La reacción de algunos sectores y articulistas, mostrando su buena disposición a asumir una parte de los “hechos”, como se nos dice -¿de qué hechos se habla?-, mientras se reclaman, o se recomiendan, negociaciones intermedias, posiblemente es un ejemplo de buena intención personal, pero de muy escaso juicio político y de nulo sentido de la realidad.

Lo que algunos están haciendo es “cruzar su Rubicón” personal e ir a por todas, más allá del mínimo cálculo político y de cualquier esfuerzo estratégico meditado. Frente a un planteamiento tan radical, existen escasos espacios intermedios para el acuerdo. Y esto es algo que saben perfectamente los que dan un órdago de tamaña naturaleza, pensando que el gobierno español en estos momentos se encuentra tan asustado y tan preocupado por otros asuntos que no va a ser capaz de reaccionar, mientras que la opinión pública española está demasiado angustiada por problemas vitales como para prestar mayor atención al envite. “Primum vivere”.

Y si todo esto tiene lugar cuando Europa está en crisis, mientras la OTAN tiene otras preocupaciones acuciantes, con una parte del Ejército español disperso en misiones internacionales, y con Estados Unidos inmerso en unas elecciones presidenciales…, pues, miel sobre hojuelas.

Eso es lo que piensan los que -sin la menor consideración, aviso o intento de acuerdo- se han lanzado al monte del separatismo. Por lo tanto, determinados intentos intermedios resultan hoy por hoy bastante ingenuos. Antes del órdago era posible que hubieran tenido algún sentido o viabilidad práctica, e incluso podrían haber resultado positivos para racionalizar y aclarar nuestra actual estructura de Estado Autonómico, que en determinados casos ha atribuido más competencias a algunas Comunidades Autónomas que la mayor parte de los Estados Federales propiamente dichos. Por lo tanto, en estos momentos hay que ser serios y dejarse de ensoñaciones, ingenuidades y falsas inculpaciones. Ante el órdago ya no caben medias tintas, se toma o no se toma, pero no se “medio-toma”. Ese tiempo –para bien o para mal- ya pasó.

El problema ante el que nos encontramos puede ser morrocotudo y no tiene una solución fácil al gusto de todos. Máxime en momentos de aguda crisis económica, y tal como se están haciendo las cosas, muy lejos de los planteamientos “negociadores” de los independentistas de Escocia y Quebec, por ejemplo.

Lo peor es que el órdago de Artur Mas y el círculo extremista que le apoya no parece haber sido suficientemente meditado, calculado y programado. Es decir, tiene demasiado aspecto de ser un órdago de farol, o a la desesperada, que se lanza no tanto creyendo que se puede ganar, sino más bien pensando en propiciar un nuevo escenario. Esperemos que lo que algunos tienen en mente no sea un escenario de tipo balcánico o balcanizante.

El debate que ha suscitado el farol –o lo que sea- de Artur Mas está discurriendo, en buena parte, en base a dictámenes encargados por la Generalitat –y pagados generosamente- que ahora se publican en forma de artículos. Lo que a su vez está dando lugar a un aluvión de artículos de reacción que, o bien niegan la mayor -jurídica y/o constitucionalmente-, o bien nos recuerdan todos los aspectos que debieran ser considerados por un eventual nuevo Estado Independiente (organizar sus finanzas, obtener créditos internacionales, revertir al Estado español la parte alícuota que corresponda por retornos, repartir los recursos económicos y los bienes públicos comunes, organizar sus fronteras y sus relaciones internacionales, poner en pie un Ejército, etc.). Todo ello con unos costes económicos enormes, e inviables.

Y aun habría otros aspectos importantes a considerar, en el caso hipotético de una Independencia de Cataluña, como la reorganización de las comunicaciones terrestres (pero no solo) de España con Francia u otros países europeos, el peso y el papel que tendría la lengua castellana. ¿Se permitirían centros del Instituto Cervantes? ¿Y escuelas y Universidades españolas? ¿Qué pasaría con las emisiones de TVE y RNE y la difusión de industrias culturales españolas (a las que se podría considerar como “españolizadoras”)?, ¿Qué grado de tolerancia existiría con personas, organizaciones y territorios no conformes con el independentismo?, ¿Se aceptaría el libre funcionamiento de partidos políticos y sindicatos de otro país en el territorio de un hipotético Estado Catalán (por ejemplo, del PP, del PSOE, de UPyD, etc.)? Desde luego, resulta un tanto insólito que partidos de otro Estado funcionen normalmente dentro de otro Estado. Pero eso resultaría muy difícil de evitar, en el caso de que se produjeran decisiones no consensuadas ni asumidas libremente por todos.

