El “adanismo” puede ser definido como la inclinación a partir continuamente de cero, a refundarlo todo, a valorar “lo nuevo” como un objetivo primordial y a verse uno mismo –o su equipo o su organización– como “el principio” o el “inicio” de algo totalmente inédito y fundacional.

En consonancia con estas pretensiones, los debates políticos aparecen inundados de apelaciones a lo nuevo. Casi todos los líderes se presentan como encarnación de algo “nuevo”, como abanderados de una “nueva política”, con “nuevos enfoques” y “nuevos propósitos” que conducirán a una “nueva situación”. Cuando algo no funciona, o cuando la opinión pública se encuentra cansada y defraudada, inmediatamente se empieza a reclamar una “nueva política” y unos “nuevos líderes”, sin que nunca se explique en qué consiste concretamente lo nuevo. Lo “nuevo” aparece como un valor en sí, que no necesita mayor explicación o justificación. Así, cuando se quiere plantear cualquier objetivo o enfoque político –por caduco o añejo que sea– lo primero que se hace es presentarlo como algo “nuevo” que pondrá fin a todo lo viejo y anterior. Y cuando se quiere descalificar algo sin entrar en el fondo de la cuestión se dice que es algo “viejo” y se escamotea el debate.

En este afán de refundación permanente y de presentar las cosas como un nuevo principio creacional –con el nuevo padre Adán correspondiente–, se ha llegado a auténticas aberraciones políticas. Casi todos los regímenes autoritarios y las dictaduras del siglo XX ya se presentaron como “nuevos experimentos” políticos que conducirían a una “nueva sociedad”, un “nuevo milenio” y un “hombre nuevo”. Pero, bien pronto se vio que lo pretendidamente nuevo no eran sino viejas formas inhumanas y viejos enfoques de dominación acompañados de aberraciones y salvajadas.

Por ello, después del ciclo de destrucción y barbarie que se conoció en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, parecía que las democracias habían quedado prevenidas de insensatos experimentos “novísimos” y de fáciles y demagógicas apelaciones a lo “nuevo”. Sin embargo, el contrabando político organizado por los círculos neoconservadores, desde los que se pretendió presentar los desfasados planteamientos del capitalismo presocial como enfoques nuevos y eficientes, supuso una vuelta atrás en la historia, de unos efectos desastrosos que ahora empiezan a comprenderse bien a la luz de la actual crisis económica.

Pero los “novismos” y los “adanismos” –más o menos falsos o verosímiles– no sólo están produciendo efectos económicos y sociales negativos, sino que también están erosionando los fundamentos y la estabilidad de las democracias en varios sentidos. En primer lugar, la credibilidad política se está viendo erosionada debido a los recursos tan permanentes y tan insustanciales a lo “nuevo”, que hasta los menos informados entienden que no pueden ser ciertos. Es decir, cuando lo pretendidamente “nuevo” se desprestigia y fracasa, el recurso a otro líder “nuevo” y otro enfoque “novísimo”, que se encadena tiempo después a otro “adanismo”, genera engarzamientos sucesivos de propósitos aparentemente “nuevos” que al final se agotan en sí mismos, generando cansancio, apatía y desinterés en los ciudadanos. ¡Ya está bien de “novismos”! –se dicen muchos ciudadanos–. En segundo lugar, el afán por el “adanismo” resulta disfuncional y, a veces, incluso desestabilizador y derrochador, ya que dificulta mantener inercias provechosas y utilizar todos los recursos y experiencias acumuladas en una sociedad o una organización. Por eso, los “adanismos” y los “novismos” –en tercer lugar– suelen ser también empobrecedores y simplificadores, en la medida que en política es un auténtico disparate imposible intentar partir de cero permanentemente. En cuarto lugar –sin agotar el tema–, los “novismos” debilitan la sustancia y la solvencia de las instituciones políticas, al tiempo que empobrecen la calidad de las élites políticas y los debates, ya que no siempre es fácil explicar en serio en qué consiste lo “nuevo”, ni las razones que lo justifican, de forma que al final se suele terminar echando mano de “ocurrencias” y de desarrollos políticos inexpertos… Nada de lo cual es bueno ni positivo para una democracia sólida.