No solo ha crecido la tasa de paro, también lo ha hecho el número total de jóvenes en desempleo, a pesar de que, en su conjunto, el total de parados haya bajado tenuemente, debido, según nos dicen, a que se ha perdido población activa, como consecuencia de la disminución del número de personas que buscan empleo, y a que en bastantes casos estas personas hayan decidido no estar inscritos en el INEM, realidad que en sí misma es reveladora.

Los más afectados por estas circunstancias son los jóvenes sin estudios o con baja cualificación, que se convierten en un sector social con especiales dificultades. Para los que disponen de formación universitaria o profesional, supone el riesgo de no alcanzar sus objetivos o tener que aplazarlos, de ahí que emigrar a otros países se haya convertido en una opción vital (ha crecido en un 26,3% el número de españoles que abandonaron el país en 2013 con respecto al año 2012, situándose la cifra en 39.690 personas).

Jóvenes que en porcentajes elevados (48,6%), según el estudio Crisis y contrato social. Los jóvenes en la sociedad del futuro, elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, y presentado públicamente el 9 de enero, aceptarían cualquier trabajo, en cualquier lugar y aunque tuvieran un sueldo bajo. Lo que en la práctica se está ya traduciendo en ser los metecos de las sociedades tecnológicas avanzadas.

En concordancia con esta realidad, participan de una visión poco esperanzadora respecto a su futuro inmediato, puesto que el 71% de los jóvenes entrevistados en esta investigación consideraba poco o nada probable encontrar un trabajo a un año vista y, consecuentemente, estimaran mayoritariamente (80%) que en un futuro próximo iban a depender de sus familias (según datos recientes de la OCDE, en España en el año 2013 tan solo uno de cada cinco jóvenes pudieron independizarse del hogar de sus progenitores, lo cual supone una bajada de un 5,2% respecto al año 2012). Así las cosas, los mejor posicionados social y económicamente anticipaban como opciones vitales que seguirán estudiando (79,2%) y otros valoraban emprender la aventura de la emigración allende nuestras fronteras (61,7%). Culpabilizan al Gobierno y a los partidos políticos (70,9%) de la deriva que ha seguido nuestro país en los últimos años, al tiempo que exigen cambios profundos en la esfera económica, social, política e institucional (46,4%) o al menos la aparición de partidos políticos o movimientos sociales que ofrezcan una alternativa de cambio ante las actuales circunstancias.

¿Qué sucederá en el año 2014? Según el último informe del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, el coste medio de emancipación ascenderá en 2014 a 500 euros al mes, un cuantía que, a pesar de que pueda parecer a priori modesta, es asumible tan solo para un 22,2% de los españoles entre 16 y 29 años. Que decir tiene de las dificultades que presentan a la hora de acceder a una vivienda, bien en la modalidad de compra o de alquiler. Según este mismo estudio para acometer el importe inicial de una hipoteca libre, una persona joven asalariada entre 16 y 29 años debe dedicar el 54,2% de su sueldo neto a este concepto, el 40% en el caso de un hogar joven, sin contar con los gastos iniciales de la entrada, que superan los 45.000 euros. Pero tampoco alquilar una vivienda libre es una opción plausible que se adapte a la capacidad adquisitiva de esta población. Por todo lo anterior, no parece vaya a producirse un cambio de tendencia y los jóvenes, previsiblemente, se mantendrán en parámetros de vida similares a los actuales.

En consecuencia, la alta incidencia del paro y la precariedad laboral entre las nuevas generaciones, junto a las dificultades de acceso a viviendas asequibles, revelan las carencias y resquebrajamiento del Estado de Bienestar, que no ha hecho de suyo el derecho constitucional a un trabajo y a una vivienda dignas. Por eso bastantes familias españolas tienen que realizar funciones que en otros países son propias del Estado. Y en momentos de precariedad, como los actuales, asumen un papel especialmente significativo de colchón económico y emocional con aquellos de sus miembros con especiales dificultades. En el caso de los jóvenes esta reflexión es especialmente oportuna, pues éstos reconocen que tan solo sus familias les generan seguridad y confianza. Además, el hecho de que las relaciones inter generacionales abuelos-padres-hijos-nietos-bisnietos sean más simétricas y tolerantes contribuyen a amortiguar la sensación de frustración para los que todavía no han podido independizarse.

Todo lo anterior está teniendo efectos nocivos entre las nuevas generaciones, pues ni económicamente, ni psicológicamente, ni afectivamente logran romper el cordón umbilical con sus familias de origen, generándose una dependencia, que prolongada en el tiempo, puede tener efectos que, hoy por hoy, son difíciles de calibrar en su profundidad. De acuerdo con los estudios del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales, la juventud de nuestros días, conceptualizada como una generación perdida, sufre en primera persona las repercusiones de un modelo social desigualitario, que se presenta irreconciliable con las ideas de igualdad y justicia. Uno de los efectos de tal patología es que muchos de ellos, lejos de estar empapados de ideas de ilusión, vitalidad y futuro, se están dirigiendo hacia el derrotismo, la pasividad o el nihilismo e incluso hacia la acción directa y la utilización de la violencia como llamadas de atención ante una situación, que cada vez se torna más insostenible para sectores más amplios de la población, con episodios recientes de este tipo en Burgos, Jaén y Melilla.

Roto ya el contrato social, es urgente retomarlo con fuerza y, en el caso concreto que nos ocupa, resulta obligado que los jóvenes vuelvan a manejar las riendas de sus vidas, con la fuerza que les confiere estar capacitados para hacerlo y por sentido de responsabilidad y de justicia hacia los que tienen toda su vida por delante y tanto que aportar.