De momento, Washington e Islamabad cumplen con calculada corrección los papeles asignados desde que se hiciera pública la desaparición definitiva del líder de Al Qaeda. Los distintos responsables norteamericanos que han aparecido en público para explicar, comentar o valorar la operación se han cuidado de atenerse a los siguientes objetivos:

– solventar las dudas sobre la moralidad de la actuación militar.

– atribuir los fallos o desajustes en su presentación pública a la emoción del momento, la comprensible demanda de información inmediata y la clarificación de algunos extremos que sólo los ejecutores del comando estaban en condiciones de realizar.

– responder al aparente malestar de las autoridades pakistaníes, reafirmando la importancia de la cooperación bilateral y minimizando la polémica pública, como si se tratara de un malentendido.

– reafirmar la continuidad de la estrategia en la «guerra contra el terror», que incluye la campaña militar en Afganistán y la persecución, localización y liquidación de los distintos focos locales del jihadismo.

EL ALCANCE DE MALESTAR PAKISTANÍ

Desde Pakistán, las cosas se proyectan de otra manera, efectivamente. No puede invocarse el ‘todo ha salido perfectamente’, porque el liderazgo del país y su principal institución, la columna dorsal del régimen, sus Fuerzas Armadas, han sufrido un duro golpe en su prestigio, en su orgullo.

De esta manera se entiende que, frente a la prudencia exhibida en Washington, bate fuerte el tambor de la indignación. En estos últimos días, hemos escuchado:

– al Primer ministro Gilani acusar a los norteamericanos de violación de la soberanía territorial pakistaní.

– al Jefe del Ejército, general Kayani, advertir con una revisión unilateral por parte pakistani de los términos de la cooperación antiterrorista.

– al responsable del poderoso centro de inteligencia interservicios (ISI), general Pachá, acusar a sus colegas norteamericanos de ingratitud y lealtad por no reconocer el importante papel jugado por los servicios pakistaníes en la lucha contra el terrorismo.

– al Presidente Zardari, en un artículo aparecido en el WASHINGTON POST, haciendo equilibrios entre las protestas de una nación humillada y los logros de una colaboración bilateral que merece ser mantenida y ampliada.

Más allá de las palabras, se han adoptado algunas decisiones que tienen algo de extravagante (aunque en absoluto novedoso). Como, por ejemplo, filtrar a un periódico conservador pakistaní la identidad del principal responsable de la CIA en Islamabad. Puede ser una anécdota, pero el nombre filtrado tenía algún error ortográfico. En todo caso, la persona referida era perfectamente reconocible. Sin comentarios en Washington.

Las próximas semanas ayudarán a clarificar hasta donde llega el malestar pakistaní. Probablemente tardaremos mucho más tiempo en ratificar o revisar la impresión de que las autoridades de Islamabad no sabían nada de la operación para liquidar a Bin Laden. De momento, lo prudente es darle a las distintas versiones oficiales el valor que tienen; es decir que son simplemente versiones oficiales, una versión de la verdad, por tanto, pero no necesariamente la verdad sin sombra de duda.

No se trata de un gusto por las tesis conspirativas. Estos días, el diario THE GUARDIAN aseguraba que, en 2002, después del fracaso de las operaciones de rastreo pakistaní de la pista de Bin Lades en las montañas fronterizas de Tora Bora, los entonces presidentes Pervez Musharraf y George W. Bush acordaron que Estados Unidos podría ejecutar una operación para capturarlo o eliminarlo si conseguía localizar su escondite. La fuente es un «antiguo responsable norteamericano conocedor de las operaciones antiterroristas».

Según este enfoque, como decíamos en nuestro comentario anterior, la ‘versión oficial’ de la operación Bin Laden ni es verdadera ni es falsa. Estados Unidos estaría actuando conforme a un pacto en vigor. El diario británico asegura que los militares mantuvieron la vigencia del acuerdo secreto tras la retirada de Musharraf y durante el periodo de transición a la recuperación del gobierno civil. Lo curioso (o a lo mejor, no tanto) es que Musharraf, desde su discreto exilio en Londres, criticó la operación de liquidación de Bin Laden, por considerar que constituía una violación de la soberanía pakistaní. En el momento de hacer esta declaración no se había publicado la existencia de este supuesto acuerdo secreto.

Entretanto, un interesante artículo en LE MONDE del experto en esa zona del sur de Asia, Didier Chaudet, nos ofrece algunas claves sobre lo que Pakistán espera de su cooperación con Washington, más allá de los fuegos de artificios o de espectaculares operaciones antiterroristas.

Chaudet nos recuerda oportunamente que, desde su nacimiento en 1947, Pakistán vive bajo el síndrome del aislamiento y la amenaza de extinción. Si bien, Islamabad recibe una cuantiosa ayuda de Washington, esta cantidad, sobre la que circulan estimaciones diferentes según los conceptos que se manejan, es, en todo caso, muy inferior a lo que le ha costado al país esta guerra global contra el terrorismo. Pero, sobre todo, lo que más inquieta al liderazgo pakistaní es que, como ocurrió en los ochenta, con la derrota de los soviéticos en Afganistán, Estados Unidos les abandone una vez que se cumplan sus objetivos: ahora, la derrota de los talibanes y jihadistas y la anulación del peligro islamista (en y desde el país). Si eso ocurriera, se agudizaría el sentimiento de desprotección y se dispararán todas las alarmas. «Pakistán hará todo lo que está en su poder para evitar que Afganistán caiga bajo influencia india», concluye Chaudet. En India es ya clásica la réplica a este enfoque: los militares pakistaníes utilizan a la India para eternizar el dominio que ejercen sobre el destino del país.