Los nuevos enfoques económicos, las posibilidades de movilidad social de aquellos que se trasladaban del campo a la ciudad –cuyo ambiente “nos hace libres”, según se decía– y la expectativa de mejora de las condiciones de vida de sus descendientes, inauguró un ciclo político de optimismo y de posibilidades de avance que descansaban en la fe en la razón humana y de esperanzas en el progreso.

De hecho, si contemplamos distanciadamente las sociedades occidentales de nuestro tiempo y las comparamos con las de sólo hace dos siglos, debemos reconocer que los avances han sido formidables. En este caso, pues, el optimismo sobre el futuro no se basaba en la fe del carbonero, sino en unas expectativas plausibles que venían refrendadas por los hechos.

Sin embargo, este sano optimismo histórico se está debilitando a enorme velocidad en las sociedades avanzadas de nuestros días, paradójicamente, en unos momentos en los que la revolución científico-tecnológica está poniendo al alcance de nuestras manos enormes potencialidades de cambio y de mejora. ¿Qué está ocurriendo, pues, en nuestras sociedades? ¿Cómo se ha pasado de una era de “fe en la razón” y de expectativas de progreso a una “era de incertidumbres” y de crisis de confianza?

Los datos de la investigación sobre “Tendencias Sociales de nuestro tiempo”, que vengo impulsando desde 1995, permiten disponer, en el caso de España, de una abundante información empírica que muestra en vivo y en directo la progresión de tendencias de desconfianza, de recelo y de auténtico pesimismo histórico. En el número de la revista Temas del mes de diciembre se recogen algunos datos que muestran que el porcentaje de encuestados que piensan que España es “un país en el que hay muchas desigualdades” ha pasado de ser un 56,2% en 2002 a un 67,6% en 2008. O, en un sentido más de fondo, los que estiman que las nuevas generaciones van a vivir en el futuro peor o igual que ahora alcanzaban una proporción del 61,2% en 2008, con una constante de crecimiento durante los últimos años.

En su conjunto, la gran mayoría de los españoles piensan que estamos inmersos en un ciclo de grandes cambios científicos y tecnológicos, pero curiosamente cada vez son más los que consideran que las consecuencias y efectos de estos cambios van a ser negativos totalmente, o en algunos aspectos. En concreto, los pesimistas han pasado de ser un 30,1% en 1985 y un 37,5 en 1996, a un 50,9% en 2008. Es decir, de seguir evolucionando las cosas a este ritmo y en esta dirección, en pocos años acabaremos abrumados por un clima de pesimismo en el futuro. Lo cual, obviamente, no es algo privativo de España, sino que tendencias muy similares se registran en otros países desarrollados.

¿Por qué se está produciendo tal evolución actitudinal? ¿Cuáles son las razones que explican la quiebra del ciclo de optimismo histórico del que venimos? ¿Acaso no existe una notable contradicción entre dicho estado de ánimo desconfiado, negativo y pesimista y las enormes potencialidades que encierra la revolución tecnológica de nuestros días? ¿Cuáles van a ser los efectos de este ambiente enrarecido y negativo sobre el propio curso social y político?

En estos momentos, estoy trabajando en un libro sobre estas cuestiones en el que intento esbozar algunas respuestas a estas preguntas y a otras conexas y similares, y en el que aventuro algunas hipótesis y escenarios de futuro sobre el curso que podríamos seguir en los próximos años, si no hay cambios en las tendencias, en las actitudes y, sobre todo, en las políticas concretas. Cuestiones que ya planteé en mi trilogía sobre la desigualdad del trabajo y la democracia, publicada en la Editorial Biblioteca Nueva, en los años 2001 y 2002.

El problema es que las cosas han ido a peor desde entonces y el curso que está siguiendo la actual crisis económica y la ausencia –de momento– de políticas de alcance capaces de recuperar la confianza perdida nos puede situar a corto plazo ante escenarios más críticos, que no harán sino suscitar más pesimismo y falta de credibilidad entre los ciudadanos.

