De hecho, los viejos neocons, reconvertidos en intervencionistas de la noche a la mañana, están enfrentándose a las derivas del mercado como si de verdaderas patologías se tratara. Sin apenas respirar han dejado de ser fetichistas e idólatras del mercado para apresurarse a actuar como cirujanos o bacteriólogos –e incluso psiquiatras– que pretenden extirpar de raíz los tumores que amenazaban con carcomer el sistema. Por ello, en sus diagnósticos y en sus terapias, más que teóricos o gestores de la economía, parecen médicos que proceden a realizar una intervención clínica de urgencia, orientada a intentar salvar unos mercados enfermos e infectados por créditos tramposos e irregulares. El problema es que han tardado demasiado tiempo en entender que mediante la práctica de un no-intervencionismo simplón –y voraz– estaban abriendo la vía a una auténtica patología social, que acabó siendo también una patología económica de efectos muy nocivos de cara a generar confianza y estabilidad.

Pero, más allá de esta patología de fondo, en nuestra época están anidando otras patologías subyacentes, que no por menos llamativas pueden resultar menos peligrosas y erosivas moral y socialmente. Así el “espíritu de limpieza política”, en sus diferentes modalidades, la “gerentofobia”, la exaltación del líder “matador” (el “killer”), el recurso al “pensamiento simple”, la manipulación mediática extrema –y morbosa– y otras patologías sociopolíticas conforman un trasunto de la realidad política cotidiana que, del hilo de acontecimientos concretos, intentaré analizar con más detenimiento en las próximas semanas.