Desde que quedó al descubierto el tinglado de la farsa, los españoles han modificado aceleradamente sus hábitos de consumo y ahorro, prescindiendo de lo que digan o dejen de decir los gobernantes y, cuando se les pregunta en las encuestas, manifiestan abrumadoramente su desconfianza en el presente y el porvenir, así como su preocupación por el paro creciente; pero poco o nada pueden hacer para superar el bloqueo del mundo político, ensimismado en la defensa de sí mismo y de las apetencias de poder de cada cual. Es la factura a pagar por tener un modelo poco abierto de partidos y sindicatos, sostenido casi exclusivamente por los presupuestos públicos y perfectamente acorazado para resistir los embates, si los hubiere, de la opinión pública. Todo adobado con el sometimiento e imbricación con el capitalismo rancio español, el de siempre, aunque algunos hablen inglés. Un sistema que casi nada tiene que ver con la democracia, pero que la daña considerablemente en España, poco acostumbrada a su conocimiento y ejercicio.

El miedo y la preocupación se han adueñado de las familias, que son la verdadera malla de seguridad de la sociedad ante la dejación y la incompetencia de los poderes públicos. Y estos, no conformes con ello, las siguen castigando con recortes y nuevos impuestos: el principio de curso se ha convertido en un calvario para la colmena española. Ese estado de ánimo supone un muro para el cambio, aunque parezca contradictorio: prima la preocupación por la supervivencia del individuo o de su grupo familiar; lo demás es secundario. Desde mi punto de vista, es lo que explica el mantenimiento del actual estado de cosas que parece bastante irracional a ojos de cualquier observador de la realidad española. Todo un país prácticamente secuestrado por minorías políticas y financieras, muy vigilantes de sus propios intereses y poco pendientes de las penurias de la mayoría.

Resulta difícil proponer a la sociedad temerosa las innovaciones políticas y económicas que se requieren para salir de la ciénaga: saneamiento de la vida pública, participación democrática y recuperación del poder del Estado para dirigir con seriedad y exigencia las políticas de interés general, procurando la disciplina y control de los agentes económicos y financieros que han demostrado un uso obsceno de algo tan serio como es la libertad de mercado. Por eso, es urgente combatir el miedo no con proclamas frívolas y peligrosas, carentes de fundamento, con las que se nos inunda a diario, sino con la expresión de la verdad y la exigencia autocrítica de quienes han disfrutado de todo el poder hasta vaciarlo de contenido y dejarlo en la ruina. Probablemente, nuestra sociedad sería indulgente y se conformaría con el relevo o jubilación de los responsables. Por el contrario, si continúan creciendo el miedo y la desafección política, no saldremos bien librados de la tormenta. No olvidemos que, contra lo que se está vendiendo con los aplaudidos rescates financieros, cada país tendrá que superar los problemas con su propio crédito y esfuerzo.

LA FRIVOLIDAD POLÍTICA DE LOS INDEPENDENTISTAS

Sucintamente esa es, en mi opinión, la realidad en la que se producen las elecciones regionales de éste otoño, cuya pretensión última es mantener un modelo profundamente desacreditado y, si se puede, aumentar la dosis de alejamiento del Estado, casos del País Vasco y de Cataluña. Me refiero desde un punto de vista formal, porque, en lo material, resulta muy ventajoso disfrutar de todas las ventajas de disponer de un Estado propio financiado por el Estado al que se ignora o se aborrece. En el caso de las regiones con gobernantes nacionalistas, esto es mucho más visible, pero, salvo contadísimas excepciones, esa es la tónica general del celebrado Estado de las Autonomías, transmutado en verdadero neofeudalismo. La carrera grotesca de los llamados rescates autonómicos es prueba irrefutable de ello.

En muchos medios conformistas, los días que faltan hasta esas elecciones estarán dedicados a cábalas y elucubraciones diversas: en Galicia para probar si el PP se debilita, ¡qué más da!, y en el País Vasco y Cataluña para constatar hasta dónde llegan los independentistas. Llegarán hasta donde les dejen y si pueden seguir los primeros sin pagar el cupo, y los segundos con mayores privilegios, mejor que mejor. Al fin y al cabo esa es la lógica del sistema político. ¿Alguno de sus integrantes ha propuesto cambiarla? Pues eso. El que tenga interés que siga esos procesos electorales y el que se preocupe del porvenir del país que dedique su fuerza y su inteligencia para ver de qué forma pacífica y democrática se acaba con esta locura.

Manuel Muela