Pero en las sociedades de nuestros días esta cultura de consideración hacia los mayores está saltando hecha añicos. Lo “mayor”, lo “viejo”, tiende a rodearse de connotaciones peyorativas, al tiempo que toda una serie de prácticas sociales y políticas tienden a eliminar de las esferas primordiales a quienes rebasan ciertos topes de edad.

En sociedades como la española, en las que las cosas van muy deprisa, estamos encontrándonos con casos llamativos de líderes políticos destacados que son prácticamente “prejubilados” a edades en las que en otros países y períodos estarían llegando a la edad considerada como más idónea para ocupar responsabilidades destacadas. En algunas entidades financieras también se utiliza la práctica de las “prejubilaciones” anticipadas a gran escala, mandando a “descansar” a personas valiosas que, precisamente por su edad y experiencia, están en mejores condiciones de generar más confianza y capacidad de asesoría a los clientes. La Universidad española se encuentra embarcada en un amplio programa incentivado de prejubilaciones anticipadas a profesores que tengan más de 60 años, ¡como si estuviéramos sobrados de académicos preparados y con experiencia!

En la vida política y parlamentaria existe un rumrum de quejas permanentes por las tendencias a prescindir de las personas de más edad y experiencia, en virtud del consabido discurso del “adanismo” y el “novismo permanente”, con el resultado de una cierta cristalización de “generaciones políticas de poder” que, a falta de otros elementos de identidad política más relevantes, hacen del argumento de la renovación-exclusión generacional una de sus principales referencias de actuación (y de estrategia de poder interno).

El problema es que muchas de estas tendencias no operan a partir de una sana y comprensible lógica de la renovación generacional, en equilibrio con otros factores, sino de una lógica de exclusión que a veces se impone de manera arrogante y absoluta, propiciando actitudes y mentalidades que pueden trasladarse a otros planos de la sociedad, conformando una auténtica patología aberrante. Esto es lo que empieza a ocurrir, por ejemplo, con el sistema de pensiones, en unos momentos en los que la evolución demográfica plantea disfunciones potenciales entre una abultada y creciente legión de jubilados y prejubilados, con pocos resortes de poder económico y político, y una decreciente base de activos intermedios que soportan la carga de los costes sociales, pero que tienen en sus manos casi todos los resortes políticos que permiten mantener en la precariedad a los más jóvenes y en riesgos de pobreza y exclusión social a los más mayores. En España, el hecho de que el 40% de los hogares formados por una persona mayor se sitúen por debajo del umbral de la pobreza es un exponente claro de hasta qué punto la lógica del poder y de la distribución de la riqueza se encuentra influida por criterios de edad.

¿Hasta dónde se puede evolucionar por esta vía? ¿Qué contradicciones de fondo se reflejan en esta problemática? ¿Hasta dónde pueden llegar las fobias y los rechazos a los mayores? No es fácil anticipar respuestas concluyentes a estas cuestiones, pero sí se puede señalar que los estudios sobre prospectiva anticipan un “declinar de la disposición a ayudar a los mayores” y ciertas inclinaciones a considerar a los viejos como una “carga” pesada y molesta, con riesgos de crisis e inestabilidades en los sistemas de pensiones. Al mismo tiempo, la más elemental lógica analítica nos pone en la pista de la enorme contradicción que existe entre las pretensiones de anticipar las jubilaciones –a veces de manera tan exagerada como poco meditada– y las tendencias de prolongación de la edad media de vida en condiciones de mayor calidad. Lo que, más bien, haría esperar medidas sociales y laborales de signo contrario orientadas a optimizar todas las potencialidades vitales de las personas y de las sociedades del futuro.