Algunas personas me han confesado que a veces se han sobresaltado cuando irrumpen tales vozarrones en la tranquilidad de sus hogares. Cuando al tono alto de voz se une un grado notable de vehemencia y un contenido crítico para algo o alguien, hay personas que incluso piensan que les están riñendo, con lo cual el mensaje político queda un tanto desdibujado y en ocasiones negativizado. De esta manera, se genera una cierta disonancia que hace perder fuerza y utilidad a la presencia de líderes y candidatos en la televisión en horas de máxima atención informativa.

En buena lógica comunicacional, es obvio que los mensajes y las presencias pre-electorales en televisión ganarían en eficacia si los mensajes fueran más tranquilos y argumentados y si el tono fuera más acorde con el de los locutores de los informativos, de forma que el candidato correspondiente no fuera visto como un intruso vociferante y confuso –y a veces aparentemente airado– que se nos ha colado de pronto en la intimidad del hogar, sino como una persona amable y cordial que nos propone algo de manera sencilla y tranquila, hablando con la misma naturalidad y tono de voz que cualquiera de las personas que están sentadas a la mesa.

¿Por qué razones se ha ido imponiendo la lógica de los vozarrones? ¿Qué asesores de imagen y qué técnicos electorales aconsejan tal proceder? ¿Por qué?

La verdad es que yo no tengo respuestas convincentes a estas preguntas, aunque se me ocurren algunas explicaciones elementales. Quizás algunos piensan que los vozarrones suponen una cierta ruptura con la cadencia más monótona de las noticias habituales y que así se logra atraer la atención de los telespectadores. La cuestión está en saber si la reacción que esto produce es similar a la de los bloques de anuncios, en los que se aumenta el volumen, pero en los que muchas personas desconectan y aprovechan para hacer otras cosas.

Una explicación más plausible es la del efecto de dualidad de escenarios y ambientes. Es decir, los “cortes” electorales que suelen incluirse en televisión suelen proceder de actos públicos en los que existe un ambiente caldeado, en el que los pronunciamientos más vibrantes y en voz más alta suelen estimular reacciones más emotivas y de mayor respaldo. El problema es que el ambiente de un mitin no es el mismo que el que existe en la intimidad y tranquilidad de los hogares. A los mítines generalmente acuden simpatizantes, a los que les gusta la emoción y los pronunciamientos vehementes y de contraste. Por ello, algunos líderes buscan este apoyo fácil y los correspondientes y gratificantes aplausos de respaldo. En cambio, en los hogares se localizan personas que están más tranquilas, que no se ven afectadas por fenómenos de contagio emocional, que no están más politizadas y que a veces dudan incluso si votar o no votar y por quién hacerlo. Es obvio, pues, que estas personas pueden ser más influidas por argumentaciones y reflexiones que por vozarrones.