De manera similar en el mundo económico-financiero se habla de “tiburones” en tanto que en otros ámbitos se utilizan expresiones similares para ponderar el valor de los “triunfadores”, de las personas resolutivas que son – según se nos dice – las que se necesitan en las sociedades súper-competitivas de nuestros días.

En España este tipo de cultura “matadora” ha acabado imponiéndose en diversos ámbitos y organizaciones políticas, e incluso algún líder al que inicialmente se calificó como un “bambi”, pronto fue presentado – positivamente – como un “bambi de acero”, al tiempo que ulteriormente se aplaudieron movimientos orientados a deshacerse de – o neutralizar a – todos aquellos que pudieran ser adversarios o posibles alternativas internas en su partido. Poco ha importado, pues, a la mayor parte de los analistas que se hayan abierto brechas organizativas internas o que se haya fracasado en las posibilidades de una sana integración de sectores y personalidades diversas. Lo decisivo parece que es la capacidad y la voluntad de ser un auténtico “killer” y no alguien dominado por las dudas y las aspiraciones a cultivar un talante auténticamente dialogante, integrador y tolerante.

Con este tipo de mentalidades y aplausos se está contribuyendo a alentar un clima de agresividad política que puede acabar siendo bastante destructivo para la vitalidad interna de las organizaciones políticas y para la misma salud de la convivencia democrática. Cuando las organizaciones partidarias acaban dominadas por los temores a ser apartado, excluido, o incluso “asesinado” políticamente, si se discrepa en algo o se tienen ideas propias, el primer efecto es el alejamiento de personas o grupos que puedan tener planteamientos que en una democracia madura contribuirían a enriquecer y vivificar la vida política. De esta manera, el empobrecimiento que se puede producir cuando los partidos son penetrados por el “temor” a un líder poderoso “que no olvida”, tiene efectos claramente debilitadores y en cierta medida adormecedores – y aburridos -, sobre todo cuando los debates son sustituidos por un “pelotilleo” ramplón, que acaban practicando todos los que no quieren correr el riesgo de ser “eliminados”.

En España tenemos el caso de una “lideresa” famosa que con frecuencia es ponderada pos sus seguidores más conspicuos como una “killer” nata, que ha practicado con escaso recato sus prácticas eliminatorias con próximos y extraños, que no se corta lo más mínimo en sus peleas, ni aun en coyunturas delicadas en las que instituciones financieras importantes pueden verse afectadas (véase el caso de Caja Madrid), y a la que algunos continúan apoyando después de sus intentos de acabar con el líder de su partido, al que con frecuencia se califica despectivamente como un “blandito” y un “perezoso”, porque aun tiene esperanzas de convivir con algunos de aquellos que intentaron convertirle en víctima de su “instinto asesino” (políticamente, claro).

El enrarecimiento que esta patología política puede producir en la vida política es tan evidente que, a veces, cuesta trabajo entender que no exista una crítica moral y política contundente ante tales maneras darwinistas de proceder, y que lo más habitual sea el aplauso y la admiración rendida. Lo cual se conecta con la fascinación que en nuestras sociedades se tiene por los “triunfadores”, al margen de cualquier consideración sobre las vías utilizadas para llegar a lo más alto. Y es que el poder, como tal, continúa siendo objeto de demasiada veneración y respeto. Posiblemente mucho de lo que está ocurriendo en la vida económica en nuestros días se explica por esta sumisión acrítica ante la lógica del poder, la riqueza, la codicia y el éxito. Queda, pues, mucho trecho por recorrer para llegar a una auténtica maduración democrática de nuestras sociedades; ¡si es que algunos líderes “matadores” no nos eliminan por el camino!