Lo más curioso de esta supuesta victoria, que casi todos presentan como cantada de antemano, es que no se atribuye a méritos propios del PP o de su candidato, a quien la mayoría de los electores consideran menos competente, preparado y adecuado para ser Presidente del Gobierno que Pérez Rubalcaba. De hecho, los datos pre-electorales indican que en torno al 15% de los antiguos electores del PP no piensan votar ahora a este partido, mientras algunos otros tienen serias dudas sobre la línea política del PP, y consideran que este partido se encuentra demasiado escorado hacia la derecha. El extremismo incontinente de líderes como Esperanza Aguirre, así como las medidas radicales y antisociales que están tomando –incluso en un período de aconsejada prudencia como el actual– algunos dirigentes recién electos del PP, no hacen sino abonar esta impresión, suscitando dudas y temores entre amplios sectores de la opinión pública.

Por lo tanto, el PP se encuentra actualmente con una posible mayoría de electores favorables, entre los que una parte significativa tiene dudas fundadas en votarles. Y si finalmente votan por el PP será, no tanto por sus méritos, sino por considerar que en España es conveniente otro tipo de gobierno diferente al actual. Consecuentemente, podríamos encontrarnos con la gran paradoja de un control absoluto del PP de todas las instancias de gobierno (Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, Diputaciones, Congreso, Senado y otras entidades conexas) que no se sustenta en una mayoría sociológica real, sino en la crisis del otro gran partido y en la desafección electoral de una parte de la población de izquierdas y de centro izquierda, que hoy por hoy continúa siendo la mayoritaria en España.

Desde luego, no hace falta ser un lince analítico para comprender que este escenario político-sociológico puede ser un caldo de cultivo especialmente propicio para todo tipo de conflictos, sobre todo en una coyuntura económica como la actual. Y el problema puede ser mayor si el PP ejerce el poder con la arrogancia, y el sentido de exclusión, que algunos temen y que, por lo general, suele ser propiciado por las grandes borracheras de victoria electoral. Lo cual se complicaría aún más si los que triunfan se dejan llevar por la arrogancia extremista y los excesos verbales, como es el caso de Esperanza Aguirre, o por un revanchismo disparatado añadido, como le ocurre a Dolores de Cospedal, dando lugar a una peligrosa mezcla de presentaciones públicas que acabarán afectando negativamente a la misma imagen internacional de España. La absurda negativa de la nueva Presidenta de Castilla-La Mancha a pagar la factura farmacéutica, por ejemplo, está poniendo internacionalmente a España al mismo nivel de Grecia, transmitiendo públicamente la imagen de una Administración Pública que es mala pagadora y, por lo tanto, poco de fiar. ¿Será consciente la Señora Cospedal de los efectos internacionales de su poco responsable proceder? Si lo es, malo, y si no lo es, mucho peor.

Pero, quizás, la mayor paradoja que reflejan las encuestas pre-electorales es que una mayoría de los votantes afirman que a ellos les gustaría que en estos momentos el PSOE fuera el partido que ganara las elecciones. Sin embargo, una parte apreciable de estos mismos electores, a los que les gustaría que ganase el PSOE, dice que no piensa votar a dicho partido y que, o bien se abstendrá, o bien votará por otro partido. ¿Alguien entiende tamaña contradicción?

Desde luego, se trata de una tendencia que tiene sus causas y su explicación. Y, si desde las filas del PSOE se fuera capaz de entender las razones que explican esta paradoja, y si se diera una respuesta adecuada al problema, es harto posible que la victoria supuestamente cantada del Señor Rajoy se podría acabar convirtiendo en algo mucho más problemático y cuestionable de lo que algunos suponen y otros desean. Pero, obviamente, para modificar tal estado de cosas habría que empezar por lograr que en las filas del PSOE cambie el clima de pesimismo y de derrotismo fatalista que ahora se palpa. ¿Es posible? ¿Es necesario? ¿Son conscientes los electores progresistas desencantados del alcance práctico de su comportamiento electoral?