Aquellos fueron años de barbarie y de regresión moral y política en los que tuvieron lugar prácticas políticas que cuesta trabajo comprender como pudieron ser aceptadas, o asumidas pasivamente, por amplios sectores de pueblos cultos y aparentemente civilizados.

El clima de tensionamiento y de desorientación moral que siguió a la Gran Depresión terminó traduciéndose en un notable grado de militarización de la política. En la izquierda la influencia leninista dio lugar a planteamientos que ya se venían filtrando en la imitación del lenguaje militar: así, se hablaba, como si tal cosa, de “camaradas”, de “disciplina”, de “estrategia”, de “tácticas”, de “unidades de acción”, de “Estados Mayores”, al tiempo que se organizaban desfiles y marchas con grupos uniformados. En la derecha, las tendencias de militarización de la política derivaron hacia una mimetización casi completa con los patrones propios de los Ejércitos. En el caso de los partidos fascistas se trataba de verdaderas réplicas militares a escala, incluyendo rangos de mando y dotaciones de armamento ligero. Sin embargo, en aquel contexto, la patología política más horrorosa que se extendió fueron los campos de concentración. Durante varios lustros, millones de seres humanos fueron internados por largos períodos en campos de concentración, sin juicios ni consideraciones legales, por el simple hecho de ser “exiliados”, judíos, gitanos, comunistas, socialistas, mencheviques, troskistas, etc., o simplemente por pertenecer a pueblos “derrotados” y “ocupados”.

A muchos exiliados españoles, cuando cruzaron la frontera con Francia y después de ser derrotados, les recluyeron “preventivamente” en campos de internamiento. Millones de disidentes políticos, de judíos, de polacos, de rusos, etc. acabaron en los campos nazis, al tiempo que Stalin hacía lo propio con antiguos comunistas, campesinos y otros disidentes reales o imaginarios a una escala sin precedentes. Los norteamericanos hicieron lo mismo con la población norteamericana de origen japonés por meras razones de “sospecha” y “control”, mientras que un buen número de supervivientes de los campos nazis continuaron internados después de ser “liberados”, en virtud de razones sanitarias (¡que no extendieran fuera de los campos las enfermedades!”) o de control político y racial, como ocurrió con los judíos.

¿Cómo fue posible que se llevaran a cabo –y se aceptaran– aquellas prácticas tan crueles e inhumanas? ¿Qué elementos de equilibrio político, y de racionalidad, se alteraron para que fuera posible llegar a tales extremos? ¿Cómo se empezó? ¿Qué se decían a sí mismos los seres bienpensantes para apaciguar sus conciencias?… ¿Tenemos respuestas para estas preguntas? Y, lo que es más importante, ¿estamos seguros de que en nuestra época no estamos empezando a deslizarnos por la senda de nuevas patologías políticas? ¿A dónde nos podrán conducir?