El factor que podría haber alterado el equilibrio vigente desde hace décadas ha sido la llamada «primavera árabe». La sensación de que la población, mayoritariamente joven, había llegado al punto definitivo de exasperación por el autoritarismo, la corrupción, ineficacia e hipocresía de las élites políticas y económicas propagó la ilusión de cambios profundos en las estructuras de poder. Cambios hubo, sin duda; algunos de ellos importantes, poco exitosos al cabo, en una medida razonable (Túnez); fallidos, e incluso potencialmente peligrosos (Libia); contradictorios o traicionados (Egipto); y, la mayoría, abortados o reprimidos (Marruecos, Bahréin, Yemen, etc). Y, por supuesto, sangrientos y dramáticos (Siria).

En este proceso revolucionario faltaba encajar el proceso de paz de Palestina. En esta misma entidad geográfica y política, la revolución transformadora estuvo ausente, como si el asunto cardinal del conflicto impidiera que cuajara el germen del cambio interno.

Obama afrontó la ‘primavera árabe’ con ánimo positivo, pero los aparatos administrativos y los intereses económicos fueron mucho más reservados, cuando no renuentes e incluso hostiles, en sintonía con las élites locales. En esa falta de armonía entre el liderazgo político, de un lado, y la burocracia y las grandes corporaciones, de otro, se gestó la errática política de la Administración en estos últimos tres años.

LA INCOMODIDAD DE LOS ALIADOS

Los regímenes conservadores árabes (monarquías o repúblicas) han contemplado con ansiedad creciente las vacilaciones de esta Casa Blanca, motivadas por el ejercicio de contraste entre intereses y valores que ha realizado constantemente el presidente norteamericano. Las dudas sobre Egipto (en el momento de desmoronamiento de Mubarak, durante la breve gestión de los Hermanos Musulmanes y ante la brutal liquidación del proceso democrático con el hipócrita golpe militar) o las rectificaciones en Siria (fijando primero ‘líneas rojas’ para prefigurar una intervención militar, luego ignorándolas y finalmente pactando con Rusia el desmantelamiento del arsenal químico sirio); pero, sobre todo, la apuesta diplomática para resolver el dilema del programa nuclear iraní han terminado provocando la mayor brecha de las últimas décadas entre Washington y sus aliados árabes.

Los analistas favorables al sistema establecido responsabilizan arteramente a Obama de la crisis. Sin discutir los errores o indecisiones del presidente demócrata, lo cierto es que detrás de ese aparente malestar se esconde una voluntad desesperada de aferrarse a los privilegios, de atrincherarse en la autocracia y asegurarse la protección externa del modelo.

Arabia Saudí es el caso más relevante. La dinastía no entiende ni acepta que Obama no se decidiera a dar el paso decisivo para derribar al clan Assad en Siria, cuando más débil se encontraba el régimen y más a mano tenía el argumento (el uso de armas químicas). Y, desde luego, no oculta su irritación con el presidente norteamericano por haber otorgado una cláusula de respetabilidad a Irán, recuperando unas negociaciones sobre el dossier nuclear, cuando las sanciones empezaban a morder en los fundamentos del sistema de los ‘ayatollahs’. Alarma en Riad es que el acercamiento entre Teherán y Washington propicie un regreso a los tiempos anteriores a la revolución chií, cuando era el Irán del Sha y no la casa de los Saud el principal aliado musulmán de Estados Unidos en la región. Estos recelos han avivado una vieja tentación saudí: dotarse de armas nucleares, con la colaboración de Pakistán.

Ha fallado también el aliado turco. Inicialmente avalado como modelo para los regímenes autoritarios árabes por su combinación de islamismo moderado, liberalismo económico y eficacia gestora, el primer ministro Erdogan ha terminado sucumbiendo a sus instintos autoritarios, sus contradicciones ideológicas, sus alianzas peligrosas y las debilidades del país al que lidera. Turquía ha dejado de ser un socio fiable.

