Una idea. Todo empieza con una simple idea. Y Christopher Nolan lo sabe. Su última película, “Origen”, es una alambicada propuesta de fantasía donde no importan los efectos especiales (aunque conseguidos) ni la acción (aunque espectacular). Lo que importa es la idea base, el guión, una atractiva y compleja trama en un blockbuster de Hollywood donde, por una gratificante vez, se le pide, se le exige al espectador que ponga a funcionar sus neuronas para resolver el puzle mientras los tic tac de la cuenta atrás llegan a su fin.

Cobb (DiCaprio) es un espía al margen de la ley que entra en los sueños de sus víctimas para robar secretos. Al frente de un grupo tratará no sólo de lograr un último gran golpe, sino de recuperar su vida y a los que ama. No hay que decir más. Bajo esta propuesta, a priori tan etérea, se desarrolla una película de acción que no tiene nada que ver con la acción al uso, con imágenes sugerentes cargadas de plástica visual. Este aspecto de acción que algunos críticos parecen no perdonar en realidad no es más que una capa externa que guarda en su interior lo mejor de la película: la lucha de un hombre por rehacer el control de su maltrecha mente. Culpa, olvido, amor, celos, recuerdos, familia, expiación… todo un conjunto de facetas y reflejos que conforman un prisma que maneja Nolan a su antojo, para ahondar en el alma humana y lanzar preguntas existenciales de lo más sugerentes. Nolan deconstruye el cine de acción con elementos de la ciencia-ficción (no me atrevería a encuadrar esta película como tal, sino más bien de “fantasía”, pues la “maleta de los sueños” no es más que un ingenioso McGuffin) para lograr algo que no se parece a casi nada visto: únicamente se establecen paralelismos entre ésta y “Matrix”, y por fortuna sale indemne de la comparación jugando a su propio juego, con una profundidad sentimental mayor que la cumbre ciberpunk de los hermanos Wachowski.

Nolan, director de grandes obras como “Memento” o “El caballero oscuro”, posee una puesta en escena espectacular, nadie lo duda, pero por encima de todo es un gran director de actores y personajes. Todos funcionan a la perfección como engranajes de la historia, desde Leonardo DiCaprio (¿aún hay quien duda de él?), al irreductible maestro Michael Caine o el sólido y efectivo Ken Watanabe. Sobre la cinta también se extiende el temperamento de la banda sonora de Hans Zimmer, que como la película suma grandes cumbres orquestales (“Dream is collapsing”) con las delicadas simas emocionales de los personajes (“Old souls”, “Time”). Sumando clasicismo y electrónica logra un rotundo score a la altura del Vangelis de “Blade runner” o el Kenji Kawai de “Ghost in the Shell”, a los que recuerda en algunos pasajes. Un disco que gana con sucesivas escuchas, como los visionados de la película.

La última imagen del film es a la vez un guiño y una sutil trampa para que el espectador se retrotraiga al final, lo analice una y otra vez, y como en una espiral inversa regrese a visionar toda la película en su mente, volver al principio, al origen. Queremos atar cabos que no se pueden atar, queremos esclarecer el sueño mientras nos despertamos en la sala de cine, queremos extraer un sentido entre tantos posibles. “Origen” es una fantástica película con la que compartir horas de conversación con los amigos tras su fascinante visionado, cada cual con su propia interpretación de lo visto, y todos a la vez tendrán razón. Eso es lo que hace grande a esta película. Y Christopher Nolan lo sabe. Todo empieza con una simple idea. Una idea.

Lo mejor: Que Nolan no se duerma en los laureles tras la magnífica “El caballero oscuro” y siga apostando por un cine inteligente, rotundo y original.

Lo peor: Que haya gente que necesite que le expliquen la película, cuando en realidad su generosidad radica en la apertura de interpretaciones que ofrece.