Un ejemplo de esta evolución empobrecedora de la vida política la tenemos en la célebre propuesta sobre la “Alianza de Civilizaciones”, que fue formulada por José Luis Rodríguez Zapatero en un contexto internacional que podía considerarse poco propicio para tal tipo de formulación. Cuando el “conflicto de civilizaciones” venía alimentado por tres guerras abiertas por varios focos de tensión internacional, por los escándalos de Guantánamo y otras prisiones, por la exaltación de las pasiones de enfrentamiento y, en definitiva, por las estrategias de Bush II en búsqueda de una confrontación tan dura y extremista en sus pronunciamientos y estrategias militares y territoriales, como “aprovechada” en sus propósitos subyacentes de control de determinados recursos energéticos, era evidente que en ese contexto la propuesta de la Alianza de Civilizaciones (o incluso de “diálogo” de civilizaciones) tenía escasas posibilidades de prosperar. En consecuencia, no fueron pocas las rechiflas que se hicieron hace unos años a costa de tales propósitos y sobre la ingenuidad de pensar que podía tener algún eco un líder de una nación de segundo rango, que había quedado prácticamente aislado de la esfera internacional debido a la irritación que había causado al líder de la potencia hegemónica la retirada de las tropas españoles de Iraq y la forma en la que se hizo.

Sin embargo, es evidente que ahora el contexto ha cambiado, y en este momento tenemos a otro tipo de líder, con otros propósitos y otros enfoques, al frente de la potencia hegemónica. De hecho, en pocos meses se han dado pasos significativos en dirección contraria a la que había impuesto el Presidente Bush y su núcleo duro de poder.

Por eso, si en estos momentos el Presidente Obama hace suya la idea de la “Alianza de Civilizaciones” se podría dar un giro total a la situación, no sólo por el hecho de que el líder de la potencia hegemónica confiere un alcance distinto a la propuesta –sin duda más “creíble” y operativa–, sino por las nuevas circunstancias y el nuevo clima internacional que se está propiciando. Es decir, la propuesta en sí puede ser igual de buena y oportuna hoy que ayer, pero deviene diferente en la medida que cambian los actores y el contexto.

Así, el viejo adagio “una verdad es verdad o no, da lo mismo que lo diga Platón o su porquero” apenas tiene versomilitud en el mundo político “hipercontextualizado” de nuestros días. Por lo tanto, hay que entender que no sólo estamos ante lógicas consideraciones de oportunidad, de papel y de valoración de las circunstancias, sino ante exageraciones muy extremas de todas estas variables, que hacen que la política tienda a convertirse en algo bastante volátil. De hecho, es perfectamente posible que durante los próximos meses la vieja idea de la Alianza de las Civilizaciones se convierta en un paradigma predominante, a la que casi todo el mundo dedique los mayores elogios y ponderaciones, y que unos meses después, en función de eventuales nuevos cambios de contexto, vuelva a ser considerada como una ocurrencia ingenua y simplista propia de líderes poco maduros y con poco peso político internacional.

Obviamente, la salud de la democracia y el propio futuro de este Planeta requieren de políticas y de estrategias más estables y más asentadas en criterios, análisis y convicciones de fondo y menos determinadas por la volatilidad de los vientos que soplan en cada momento. Volatilidad que está muy influida por el sistema de comunicación social que se ha establecido y por el empobrecimiento de la vida interna que ha tenido lugar en el seno de los partidos y de las instancias generadoras de análisis y de opinión pública.