Igualmente palpable ha sido el malestar israelí con Obama. La actitud de los dirigentes israelíes hacia las turbulencias en la región ha sido de extrema cautela. El discurso oficial se felicitaba por la eclosión de los valores liberales y democráticos, pero lo cierto es que no percibía que una alteración sustancial de los sistemas políticos beneficiara la causa israelí. Al contrario, la emergencia de los islamistas era motivo de preocupación e inquietud. Al cabo, el cambio en Egipto, el país más importante para Israel, terminó siendo un factor indeseado para el Gobierno de Jerusalén. Incluso la posible caída de Assad en Siria, que podría arrastrar al Hezbollah libanés, representaba más un problema que una ventaja, si no podía prevenirse la victoria de los sectores islamistas sobre los liberales o pro-occidentales en Damasco.

Con respecto a Irán, el nerviosismo israelí ha sido extremo. La derecha israelí ha utilizado todos los medios a su alcance para presionar al presidente norteamericano. Desde la intensificación de sabotajes en los núcleos del poder científico y técnico de Teherán, ante la complicidad con los sectores más conservadores del sistema político estadounidense para debilitar a Obama y reforzar la percepción exterior de indecisión, confusión y debilidad, frente a la supuesta operación de imagen de los clérigos iraníes.

PALESTINA: ¿LAS NEGOCIACIONES QUE NUNCA EXISTIERON?

En este contexto de inestabilidad regional, las negociaciones de paz entre Israel y Palestina se antojaban más complicadas que nunca. Pero, sin embargo, la Casa Blanca creyó que nada podía perderse por afrontar el desafío (al cabo, todas las Administraciones anteriores habían fracasado, en mayor o menor medida) y mucho podía ganarse (prestigio y capital político para recuperar el control de la narrativa diplomática) si se lograba el éxito.

Obama encargó al Secretario Kerry la misión, y el malogrado candidato a presidente se ha empeñado en ello con una dedicación innegable. No ha habido sorpresas. El resultado responde a los pronósticos pesimistas. En el momento de escribir este comentario, las dos principales facciones palestinas -Fatah y Hamas- han alcanzado su tercer acuerdo de reconciliación en los últimos tres años. No está claro que este intento corra una suerte diferente a las anteriores, aunque el contexto abona unas expectativas más optimistas.

La reconciliación palestina no obedece solamente al deseo de la mayoría de la población (ése ha existido casi siempre), sino más bien a la necesidad de ambas partes. Hamas, por la caída de los Hermanos Musulmanes en Egipto, que habían obrado como protectores de su causa e interlocutores con Washington; Fatah, por el fracaso anunciado del esforzado Kerry. A falta de sólo unos días para que se cumpliera el plazo (29 de abril), las negociaciones se habían visto fatalmente atascadas por la negativa israelí a completar la liberación de prisioneros palestinos.

Finalmente, el acercamiento palestino ha servido a los israelíes de excusa para justificar la interrupción técnica de las negociaciones y a Washington para componer una socorrida expresión de frustración. No sin razón, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, ha resaltado la hipocresía del primer ministro israelí, al declarar que hay que elegir entre Hamas o la paz. Netanyahu, en efecto, se sienta en la mesa del Gobierno con ministros absolutamente opuestos a cualquier concesión a los palestinos y, por supuesto, a aceptar la solución de los «dos Estados».

El enésimo fiasco diplomático puede suponer, no obstante, un alivio para casi todos, según algunas interpretaciones, quizás alambicadas, pero no necesariamente disparatadas.

Israel no estaba dispuesto a pagar el precio a que se había puesto la paz: liberación de prisioneros, solución del problema de refugiados y exiliados, congelación de los asentamientos y algún tipo de compromiso sobre Jerusalén. Los palestinos moderados sabían que era imposible mantener a perpetuidad este punto muerto. Y a la Casa Blanca se le acumulan los problemas exteriores (relaciones con Rusia, programa nuclear iraní, pulso con China, malestar asiático, posguerra afgana… e iraquí, etc.), como para enfangarse en el intratable conflicto palestino-israelí por más tiempo y dilapidar energías, tiempo y prestigio. El escenario de ‘no guerra, no paz’, o de ‘paz fría’ puede ser frustrante, pero resulta predecible y reconocible. Es la añoranza del viejo orden.