Pero esto no basta. Hay también que hurgar en los espíritus, en la intimidad de cada ciudadano. Para ello hay que utilizar a tope los poderes absolutos que proporciona la mayoría parlamentaria, también absoluta. Así se encuentran los jóvenes con la asignatura de Religión, revalorizada, ¿quién duda de que las notas serán altas, altísimas? en recompensa por el aval dado a la Iglesia. Así, también las mujeres van a tener que enfrentar la nueva Ley del aborto, cínicamente intitulada. Como decían nuestros padres: ¡Con la Iglesia hemos topado!

Alguno podría objetar que el Gobierno de José Luis Zapatero también utilizó su poderío para imponer una Ley del aborto más liberal. Pero hay una gran diferencia: tal ley no obligaba a ninguna mujer. Se acogía a ella quien lo deseaba. Hoy es una ley que obliga a la mujer, quiera o no quiera, a proseguir su embarazo, aunque finalmente nazca, para su desesperación, un pobre niño minusválido condenado a una vida amarga, muy amarga, dolorosa, frustrante, como lo será la de sus padres y de su familia. Bueno, si la mujer es rica podrá solventar el problema en 48 horas cruzando la frontera. Esto lo garantiza la ley.

La única justificación que puede invocar el Señor Gallardón es que la moral privada debe someterse a la moral colectiva. ¿Pero quién determina cuál debe ser la moral colectiva? ¿El Gobierno? ¿La Iglesia (sea cual sea su confesión)? ¿El pueblo? ¿Por qué no se puede en temas sociales utilizar el referéndum para conocer la opinión de la sociedad?

Sencillamente porque estamos en una operación disimulada, preparada, ansiada desde la Transición. Esa operación es una operación de Reconquista.

¡Dichosa palabra! Desde los siglos pasados medievales ha marcado nuestra Historia: La Reconquista que terminó en purificación étnica y religiosa. Es emblemática, recordemos que la utilizó en 1943-1944 el PCE cuando lanzó la operación militar del Valle de Aran. Tenemos una propensión a utilizar palabras de significado violento, muchas veces sangriento, mutilador de la sociedad. Pero quien duda de que desde hace décadas nuestra extrema derecha, la que un día se encarnó en el General Franco, y hoy se esconde en el PP y la Conferencia episcopal, busca su revancha, volver a tiempos pasados cuando en las procesiones iban del brazo los generales y los obispos. Esos tiempos que permitían que en nombre de los más altos intereses del pueblo se fusilasen mujeres para después robar sus hijos. Es duro tener que recordar esas obscuras realidades que hoy están disimuladas, para las cuales nunca hubo rectificación de quienes no sólo practicaban la Reconquista de los poderes ancianos, sino que también lo hacían en nombre de una Cruzada.

Nadie, con sentido común, quiere volver a esos extremos. Pero quedan nostálgicos, muchos nostálgicos, ¿no es así, Monseñor Rouco? Debemos dar la espalda definitivamente a tales males. Dos reformas podrían ser útiles para ello. Por una parte, dar la palabra, en temas sociales, al pueblo con la celebración de referéndum y no con el va y viene de mayorías absolutas. En verdad esto parece imposible de realizar. Por otra, y es mucho más fácil terminar de una vez por todas con la financiación pública de un partido político camuflado: La Iglesia española. No es otra cosa que aplicar el laicismo que Su Santidad Francisco, este mismo año, ha alabado.