Lo más importante de esta tendencia ha sido que, durante los últimos años, a todos aquellos que osaban abrir la boca para reclamar una acción política basada en valores y criterios se les sometía a todo tipo de reproches y rechiflas demagógicas: ¡Moralina barata! –se decía con desprecio– ¡Ideas viejas y dogmáticas!, ¡Enfoques desfasados!, ¡Antiguallas desconectadas de la realidad! –se clamaba, con suficiencia.

Mientras se ahogaban las voces discrepantes y se impedían, se ocultaban o se tergiversaban los intentos de debate y reflexión crítica, la dinámica de los hechos fue imponiendo una lógica económica tan despiadada como irreflexiva, que acabó conduciendo a un mundo de ganadores y perdedores a gran escala. Un mundo que estaba condenado a cuartearse tan pronto como las prácticas económicas irregulares tocaran techo y mostraran su inviabilidad práctica y moral. El problema es que en el camino hacia tal desenlace crítico –bien sea temporal o definitivo– la exaltación del principio de ¡”enriquecerse como sea”! ha acabado produciendo no sólo fracturas sociales muy serias, sino también una grave erosión de las bases normativas y culturales de nuestras sociedades.

En contraste con los enfoques del liberalismo clásico, que tenían un trasfondo moral y social, y con los planteamientos solidarios de la socialdemocracia, nuestras sociedades han acabado evolucionando, salvo honrosas excepciones, hacia patrones anómicos en lo económico desde los que se considera que lo único importante es el objetivo del beneficio máximo, la codicia extrema y el enriquecimiento, no importa a qué precio, ni con qué medios. De ahí que durante estos años los grandes beneficios de unos hayan coincido con el hambre de 850 millones de seres humanos y la pobreza extrema de más de un tercio de la población mundial, al tiempo que en las sociedades más prósperas han venido aumentando las tendencias de exclusión social y los signos de erosión entre las clases medias.

Pero, como era de esperar, las tendencias anómicas no han quedado recluidas en el ámbito exclusivo de la economía, sino que la deriva hacia el “descreimiento” se acabó instalando también en el plano de la política y de otras creencias religiosas y morales. De ahí que estemos, en cierto modo, ante un proceso de globalización anómica, de efectos imprevisibles para la vida social y cuyas primeras consecuencias es posible que empiecen a manifestarse en su alcance más profundo en coyunturas de crisis económica como las actuales. ¿Se empezarán a plantear nuevos “atajos” en el terreno político y de la reciprocidad social básica? ¿Cómo va a reaccionar la opinión pública cuando comiencen a notarse en mayor grado los efectos laborales y socio-económicos de la crisis? ¿Cómo se explica una caída tan brusca en los niveles de confianza de los ciudadanos medios? ¿Cómo recuperar la credibilidad en los dirigentes económicos y en los líderes políticos? ¿Cómo fortalecer las instituciones? ¿Cómo se podrá rearmar moralmente a nuestras sociedades? ¿Qué tipo de reglas de juego, mutuamente aceptadas, son necesarias para reorganizar la vida económica, de una manera que sea funcional y equilibrada y que garantice que en las sociedades de un futuro inmediato la prosperidad de una minoría no se alcance al precio de esquilmar los recursos del Planeta y de mantener a millones de seres humanos al borde de la miseria?… En suma, lo que se plantea en estos momentos es cómo lograr que este Planeta continúe siendo un lugar habitable y que nuestra convivencia se organice de acuerdo a criterios humanos. Por eso, frente a la globalidad y la interconexión de los problemas que ahora están empezando a dar la cara se necesitan soluciones y alternativas integrales e interconectadas social y valorativamente.

Por cierto, ¿hay algún partido político u organización internacional o universidad que se esté ocupando de estas cuestiones en la debida forma o con el debido alcance? ¿Se acuerda alguien del “viejo” proyecto del Programa-2000 del PSOE y de los programas similares de otros partidos socialdemócratas europeos? ¿Sabe alguien quién puede liderar actualmente la ONU y propiciar un enfoque verdaderamente internacional e integrador para la adopción de las medidas que se necesitan?

Esperemos que, cuando los grandes “líderes anómicos” del mundo se hayan acabado de poner de acuerdo sobre cuántas sillas hay que poner en la famosa cumbre convocada alrededor de la chimenea del infausto Presidente Bush, en su convocatoria del G-7, G-8, más G-20, menos dos o tres, más tres o cuatro amigos y no se sabe cuántos más, empiecen a hablar de las cosas importantes. ¿Cuáles son los criterios de la convocatoria? –se preguntan muchos–. ¡Menudo ejemplo de seriedad y rigor que está dando el Señor Bush hasta el último minuto de su lamentable mandado! Lo peor es que, quizás, alguno de estos super-líderes, piensan que así van a poder ganar la confianza de los agentes sociales y económicos… ¡Es decir, anomia en estado puro!