De hecho en los mismos días en los que se celebraba la cumbre, en noviembre de 2007, el gobierno israelí aprobó un nuevo plan de ampliación de asentamientos en la Cisjordania ocupada. Curiosa manera de reforzar el exiguo margen de autoridad que aún pudiera tener la Autoridad Palestina que acudió a la cumbre y la esperanza , si es que tal palabra aún tiene algún sentido para la población de los territorios ocupados, en la supuesta “iniciativa de paz” de la supuesta Comunidad Internacional.

Entretanto, en Gaza, más de un millón y medio de personas viven sometidas a un asedio de corte medieval ¿de qué otra manera puede describirse el cerco por hambre, enfermedad y muerte discrecional de toda una población?; entretanto, en Cisjordania, los más de 400 controles militares repartidos por el territorio hacen casi imposible que un vecino de Nablus pueda visitar a su familia en Tulkarem o que el de Jenín viaje a Nablus o que cualquier palestino, sea de Nablus, Tulkarem, Jenín, Hebrón, Belen o Ramalla, pueda entrar en Jerusalén; entretanto, en todo el territorio ocupado, se consolida un régimen de apartheid que condena a la población a vivir encerrada en localidades aisladas por muros de cemento, vallas de alambre electrificado y redes de carreteras “sólo para colonos”. El historiador israelí, Ilan Pappe, lo describe así: El Estado judío del siglo XXI se encuentra cerca de completar la construcción de dos mega prisiones, las mayores de su clase en la historia de la humanidad. Las dos tienen diferencias en su forma: la de Cisjordania está hecha a partir de pequeños guetos y la prisión de Gaza es un enorme mega gueto en sí mismo.

El próximo mes de mayo se celebrará el 60 aniversario de la creación del Estado de Israel. Será también el aniversario de una operación de limpieza étnica que supuso la expulsión de más de 900.000 palestinos de sus hogares y sus tierras. Hace unos años, durante la segunda intifada palestina, Ariel Sharon dijo: “Lo que empezamos en el 48, aún no ha concluido”. Quizá tenía razón.