A todo esto se unirían las dificultades y debilidades de ir a contra-corriente, cuando todo el mundo piensa en agruparse políticamente (no solo la UE) para re-equilibrar la influencia de los grandes poderes e intereses económicos mundiales. La apuesta de Artur Mas parece que subvalora esos grandes poderes, o bien que está dispuesto a plegarse ante ellos, en detrimento de la auténtica soberanía política de la población catalana, que evidentemente podría lograr tener mejor garantizada su autonomía política funcional estando agrupada y coordinada con otras regiones y sectores coincidentes.

Sin moneda propia (ni autonomía funcional), ni peso político, ni entidad demográfica suficiente, una Cataluña independiente estaría destinada a tener un papel muy secundario –y frágil- en el actual contexto europeo o mundial, a no ser que sus gobernantes se plieguen a desempeñar el papel de “territorio subordinado” de otra potencia europea, como ya ocurrió en determinados momentos del pasado histórico. Algo que los catalanes de aquellos momentos pagaron muy caro.

¿Por qué no se habla de todo esto con claridad y con veracidad? ¿Por qué no se consideran los perjuicios adicionales (económicos y otros) del período de inestabilidad y de incertidumbre que se ha abierto? Lo que ocurre y lo que podría ocurrir resultará bastante traumático para muchas empresas catalanas, que están pasando momentos muy malos. Por lo que tarde o temprano van a verse abocadas a reaccionar y a defenderse.

¿Quién daría crédito –internacionalmente- a un gobierno que, desde hace tiempo, no paga sus deudas, que tiene un déficit enorme, que, en su caso, va a asumir unos costes extraordinarios de “independencia”, y que no sabe a quién –ni cómo- va a cobrar los impuestos que necesitarán? ¿Son conscientes los empresarios, los profesionales y otros sectores de la sociedad catalana de la enorme cuantía de los impuestos que van a tener que pagar para sufragar –eventualmente- los propósitos de Artur Mas? ¿Alguien ha cogido una simple calculadora? ¿Cómo pueden soportar esta situación los catalanistas moderados y sensatos?

Y a todo esto se une la impresión de que los separatistas catalanes apenas se han detenido a pensar en la otra parte, a tener en cuenta sus posibles razones y posiciones (como se hace en Escocia y Quebec). ¿Alguien nos puede decir si, en sus esquemas, piensan en mantener relaciones de buena vecindad y colaboración con sus vecinos del Sur?

Por lo tanto, el lío que podría estar gestándose es tremendo, encerrando el germen de no pocos conflictos y tensiones futuras. Por eso, no hay quién entienda qué está pretendiendo realmente en estos momentos Artur Mas y su círculo de extremistas independentistas. Pero…, las emociones son las emociones, y cuando éstas se despiertan, se estimulan y se exaltan no es fácil dar marcha atrás.

De momento, desde los círculos serios de reflexión y de análisis habría que intentar contribuir a la racionalidad y a propiciar análisis serios y objetivos, evitando el “buenismo fuera de contexto”, las falsificaciones de los hechos históricos y de algunas realidades presentes, y las falacias comparativas, como las que sostienen aquellos que quieren establecer un paralelismo histórico entre los casos de Escocia y Cataluña. Cualquiera que sepa un poco de historia, o que se moleste mínimamente en informarse, sabe perfectamente que las diferencias entre uno y otro caso son abismales y saben que los escoceses en estos momentos están pensando en un modelo de soberanía del siglo XXI y no del siglo XIX, sin que hayan considerado en ningún momento cortar lazos económicos, laborales, comunicacionales, monetarios ni institucionales (con la Corona, entre otros).

Una diferencia importante es que los escoceses han tenido una Monarquía propia durante muchos cientos de años, y han mantenido multitud de guerras y enfrentamientos violentos con los ingleses, también durante cientos de años. Y lo han hecho netamente como escoceses y no encuadrados en -o subordinados a- ejércitos franceses, o extranjeros, con propósitos diferentes a defender su Monarquía, sus castillos, sus fortalezas y sus territorios. También con un componente importante de conflicto intra-escoceses. Incluso los famosos regimientos escoceses de Highlanders podrían, en su caso, convertirse en un embrión creíble de Ejército escocés.

De hecho, todo el territorio escocés está plagado de monumentos, castillos, fortalezas y campos de batalla que recuerdan su dilatada historia diferenciada hasta que firmaron –voluntariamente- el Acta de Unificación en 1707, después de un período de convergencia en el que la propia dinastía escocesa de los Estuardos accedió a la corona de Londres, de la mano de Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra.

Pero esa es, obviamente, otra historia sobre la que quizás resultaría oportuno volver otro día. De momento, deberíamos empezar por ser serios y no propalar mentiras históricas. Sobre todo, si lo que queremos es contribuir a la solución de los problemas y no a su enconamiento u oscurecimiento.