De ahí la impresión de que estamos en un momento especialmente confuso y oscuro en lo que se refiere a la articulación del poder. Lo que se conecta a la imagen sugerida por Anthony Giddens de “un mundo desbocado”, en el que los cambios y los sucesos tienen lugar a una velocidad trepidante, dando lugar a que mucha gente tenga una sensación como si fuéramos en una carreta tirada por caballos desbocados, que nos llevan a una velocidad trepidante, pero sin que podamos saber hacia dónde se nos conduce, e incluso quién está a las riendas.

En este contexto llama la atención el éxito del concepto, un tanto cursi, de “gobernanza” que está haciendo furor en determinados círculos intelectuales para referirse a las nuevas posibilidades (escasas) y a las modalidades (difusas) de gestión y ordenación de la política a nivel global. El mismo uso de tal concepto revela que no se está pensando en una efectiva capacidad de gobierno mundial, sino en una cierta “gobernanza”, que es otra cosa.

La idea de “gobernanza” implica asumir una lógica evolutiva de la gestión pública que apunta hacia una secuencia regresiva en lo que se refiere tanto a capacidad política resolutiva como a voluntad –o posibilidad– representativa.

En las monarquías tradicionales el rey “reinaba” de acuerdo a los intereses y conveniencias de la Casa Real, que era la depositaria efectiva del poder. Como es bien sabido, este tipo de lógica sufrió una profunda transformación con el surgimiento de los Estados modernos y con el desarrollo de las ideas democráticas, de forma que en los nuevos Estados los gobiernos son los que realmente “gobiernan” en función de mandatos de representación más o menos ajustados y fieles, pero en cualquier caso renovables.

El problema es que esta secuencia evolutiva de articulación de los poderes parece que tiende a quedar truncada en nuestra época ante la increíble claudicación de una parte de los especialistas y los líderes políticos, que apenas intentan enmascarar y disculpar su inclinación a la claudicación mediante algunas palabras y conceptos vaporosos, como el de gobernanza, que en el fondo esconden la asunción de una regresión política de facto.

Posiblemente algunos argumentarán que esta conclusión es demasiado radical y que en realidad los teóricos de la “gobernanza” lo que verdaderamente están intentando es que puedan avanzarse algunos pasos –aunque sean modestos– en la dirección de intentar poner algún orden y sentido común en cuestiones mundiales que actualmente están fuera de la capacidad resolutiva de los viejos Estados nacionales, pero que nos conciernen a todos de manera crucial. De ahí las estrategias orientadas a fijar ciertos objetivos, a articular organismos supranacionales y a plantear coordinaciones más o menos finalistas.

Es decir, de la misma manera que los reyes tradicionales reinaban y los gobiernos nacionales gobernaban en el ámbito de los Estados Nacionales, ahora lo que algunos plantean es un horizonte en el que ni se reinará, ni se gobernará, sino que se “gobernanzará”, o se “ordenanzará,” ya que en el fondo, cuando se habla de gobernanza, en realidad no se está pensando sino en alcanzar algunos objetivos o suscitar ciertas impresiones de que se está intentando poner un poco de orden en un “mundo desbocado”; por lo que resulta poco exacto utilizar la misma raíz que en el concepto de “gobierno”.

En definitiva, cuando se habla de “gobernanza” lo que en realidad se tiene en mente es algún tipo de “ordenanza” de las cosas públicas. Así que a ver si empezamos por ser un poco más serios.