Los experimentos de Stanley Milgram en los años sesenta dejaron abiertas interrogantes inquietantes en torno a dónde situar –no sólo en Alemania– los “límites a la obediencia” en el uso organizado e institucionalizado de la violencia contra las personas.

Las causas que explican la génesis y los recorridos del uso de la violencia entre los seres humanos son muy variadas y no siempre resultan predecibles. Hay quienes se retrotraen a inclinaciones ancestrales, como los defensores de la hipótesis del “mono asesino”, al tiempo que los psiquiatras y los psicólogos suelen enfatizar los procesos de encadenamiento de las situaciones de violencia. Por ello, algunos sostienen que los niños o adolescentes que han sido víctimas de abusos y violencias tienen más probabilidades de comportarse, a su vez, como abusadores y violentos en su edad adulta, en un círculo vicioso infernal.

Todas estas consideraciones me venían a la mente estos días cuando contemplaba las imágenes de los bombardeos masivos de la aviación del Estado de Israel sobre territorios palestinos. Y, en mi ingenuidad analítica, me preguntaba yo ¿cómo es posible que un pueblo que ha sufrido tanto en el siglo pasado y que, en cierto modo, ha encarnado la imagen de “pueblo víctima” de la violencia organizada, puede ahora encarnar con tanta facilidad el papel de bombardeador masivo? En una traslación, no siempre fácil ni rigurosa, me preguntaba si no estaría operando aquí el mismo patrón circular que refieren los psiquiatras sobre la facilidad con la que un “maltratado” puede acabar convirtiéndose en “maltratador”.

Desde luego, el trasfondo objetivo del contencioso palestino-israelí no permite reduccionismos de este tipo, y en pocos días las reacciones emocionales pueden cambiar de signo según las víctimas de la violencia o del terrorismo se sitúen de uno u otro lado. De hecho, los que mandaron sus aviones a bombardear los reductos de Hamas en los días posteriores a la Navidad alegaban que los radicales palestinos habían roto unilateralmente la tregua y llevaban varios días bombardeando indiscriminadamente su territorio con misiles más o menos artesanales, pero letales. Lo cual no es una broma.

El problema de fondo, que parece enquistado, es que dos pueblos vecinos –aparte de quién tenga más razón de origen– llevan años recurriendo a la violencia como arma política, en una espiral de encadenamientos infernales, de la que no se sabe cómo se podrá salir. Los que sufren de cerca el maltrato de la violencia, los que pierden seres queridos, los que sienten miedo y odio, acaban en cierto modo trastornados por sentimientos de venganza que pueden proyectarse y prolongarse en nuevas violencias que se alimentan mutua y continuamente.

En cualquier caso, habría que pedir a aquellos que operan desde estructuras de Estado un mayor grado de moderación y de autocontrol en su proceder, ya que en esto estriba precisamente el principio de civilización.