La idea de que la televisión en directo exige unos discursos más finos y una imagen más atrayente y tranquila se ha convertido en un tópico de uso bastante común, generalmente apoyada en la supuesta influencia que ejerció el célebre debate Kennedy-Nixon. Pero, lo cierto es que las cosas han cambiado mucho desde entonces y ahora nos encontramos con líderes encumbrados que exhiben modales totalmente histriónicos, exagerados y, en ocasiones, bastante simplones. Los casos de Berlusconi, Sarkozy o el mismo Bush, por no mencionar algunos caudilletes latinoamericanos, son bastante notorios.

Algunos de los líderes que están “dominando” el mundo en un momento tan incierto como el actual apenas son capaces de decir dos palabras sensatas “de seguido”, como se decía antes, sin que alguien les haya preparado un “papel” previamente. Y aún con “papel” y todo su oratoria suele ser bastante pobre y/o vacía. Durante los últimos años las páginas web han estado plagadas de hilarantes anécdotas sobre los gazapos cometidos por Bush. Por no hablar de los despropósitos de Berlusconi y otros líderes aparentemente menos peculiares.

La historia política ha estado plagada de “discursos” de una enorme fuerza expresiva y de una gran riqueza de contenidos. El “arte de la oratoria” se ha cultivado de manera muy especial por aquellos que se dedicaban a la cosa pública, especialmente en la etapa de desarrollo de la democracia. Todos hemos oído hablar de las formas barrocas y un tanto pomposas de la oratoria de los prohombres del siglo XIX y algunos han tenido la oportunidad de conocer de viva voz –en directo o en grabaciones– las magníficas intervenciones de grandes líderes del siglo XX.

Pero, en nuestros días las buenas tradiciones oratorias parece que han entrado en declive, tanto en la forma como en los contenidos. La tendencia hacia la imposición de un tipo de discurso político simplón fue parodiada hace años en una excelente película de Peter Sellers (“Bienvenido Mister Chance”), en la que un jardinero un poco retrasado mental, pero vestido con un impecable traje de buena marca, era tomado por un agudo analista y consejero presidencial, simplemente porque hablaba despacio y con porte distinguido, mientras recitaba consejos elementales de jardinero, del tipo de “después del invierno siempre viene la primavera”, o “si no se quitan las hierbas malas acabarán tapando las buenas”.

Posiblemente lo más llamativo del deterioro oratorio al que estamos asistiendo es la extensión de prácticas de construcción gramatical que apenas responden a un sentido lógico y bien ordenado, al tiempo que cada vez más líderes tienden a hablar de manera entrecortada, haciendo pausas entre unas y otras palabras, como si estuvieran recitando un dictado a niños de pre-escolar o a personas de corto entender, o como si ellos mismos no tuvieran facilidad para hablar “de corrido” y de manera natural.

La verdad es que, si las cosas continúan evolucionando en esta dirección y se pierde de vista que una política democrática se sustenta en la palabra y en la argumentación, en definitiva en la buena capacidad para “parlamentar”, dentro de pocos años los debates políticos acabarán siendo prácticamente ininteligibles para cualquier persona mínimamente inteligente. Por eso, se está produciendo un progresivo vaciamiento y desdibujamiento de los debates parlamentarios, al tiempo que algunas de las funciones de debate y de contraste entre posiciones y proyectos tienden a ser reemplazadas por distintos foros en la radio y la televisión, en donde son los propios profesionales de la comunicación los que captan la atención de las audiencias y debaten públicamente durante horas sobre todo lo divino y lo humano.