El problema es que la actual estructura de comunicación se viene basando desde hace tiempo en una recurrencia abusiva al tremendismo y la exageración, en el convencimiento de que por esta vía se logra atraer en mayor grado la atención de las audiencias. Es decir, en la comunicación y la información se han acabado utilizando las mismas estrategias que en la propaganda más extrema. El resultado, como lo estamos viendo en estos momentos, es que se generan olas de pesimismo reduplicado que en nada favorecen reacciones positivas de los ciudadanos en sus comportamientos económicos.

Si todos tuviéramos mayor capacidad para la objetividad y la precisión es evidente que en las actuales circunstancias no sería difícil encontrar también noticias económicas o posibilidades de carácter más positivo y esperanzador, o incluso resultaría más exacto ponderar y matizar el carácter parcialmente negativo de otras noticias aparentemente más complejas. Pero, sin embargo, la gran mayoría de los medios de comunicación social –incluso los más serios– permanecen presos de una tendencia de tremendismo informativo de la que no saben salir. Y esto se paga.