De hecho, en la actual crisis económica están teniendo un papel acelerador muy destacado los propios estados de ánimo de la población. En una medida mayor de lo que a veces se estima, las cosas están yendo mal porque mucha gente se encuentra desanimada y no confía en lo que dicen y hacen los gobernantes. Y debido a ello no compra, no invierte, saca su dinero de los Bancos, se retrae y se hace más pesimista y con ello, desde tal subjetividad negativa, contribuye de facto a que la economía objetivamente vaya a peor, en una dinámica perversa que tiende a retroalimentarse mutuamente de manera negativa.

¿Por qué se produce esta crisis de confianza? ¿Por qué existe tal grado de falta de credibilidad en lo que hacen y dicen los responsables políticos y económicos? Desde luego, existen bastantes razones, y algunos tendrán la tentación de recalcar que algunos líderes políticos, grandes empresarios y genios de la “ingenierías financieras” se lo han ganado a pulso. Y no les falta razón. La cuestión estriba ahora en determinar si podemos salir del tobogán regresivo sin recuperar la confianza y sin generar un nuevo ciclo de optimismo histórico. Y, sobre todo, es preciso saber cómo se podría lograr una inflexión en el clima de subjetividad negativa.

La democracia, tal como ha venido funcionando en las sociedades occidentales, ha sido durante bastantes años un cierto antídoto contra los riesgos del pesimismo histórico y la falta de confianza ciudadana. En las democracias es posible cambiar y mejorar y, sobre todo, es posible generar las políticas necesarias de cohesión social y de bienestar capaces de diseminar entre amplios sectores de la sociedad la sensación de que vamos a mejor y que existen razonables potencialidades de futuro para todos. Pero, cuando esto falla, o se imponen modelos político-culturales que hacen descansar las perspectivas de mejora en la capacidad de ganarse un pasaje en el tren de los privilegiados, o en tener la astucia como para tomar los atajos pertinentes, o en el establecimiento de un nuevo sistema de privilegios sólo para una minoría, entonces es de esperar que el sistema de credibilidad y de confianza pública se resquebraje. De ahí la barbaridad que supuso la inflexión de las políticas neoliberales, cuyos efectos se han acabado notando no sólo en indicadores económicos negativos de distribución de las rentas y en retrocesos en los índices de bienestar, sino en un destrozo moral y actitudinal de las bases de nuestras sociedades que, como era de esperar, han acabado traduciéndose también en el plano económico, por la vía de una crisis de confianza y una quiebra de las expectativas. Esto es algo de lo que debieran tomar buena nota aquellos economistas de vía estrecha que han acabado convenciendo a una parte notable de las elites políticas y empresariales de que la política economía podía quedar reducida a variables e indicadores supuestamente objetivos, y objetuales.

La venganza de los hechos –la dura realidad de los hechos– ahora no puede ser más contundente, y sus efectos no pueden ser más negativos para todos. De ahí la desorientación que se palpa en muchos sectores, mientras que algunos neoliberales trasnochados intentan aferrarse a toda costa a los clavos ardiendo de sus viejos clichés y sus erróneos enfoques.

¿Cómo recuperar la confianza necesaria? ¿Se puede recuperar la confianza económica sin recuperar la confianza política? ¿Se necesitan nuevos enfoques y procedimientos en nuestros sistemas democráticos para afianzar un nuevo ciclo de credibilidad? Desde luego, más allá de las respuestas detalladas que puedan darse a estas preguntas, habría que empezar por reconocer que tenemos por delante un serio reto de actualización y de puesta al día en la funcionalidad de la democracia. Y si no se entiende que muchos aspectos de la actual crisis de confianza y de credibilidad y de las suspicacias y recelos en el futuro –en definitiva de pesimismo histórico– obedecen a vicios e insuficiencias en nuestros sistemas democráticos, no seremos capaces de empezar a cambiar el signo de las evoluciones negativas que nos afectan. Y que están ahí, y que basta con preguntar y con observar lo que pasa alrededor –como hacemos los sociólogos– para constatarlo.