezuela. Que mantenga ese rumbo, le recomienda la izquierda templada, los intelectuales. Pero habrá fracasado si, presentando las buenas cifras de su predecesor, su base social de los Andes y la Amazonía sigue asolada en el atraso y la desesperanza.