Hace años se hablaba de “purgas” en un sentido similar. Pero la expresión “purga” acabó cargándose de un sentido netamente peyorativo, a pesar de que con tal expresión sólo se expresaba una intención de limpieza y de profilaxis clínica. De hecho, los que postulaban las “purgas” las defendían con argumentos tomados de la medicina y de las exigencias de una vida sana. “Al igual que al organismo humano le viene bien una purga, en determinadas ocasiones –se sostenía– también los organismos políticos necesitan purgarse periódicamente si quieren mantenerse sanos y con fortaleza”. Ahora los argumentos suelen ser más sibilinos y menos organicistas, pero el fondo es el mismo. Si se busca en el diccionario de la Real Academia la palabra “purgar” se puede leer “limpiar”, “purificar”, “borrar”, “corregir”, etc.

La normalidad con la que algunos argumentan a favor de la necesidad de “limpiezas políticas” produce auténtico espanto. Recientemente he escuchado, a personas a las que estimo, defender la necesidad de determinadas limpiezas en el PSOE de Madrid, por ejemplo –o participar en ellas y hacerse cómplice–, con razonamientos que se encuentran en las antípodas de una auténtica cultura democrática y de respeto al pluralismo. Generalmente, esto se hace con justificaciones sobre la necesidad de emprender “nuevas etapas” o “nuevos enfoques”. ¡El recurso al “adanismo” o al “novismo” una vez más! ¿No estaré viviendo una pesadilla? –me he dicho a veces–. ¿Cómo es posible que existan tantos paralelismos con lo que ha ocurrido en períodos negros de la historia? ¡Incluso empezamos a ver exaltaciones biologicistas e hiper-personalistas de liderazgos!

Para tranquilizar mi conciencia y para intentar mantener a salvo mis opiniones positivas sobre algunas personas me he dicho a veces que todas estas tendencias se producen de manera bastante suave y sin gran dramatismo, y que el recurso a “manipular” votos en organizaciones políticas o a “disolver” –¡otra palabreja cargada de resonancias!– algunas Agrupaciones en las que no se tiene mayoría no es para tanto. Pero mis bienintencionadas reflexiones más que tranquilizarme no han hecho sino preocuparme más. ¡Así debían apaciguar sus conciencias algunos personajes “acomodaticios” en otras épocas! El problema es que se puede empezar “limpiando” y “disolviendo” a los que no coinciden en determinadas ideas, propuestas programáticas o apoyos a liderazgos…, pero, ¿dónde se está dispuesto a acabar? ¿Hasta dónde se puede caer por la pendiente de las “limpiezas”? En la civilizada Europa recientemente hemos vuelto a ver “limpiezas étnicas”, “limpiezas culturales” y “limpiezas de emigrantes”… En este contexto, la misma idea de “limpiezas político-ideológicas” y de eliminación de “familias” discrepantes –y la normalidad con la que se habla y escribe sobre ellas en periódicos respetables– es una auténtica aberración política. Atentos, pues, a lo que está pasando.