Ahora, con la desaparición del anterior presidente argentino, esa simetría se desbarata, pero permanece de alguna manera su espíritu. Nótese que hablo de simetría y no de alianza. La relación entre Lula-Rousseff y Kirchner-Kirchner era buena, pero representaban estilos ligeramente distintos y, desde luego, consideraciones muy diferentes por parte de los grandes poderes occidentales, singularmente el económico.

DE LULA A DILMA

La victoria de Dilma Rousseff hace justicia al mandato de Lula, lo reivindica, le da profundidad y tiempo de maduración y representa la ruptura definitiva contra el veto fáctico a la izquierda en el gran gigante iberoamericano. Lula no sólo ha permanecido ocho años en Planalto, sino que ha concluido su mandato con el 80 por ciento de popularidad, el grado de aceptación ciudadana más alto en la historia reciente de la República. No sólo el país no ha retrocedido en los sacrosantos indicadores económicos, sino que la prosperidad se ha extendido y ha alcanzado también, aunque menos de lo deseable, a la capas más desfavorecidas. Su peso internacional no ha disminuido, sino, por el contrario, ha aumentado, a pesar de la incomodidad que, de forma puntual, ha provocado en el gran hermano del Norte (en particular su iniciativa para encauzar el conflicto nuclear con Irán).

El balance de Lula, por lo tanto, más que positivo, es notable, o incluso sobresaliente, si se toman en cuenta las difíciles condiciones en que se ha ejercido. No obstante, los medios progresistas brasileños hacen notar elementos criticables del periodo de Lula y aspectos claramente mejorables. Hace unos días, el presidente de la coordinadora de ONG´s de Acción Social de Brasil, Damien Hazard, en un artículo publicado por varios diarios internacionales, admitía los «avances incontestables» logrados durante el gobierno de la izquierda brasileña, , pero señalaba las «dudas y descontentos» que ha dejado la gestión. A saber: la persistencia de las desigualdades, los beneficios descomunales de los bancos y las grandes empresas, la morosidad de la reforma agraria, la banalización de la violencia policial en los suburbios urbanos, la impunidad de los crímenes cometidos contra trabajadores rurales, etc. A juicio de Hazard, una de las causas de estas limitaciones es la debilidad de la democracia participativa brasileña. El gobierno de Lula habría buscado, según muchas ongs, más la legitimación de los movimientos sociales que su «participación crítica y autónoma».

Esos retos pendientes serán traspasados automáticamente a la nueva presidenta, a partir de diciembre. Algunos analistas creen que Dilma Rousseff acentuará el perfil progresista del gobierno y abordará con más ambición el desafío reformista. Pero son especulaciones, recogidas sobre todo en los medios anglosajones y probablemente basadas en su pasado izquierdista. En todo caso, es cierto que algunas observaciones realizadas durante su campaña, apuntan en ese sentido. La candidata prometió esforzarse en la creación de millones de nuevos puestos de trabajo mediante fuertes inversiones públicas en construcción de vivienda social y en la mejora de la infraestructura del país. Las saludables cuentas públicas permitirán a Rousseff favorecer «un mayor papel del estado en la economía», según el NEW YORK TIMES.

Ése será el gran dilema de Dilma Rousseff. Si realizar una política esencialmente continuista o permitirse profundizar, de forma prudente pero firme, en el giro a la izquierda. Va a ser escrutada con lupa. Como, pese a su competencia demostrada y a su fuerte personalidad, no tiene el carisma de Lula y, en ese sentido, se percibe más vulnerable, no debe descartarse que caiga sobre ella la acusación de izquierdista.

COMPAÑERAS DE GÉNERO

Despierta cierta curiosidad las relaciones de presidenta a presidenta entre Dilma Rousseff y Cristina Fernández, aunque ambas de conocen ya muy bien y sus relaciones parecen ser muy buenas. Han compartido estrategias en el desarrollo de Mercosur, en los pasos aún preliminares de la integración política latinoamericana y tienen un proyecto bilateral de gran trascendencia en el plano de la seguridad nuclear.

Los analistas internacionales se han esforzado en agrandar el contraste entre la izquierda moderada que ha representado Lula (con el apoyo de Rousseff) y la radical que ha enarbolado Chávez. Al peronismo de los Kirchner no se la ha encontrado acomodo fácil ni unánime. Unos lo acercan más al líder venezolano, en parte por las evidentes muestras de simpatía mutua, amén de otros casos de respaldo financiero chavista a la campaña del matrimonio. También ha influido la indocilidad de los Kirchner frente al FMI y a sus recetas. Pero el tono izquierdista de los dos últimos gobiernos argentinos, desde el abordaje de la dramática crisis de 2001-2002, no puede desligarse de la retórica peronista, por mucha actualización que la pareja presidencial haya sabido imprimirle en estos últimos años.

Al cabo, son las condiciones de fondo y no las opciones ideológicas lo que permite explicar mejor las diferencias entre las gestiones de ambas parejas australes. La coyuntura ha sido favorable en los dos países. El alto precio de las materias primas ha beneficiado a Brasil y Argentina. Pero hay diferencias de dimensión, de calibre. Más modesta, la economía argentina ha encontrado más dificultades para superar la convalecencia.

También pueden señalarse diferenciaciones políticas. Los Kirchner se han encontrado con una hostilidad creciente, a veces alimentada por ellos mismos, como estrategia de movilización. En cambio, Lula ha ido desactivando la oposición interna, una vez superados los escándalos de corrupción de su primer mandato, mediante una pragmática política de pactos y acuerdos informales y no tan informales. Es cierto que los dos gobiernos han sido sometidos a marcajes inclementes de los medios, pero Lula ha podido contener algo mejor las polémicas.

El futuro seguramente no será muy diferente. Pero ciertas cosas han cambiado. Dilma será ahora la presidenta, pero es previsible que cuente con Lula como respaldo e inspirador, aunque sin limitar su capacidad de maniobra ni sofocar su iniciativa, porque sería fatal para el desarrollo de su mandato. Cristina estrena viudez política, porque su marido es su único aliado real y poderoso. El apoyo de otros sectores peronistas no debe darse por descontado, más allá de las amabilidades y cariños propios exclusivamente del periodo de duelo. Ambas mujeres exhiben un carácter fuerte. Si logran una comunicación intensa y productiva, podrían fortalecer la tendencia progresista en Latinoamérica para muchos años. De momento, ya se ha anunciado que Rousseff visitará Argentina antes de tomar posesión, para participar en la Cumbre Iberoamericana de Mar del Plata. Lo que servirá, también, para ajustar agendas. Cristina felicitó a Dilma en estos términos: «bienvenida al club de las compañeras de género».

Las rivalidades entre ambos países deberían quedar limitadas al terreno futbolístico. En todo lo demás, y aún admitiendo ciertas dificultades objetivas, argentinos y brasileños podrían beneficiarse muy notablemente de una relación positiva entre estas dos parejas australes, aunque una de ellas haya enviudado.