En contra de la presunción general de que la cuestión clave del debate político debe girar en torno a la pregunta: ¿qué hacer?, durante los últimos años hemos asistido a un progresivo abandono de los debates políticos sobre cuestiones prácticas y concretas y a un notable desarrollo de los “discursos” con los que “quedar bien”. Tanto en el seno de las organizaciones partidarias como en las confrontaciones públicas, los líderes políticos tienden a centrar su atención en lo que “tienen que decir” y no en lo que “tienen que hacer”, o “tienen que proponer que se haga”. Para muchos lo fundamental es decir cosas y formular análisis y pronósticos que no tengan muchas aristas, que susciten acuerdo y coincidencia entre quienes escuchan, de forma que al final puedan decir o pensar “¡qué bien ha quedado!”, “¡qué estupendo ha estado!”.

En contraste con estas tendencias cuasi-estéticas de vaciamiento de contenidos políticos sustantivos, aquellos que proponen medidas y alternativas concretas corren el riesgo de que algunos aspectos no sean bien entendidos, sobre todo dentro de los cada vez más estrechos límites comunicacionales establecidos –¡incluso 59 segundos!– o bien susciten dudas o discrepancias; con lo cual al final no habrá un aplauso generalizado. Tales enfoques dan lugar a que, de manera paralela, los discursos discrepantes o más críticos tiendan a producirse en forma de denuncias cuasi-proféticas, construidas con estilos oratorios muy solemnes, en los que al final lo único que queda claro es que algunas cosas están mal o muy mal, y que deberían ser cambiadas, sin que se explique qué cambios concretos deben hacerse, cómo, cuándo y con qué medios y procedimientos. Es decir, con una ausencia casi total de un enfoque propiamente POLÍTICO.

De esta manera, se están alimentando sendos procesos concurrentes de “despolitización” y “des-democratización” de nuestras sociedades, debido a múltiples factores, entre ellos la prevalencia de un enfoque único en políticas económicas y una profesionalización cada vez más dependiente de las elites políticas, acompañada por una escasa porosidad en el reclutamiento de nuevos líderes.

Mucho de lo que se está diciendo sobre la actual crisis económica refleja bastante bien esta patología política, demostrando que la mayor parte de los líderes y los partidos han ido a remolque de los acontecimientos, reaccionando, por lo general, tarde y mal, intentando, sobre todo, salvar su imagen –haciendo “discursos para quedar bien”– y procurando imputar las responsabilidades a los adversarios, en tanto que un amplio coro de analistas nos explican perfectamente, pero a posteriori, lo que “iba a pasar” y lo mal que están las cosas. Mientras tanto, las decisiones efectivas se adoptan en otros ámbitos, en base a poner más dinero sobre la mesa, sin que prácticamente nadie explique y proponga medidas concretas para atajar los problemas en su raíz y reconstruir nuevos equilibrios duraderos.

El problema es que frente a esta situación algunas críticas se sitúan en el plano apostólico –incluso apostólico-apocalíptico–, limitándose a señalar la maldad intrínseca que existe en que el Estado acuda en socorro de los ricos y los banqueros, a los que debía dejarse que purgaran sus pecados, que se hundieran con todo lo puesto y que ardieran eternamente en los fuegos del infierno… Si esto no es “decadencia política” que venga alguien y me lo explique.

Pero que no cunda el pánico, porque de momento no parece que haya peligro de que esta forma de proceder se extienda a otros ámbitos de la vida social. De ahí que la siguiente historia sea sólo una pesadilla que nunca ocurrió (de momento). Un paciente va al hospital. Un grupo de médicos rodea la cama del enfermo. Se miran con gestos distintos y suficientes. “Esto lo veo muy mal” –susurra el de aspecto más conspicuo–. “Eso lo vengo diciendo yo desde hace tiempo, pero tu no te querías enterar” –responde otro de porte provecto–. “El problema ha estado…. –tercia otro, usando varios latinajos y citas en inglés– Y poco a poco todos van solemnizando sobre grandes males y dolencias, con gestos severos y preocupados. El enfermo pasa de la curiosidad atenta, a la preocupación doliente y de ahí a un pánico incontenible, sobre todo cuando cae en la cuenta de que nadie está proponiendo ninguna terapia concreta y mínimamente esperanzadora. Y cuando ya le caen gotas de sudor frío por la frente escucha vagamente a uno que tiene aspecto de haber ampliado estudios en Harvard o en Cambridge: “Cuidado, que si nos falla la provisión de medicinas en este momento estamos aviados”. “¡Caray! –replican todos al unísono– ¡vayamos prestos en auxilio de la industria farmacéutica!, y salen todos presurosos dejando al doliente enfermo solo y más preocupado y confuso que al principio… Menos mal que escucha junto a su cama la voz cálida de su abuelo –que el creía muerto– que le consuela: “no te preocupes, que los doctores saben bien lo que hacen. Y, desde luego, lo básico es tener acceso a las medicinas, porque sin ellas no se podría hacer nada por lo tuyo”. “Lo cual es totalmente cierto” –se dice resignado el enfermo.